El castillo de Kafka está en Xalapa

De los archivos secretos del disco duro  
Músicos callejeros en Madrid, octubre 2011

Recientemente tuve ocasión de acompañar a una persona  a dos citas a  la clínica 22 del Seguro  Social.  La experiencia es sin duda conocida y soportada por muchos y sin duda habrá quienes ya la acepten como un mal necesario.  En la primera ocasión,  a más de que perdiéramos la cita, la grúa se llevó el coche, de modo que  el malestar fue doble.  Imaginen ustedes 25 consultorios y ante cada consultorio entre cinco y veinte personas. Imaginen que llega la hora de la primera cita y el doctor no aparece. No aparece un doctor, dos, o tres, no aparece ninguno de los 25 doctores que deberían estar allí por respeto a su propia ética profesional y a sus pacientes. Una hora más tarde llega una enfermera o algo así y dice con voz de sargenta: “Todos los pacientes de los consultorios del uno al 25 van  a ser transferidos a los consultorios 40 y 41, donde habrá  dos médicos que los atenderán.” Imaginen el caos. A ver, ¿quién llegó primero?

            ¿Y  saben ustedes la razón por la cual los 25 doctores no atendieron a su deber?  Porque estaban en una conferencia o junta o vaya a saber. Increíble, el irrespeto. Y tal vez aquello fuera medio pasable si sucediera una vez al mes o al año, pero resulta que en las dos ocasiones en que fui  al Seguro fue igual: los  mismos argumentos. Imaginen ustedes a cien personas esperando que dos doctores —dizque doctores— los atiendan. Deben esperar en ocasiones tres o cuatro horas. Y a más de ello, cada uno con su dolencia.

            Este tipo de asunto es una vergüenza. ¿Es que no hay autoridad, no hay orden, en una institución que se lleva gran parte del presupuesto nacional? ¿Por qué hay que hacer fila? ¿Por qué no se puede hacer una cita por teléfono? ¿Por qué no atender a una hora precisa? En Unidos si un doctor retarda una cita una hora, puede ser sujeto a proceso judicial.  ¿Por qué están tan atrasados en el seguro? Los expedientes cuelgan desidiosos y amarillentos en infinitos anaqueles. México, que en ocasiones se pregona casi del primer mundo, ya debería tener automatizados sus procesos, computarizados.

            Lo que tienen que soportar los pacientes de la clínica 22 del Seguro Social —no  puedo asegurar que lo mismo sucede en todas pero suponerlo sí que lo puedo— es realmente kafkiano: nadie sabe las razones, nadie se explica, nadie lo arregla, y siguen llegando las filas de dolientes a aquel  castillo para que un  señor que cuando llega el turno al bien llamado “paciente” ni siquiera lo mire a los ojos, le haga un par de preguntas, le palpe aquí y allá y en diez minutos lo despache para su casa con una receta de medicamentos que quizás muy poco tengan que ver con la enfermedad y mucho con la débil memoria de un “doctor” que en general debe de recetar lo mismo al noventa por ciento de los pacientes.
Esto sucedió hace diez años. Según parece sigue sucediendo
Lo siguiente es cantado:

México lindo y querido,
si muero lejos de ti,
que digan que estoy dormido  e t c é t e r a.
y

Marco Tulio Aguilera

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