El Amazonas de Garramuño

No tiene nada que  ver, pero, ¡què linda es!
El Amazonas de Garramuño
Guillermo Goussen Padilla

Cuando uno descubre que el ganador de Primer Premio de la Bienal de Novela José Eustasio Rivera (1988), Marco Tulio Aguilera G., paisano del que hizo La hojarasca, se propuso hacer una novela sobre ese universo colombiano que riega el río más largo del mundo, lo primero que piensa es: ¿cómo evitará el lugar común del conflicto civilización-barbarie? ¿Podrá este viajero ya urbano hacer su periplo por las diferentes zonas del río sin caer en la autocomplacencia o en la tentación de verse como héroe cinematográfico gringo en tierra de indios? ¿Lo corto de la novela lo meterá en el corazón del río sin olvidar a Conrad?
Pero Marco Tulio ya había pensado en todo esto desde que empezó a planear la novela que concursó y fue finalista en el Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro (en el cual entré alguna vez, pero fui descalificado porque mi obra rebasaba en más de 100 páginas el límite de la convocatoria); para ello dispuso de una amplia biblioteca en donde los nombres de Humbolt, Carpentier, Mutis, Conrad, Alonso Quijano y otros viajeros y cronistas europeos le marcan el qué decir o no con respecto al arte de narrar el viaje. Porque está claro que su novela es sobre un periplo por el Amazonas, por sus diferentes accidentes y laberintos, guiado por un baquiano muy al estilo de su  Uzala (Mariño Riascos), personaje que funciona como una fuente de conocimientos sobre el medio, e interlocutor necesario para darle rienda suelta a los juegos verbales aguileragarramuñianos y a las clases sobre cómo se cuenta de manera verosímil una historia (en este caso de amor).
¿Cómo logra alejarse de estas lecturas e influencias sin negarlas? MTAG nos narra dos historias paralelas para darnos el afuera y el adentro del personaje; primero, como un cronista-director de una revista de divulgación científica que realiza el viaje “turístico” y se da tiempo para recabar información, acercarse al conductor-guía de la barca y criticar a los viajantes (un mormón y su familia que deberían ser fácilmente explotables en otra novela); segundo, un protagonista muy cercano a Marco Tulio (su siempre alter ego), capaz de hacer mofa de sí mismo, exponerse ante el lector que ya empieza a conocerlo, a cuestionar su “supuesta” fidelidad a esa esposa que siempre espera, como dama medieval, a que el caballero regrese indemne de su cruzada personal (es decir, contra sí mismo); el personaje nos va narrando desde dos vertientes un viaje que, por ratos, resulta increíble y uno duda sobre la materia narrada hasta preguntarse ¿cuál de los dos viajes es el verdadero? Sin embargo, y muy  al final de la novela, uno termina por aceptar que no importa si alguna vez el autor estuvo en vivo por esa zona, que nuestro escritor, como buen mitómano, ya está acostumbrado a tejer historias y al igual que un buen ilusionista metérnoslas como lavativas.
Sin parecerse –y he aquí el motivo de mi gusto por leer a Aguilera G.- a mi novela Como Cuba Libre, Agua clara en el Alto Amazonas también entreteje relatos, crítica literaria, “tallereo” de futuros textos, historias hermanadas por personajes que bien pudieron ser siameses separados en tiempos remotos, todo ello logrado con una economía de lenguaje que nunca resulta mezquina. Pero el buen uso de la economía apunta hacia algo muy sólido y muy difícil de conseguir: hacer de esta novela la metáfora de la mujer, del erotismo que provoca su presencia-ausencia, la necesidad de encontrarla otra vez prístina en los vericuetos y meandros del Alto Amazonas.
En mi novela inédita Ausencia de Paraíso, un grupo de adolescentes lasallistas viaja a Managua sesentera para tener una experiencia iniciática por la capital nocturna pletórica de focos rojos, mujeres voluptuosas, discotecas, marihuana y policías. Ahí se acaba la infancia, la Arcadia, ahí el hombre pierde el Edén.
En Agua clara… Marco Tulio nos da unpersonaje que viene de regreso, a recuperar ese Paraíso, ese cuerpo de mujer huitota ya violentado por la modernidad, pero que todavía no sufre el hastío de una esposa ad hoc. Por eso nos deja abierta la posibilidad de quedarse en ese río que lo es todo para la gente que ahí vive.
Pero nosotros vimos cómo Claude Lévi Strauss (quien odiaba los viajes y a los exploradores) en sus Tristes trópicos se equivocaba al no percatarse de que mientras él hacía su trabajo de campo ya la redes de la civilización comenzaban su labor de aculturación entre estas etnias del Amazonas, y por ello reconocemos que no hay retorno, salvo en la imaginación, salvo en lo simbólico que pueda contener la materia narrada…
Agua clara en el Alto Amazonas
Marco Tulio Aguilera Garramuño
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Colección Asteriscos
Primera edición, 2010
126 pp.
 



Marco Tulio Aguilera

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