Crónica de la intervención de Juan García Ponce

Leí también otro proyecto enciclopédico, pero me perdí en él.  Me refiero a Crónica de la intervención de Juan García Ponce. Escribí sobre el primer volumen de esta obra lo siguiente: "De tanto leer y admirar la literatura alemana, Juan García Ponce ha terminado por escribir como Hegel. Esto, que puede sonar como una censura, también puede resultar un elogio. Quien haya leído o intentado leer La fenomenología del espíritu --o más bien la traducción disponible en español-- sabrá a qué me refiero. Esas frases abstrusas, largas, laberínticas, con verbos puestos como piedras infranqueables, que deben leerse hasta cinco veces para ser comprendidas, revelan la dificultad de una lógica muy parti­cular, a la que se ha acercado García Pone no sé si por ósmosis, conscientemente o por falta de claridad mental. No siempre escribió este autor de forma tan confusa (sus primeros cuentos son de claridad meridiana) pero tampoco ha llegado antes tan a fondo en sus indagaciones sobre una serie de problemas que poco les importan a otros escritores mexicanos (Salvador Elizondo y especialmente Juan Vicente Melo son dos que le son afines).
  Las anteriores reflexiones me las hago después de terminar la lectura del primer volumen de Crónica de la intervención. ¿Qué es este mamotreto? Aventuro una respuesta. Es la novela de una generación, de un grupo, de una complicidad. Si bien puede leerse como novela simplemente, el placer de la lectura se redobla cuando se descubren ciertas claves, que tienen que ver con el establecimiento cultural mexicano del presente. Francisca Piment­el parece ser Inés Arredondo; Heriberto Bolaños, Huberto Batis; Gurría, Gurrola; Esteban debe ser J.G. Ponce; Diego Rodríguez, José Revueltas; Horacio Peña, quizá Juan Vicente Melo.
  Siendo una obra monumental (la edición mexicana, dividida en dos partes, suma 1074 páginas, en letra pequeñísima, apretada, no apta para miopes). No sé si la crítica mexicana le ha metido el diente. Sé que un jurado integrado por José María Espinasa, Pérez Gay y otra persona le concedieron un premio y sé que hubo quien impugnó tan decisión (creo que fue René Avilés), afirmando que debía habérsele dado a Tinísima, de Elena Poniatowska. ¿Qué es Crónica de la intervención, esa novela grande que tardó más de diez años para editarse en México --ya había sido editada en España y recibido atención de autores como Rafael Humberto Moreno Durán, cuando en México se la ignoraba (y hasta donde sé se la sigue ignorando o existe apenas como un mito, al que pocos estudiosos o reseñistas se atreven a acercarse). Es la crónica de un fracaso, es decir, la crónica del paso del tiempo --que siempre resulta en fracaso, como lo quiso  probar Proust en más de 3500 páginas-- y de la evolución de un grupo de amigos promis­cuos y cultos, que buscaban, como todos los grupos, como todos los seres humanos, un sentido, una justficación para sus existen­cia. Quien se atreva a escribir sobre esta obra correrá siempre un riesgo: no estará a la altura de la obra, porque su compleji­dad --incluso su confusión-- son tales, que sacar algo en claro es no sólo ambicioso sino absurdo. Pienso que tras este proyecto hay una intención semejante a la de Proust, a la de Durrel, creadores de largas series de novelas que persiguen a sus perso­najes a lo largo de los años, tratando de meter, como aderezo, una situación política, vivencial, que sirve como paisaje pero no siempre ayuda a los efectos estéticos de la novela. ¿Qué tanto ayuda el asunto Dreyfus a hacer de En busca del tiempo perdido una novela intere­sante? ¿O qué tanto importa la situación políti­ca de Alejandría a un lector de Andorra u Osaka? Me atrevo a afirmar que muy poco. En general las novelas psicoló­gicas, que basan su interés en el desarrollo de una serie de individualida­des, pertenecen a una categoría ahistórica y es por ello que los novelistas bien podrían olvidar los aderezos histó­ricos en aras de narrar histo­rias limpias de sargazos y aserín.

Marco Tulio Aguilera

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