MISTERIOS PERSONALES

En la recepción tras la conferencia en Indiana, Pensylvania
¿De dónde salen los cuentos? [1]

 Publicado en Poéticas de la Brevedad, Tomo II, recopilación de Lauro Zalala, UNAM, 1996.

Borges afirma que no se le deben atribuir a él los méritos de los textos que escribió. Faulkner, hacia el final de su vida, manifiestó en una carta lo siguiente sobre el poder que tenía para escribir narraciones: "Me doy cuenta de qué don tan asombroso me fue dado: sin ninguna educación formal, sin compañeros ya no digamos cultos sino capaces de leer y escribir, pude hacer sin embargo las cosas que hago. No sé por qué Dios o los dioses o quien fuere me escogió para ser su vehículo. Esto no es humildad o falsa modestia, es simplemente asombro". Cortázar escribió que la mayoría de sus cuentos fueron escritos al margen de su voluntad, por encima o por debajo de su conciencia razonante, como si él no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena.

  Cada escritor tiene su propia versión sobre el origen de sus cuentos. Yo contaré la mía. Es frecuente que a los escritores se nos pregunte de dónde salen nuestros textos. También es común que lleguen personas a ofrecernos sus historias. "Vengo a regalarte este cuento", dicen, como quien trae un obsequio de cumpleaños. Un momento. No es tan sencillo. La mejor historia, sembrada en el escritor incorrecto, no dará nunca frutos. Sería como sembrar cactus en Alaska o eucaliptus en el desierto.

  Voy a atreverme a lanzar un primer postulado sobre la escritura de los cuentos: la constitución espiritual de cada escritor es propicia para cierto tipo de cuentos. El espíritu morboso, enfermizo, la imaginación sin límites de Poe no podrían hacer germinar cuentos elementales como los de Hemingway o Katherine Mansfield. El espíritu ecuménico de  Marguerite Yourcenar es tierra propicia para un tipo de cuentos muy diferentes a los de Faulkner.

   Y otro postulado: cada cuento tiene su momento para manifestarse y ese momento tiene relación con el estado espiritual, con la situación existencial y el ánimo del autor. La etapa previa a la escritura de un cuento, generalmente se caracteriza por una especie de ebullición de la imaginación, por una situacion de receptividad, de susceptibilidad y de rechazo al mundo. El escritor en trance de escribir es como el enfermo, que pierde el afecto hacia el mundo y se concentra en su propio dolor, que es --hay que decirlo-- el dolor del parto espiritual.

  Una condición del escritor de cuentos y de todo  auténtico creador es el egoísmo, el carácter implacable, que lo hace capaz de sacrificar su vida, su familia, su estabilidad, por pulir un texto. Son gente inconsciente los escritores, irresponsables, irrespetuosos. Garcia Márquez afirma que la certeza de que estaba listo para escribir Cien años de soledad le llegó mientras viajaba con su familia rumbo a unas vacaciones en Acapulco. También afirma que suspendió sus vacaciones y regresó al D.F. a escribir. No sé si creerle. Cada escritor crea su propio mito y lo alimenta. Es parte del juego.

  Uno de mis primeros cuentos --"Historia de un orificio"-- nació por una combinación de circunstancias. Había fracasado en una carrera de 5.000 metros para la cual me había preparado durante un año, llevaba varios días dedicado a leer de manera casi febril, padecía de un insomnio terrible que me había mantenido durante casi una semana en vela. A más de ello estaba descontento con mi vida: mis estudios formales de filosofía me tenían insatisfecho. Una noche, después de un día de gran actividad, me acosté. Tras varias horas sin conciliar el sueño, imaginé que yo era un ser que había dilapidado su vida leyendo y que había perdido la alegría de vivir. Súbitamente tuve la iluminación: supe que aquélla era una buena historia y que si la escribía resultaría digna de ser leída y tal vez publicada. El método de escritura lo tomé de Poe, de su "Filosofía de la composición". Es decir, construí el cuento a partir de una serie de esquemas perfectamente cartesianos. La escribí, pues, la envié al Magazín Dominical de El Espectador, que era, por entonces el umbral iniciático de los nuevos escritores colombianos. Dos o tres meses más tarde vi publicado el texto. Entonces supe que sí podía llegar a ser escritor y que los atisbos que había tenido en el pasado, eran premoniciones.          Recuerdo que en las clases de redacción de doña Vilma Alfaro de Vega, en el Liceo Unesco de San Isidro del General, en Costa Rica, a mí me tocaba leer al final mis escritos, pues siempre tenían algo que llamaba la atención. Escribía sobre el sargento de policía, sobre el tonto del pueblo, sobre las prostitutas, siempre con humor y un poco de mordacidad, características que de alguna manera conservo.

  Otro cuento, cuyo origen recuerdo con emoción, es "El ritmo del corazón", que me dio el primer reconocimiento internacional, cuando apenas estaba comenzando a escribir. Recuerdo que por alguna razón entré a una bodega abandonada, llena de objetos viejos cubiertos de polvo y que estaba sumida en la oscuridad. Fui sintiendo los objetos, tratando de reconocerlos con el tacto. Como no lograra reconocer uno de ellos, lo levanté, y al hacerlo, algo se despegó de él, segregando un sonido majestuoso, bellísimo, que me llenó de placer. La luz me hizo reconocer que era un acordeón, pero esta verificación no nubló la sensación que había tenido y esa misma noche escribí el cuento, en el que un negro descubre la música y con ella el sentido de su vida de poeta extraviado.

  Hay cuentos que no nacen de una inspiración o una emoción o de la acumulación de causas, sino de circunstancias más triviales. "Manicomio con ventana al mar", que también titulé "El suave olor de la sangre", nació de la lectura de una nota periodística en la que se relataba el asalto a un autobús por parte de un grupo de maleantes. Yo guardé esa noticia en la memoria y comencé a inventar, a alimentar el texto, a ponerle carne a ese esqueleto. Para terminar el cuento me leí la Biblia de principio a fin y me documenté sobre los sacrificios humanos de los aztecas, así como estudié los cuentos de Rubem Fonseca, cuyo tono me parecía fundamental para escribir un texto de esa naturaleza. Otro cuento que tengo en proceso y que se llama "Olor a macho" nació de la lectura de una nota periodística: una vedette brasileña fue asaltada y violada en su propia casa por un individuo. Ella planeó una forma borgiana de vengarse: se fingió enamorada, invitó a su violador a visitarla el día siguiente y cuando éste, vanidoso e ingenuo, llegó a visitarla, lo estaba esperando la policía tras la puerta.

  Otro cuento, "Quién no conoce a Sammy McCoy?" nació de una idea: la de un hombre que en una cantina, mientras bebe de gorra, se dedica a presumir que ha hecho todo tipo de proezas amatorias y épicas, lo que le sirve para ocultar (y revelar) que es el más grande mentiroso, el farsante por excelencia. El tema lo tuve en la punta de la pluma durante varios meses, hasta que me sentí en el ánimo propicio y decidí que un cuento semejante sólo podría salir si tenía a mi lado una botella de tequila, cigarrillos y absoluta libertad para entregarme al exceso. El resultado de este trance de intemperancia está en mi libro Cuentos para despues de hacer el amor, y el relato de esa noche que terminó en una terrible  e interesantísima duplicación de mi personalidad, lo escibrí en La noche de Ventura, una novela que está a punto de aparecer en México.

  Otro relato, "Arrepiéntete pecador"es el resultado de una típica  aventura de congreso: Un hombre maduro conoce a una joven estudiante de sociología, bailan, se emborrachan, etcétera. Muchos relatos y cuentos resultan de encuentros entre el autor y personas (personajes) muy interesantes que impresionan y prácticamente obligan al autor a eternizarlos.

  Si bien algunos cuentos pertenecen al reino de las fantasías (tal es el caso de "Cantar de niñas"), muchos parten de variaciones sobre la realidad: Qué hubiera sucedido si... A partir de este tipo de planteamiento las posibilidades son infinitas.

  Hay un cuento que nació de una manera muy graciosa. Se trata de "Visitas nocturnas". Resulta que por las noches acostumbro a leerles a mis hijos cuentos. En una de esas noches les estaba leyendo un texto que comienza diciendo: "Así que no crees en fantasmas, hermano?". Apenas leí esa frase, la luz se fue y no regresó. Qué hacer? Mis hijos no se duermen si no tienen su cuento completo. Lo que hice fue inventar el resto de la historia, que resultó tan interesante, que esa misma noche la escribí. De ahí resultó mi primer y hasta ahora único cuento de fantasmas.

  Si hay cuentos que nacen sobre variaciones de la vida, también existen los que resultan de lecturas. Hace poco leí un cuento de Hoffman, en el que se habla de Zulema, la perla de las cantoras musulmanas, el rey moro Boabdil y el sitio de la ciudad de Granada por parte del ejército castellano. Ese cuento me gustó mucho, pero quedé insatisfecho con su final. Decidí volver a escribir el relato dando una versión personal, que de paso me sirvió para modificar la historia. Esta idea de rehacer la historia ya ha sido utilizada con frecuencia, y en tiempos recientes por Pedro Gómez Valderrama, uno de los más interesantes naradores colombianos.

  También hay cuentos que nacen en situaciones de crisis. Recuerdo particularmente uno de ellos, "Viaje compartido", que resultó cuando yo estaba aquejado por un terrible estreñimiento. Me sentía mal, muy mal y estaba desesperado. Lo único que se me ocurrio hacer fue poner la grabadora a funcionar. Comencé a contar una historia angustiosa, hilarante, ridícula, que resultaba de unir dos extremos: un sitio non sancto y un irredento santurón.

  En general casi ningún cuento nace gratuitamente, de la imaginacion pura, sino que tiene, como los sueños, un sustento en la realidad objetiva: algo visto u oído sirve de pie al vuelo de la fantasía. Lo que sí es importante --esa red cazadora de mariposas-- es la actitud del perseguidor de historias. El cuentista vive pendiente de las posibilidades de la existencia, de los juegos del azar, y aunque viva en una realidad anodina, la vive iluminando, la vive potenciando, de modo que le resulta una veta fecunda, interminable.



    [1] Conferencia dictada en The Cathedral of Learning en la Universidad de Pittsburg el 19 de octubre de 1993.

Marco Tulio Aguilera

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