Una novela extraordinaria de Jorge Arturo Abascal

Ales Gutiérrez, MT, Ricardo Moreno (editor de EyC) y Héctor D'Alessandro
He leído tres veces seguidas la noveleta titulada Cuentos de conjuros, de amanuenses y demonios, de Jorge Abascal Andrade (Educación y Cultura, México, 2007), escritor residente en Puebla, y debo decir que ninguna otra novela me había encantado al punto de leerla tres veces ininterrumpidamente. Recuerdo que Farabeuf  la leí dos veces. La novela de Abascal me obligó a volver a comenzar varias veces, atrapado como estuve por un ambiente de encantamiento y deleite, personajes inolvidables y un estilo subyugador por poético e inteligente.  Sólo en una ciudad como Puebla, en la que el pasado se halla tan presente, agazapado en las arquitecturas y los infolios ocultos en bibliotecas arcanas, se podría haber producido una obra como ésta.
En tiempos medievales el pueblo de Huesca, conjeturo que en España o Portugal (por ahí se menciona Lusitania) se ve arrasado por un viento gris que borra toda posibilidad de recato y lanza a sus pobladores a un desenfreno absoluto, que aparentemente tiene que ver con el universal dominio del mal, pero que muy sutilmente insinúa la búsqueda de un conocimiento otro, lejano a las teologías y dogmas.    
El amanuense Teclo, que descifra la versión obscena de la legendaria Disciplina clericalis,  la heteira Pitania, el enano Fito, con su descomunal parte poco sentimental, el judío Elías y su gélida mujer Kyra, los barones que poseen el pueblo, doña Sol, la mujer del barón Gome, todos ellos son arrastrados por un viento de lujuria del que no escapan ni siquiera los huertos y los jardines, que poseen desaforadamente a hombres y mujeres.
         Abascal, el autor, debe ser un buen lector de textos medievales y de infolios crípticos, así como un erudito en lenguajes arcaicos, además conocedor pleno del Quijote y sus antecesores, pero no por ello configura una novela rebuscada, alambicada o prepotente: antes por el contrario logra un estilo ágil, elegante, con frecuentes y deslumbrantes imágenes, ocasionando el placer intenso del lector ( o por lo menos de este lector que soy yo).
         Huesca, el pueblo, es un lugar sin Dios, visitado solamente por el demonio Azaquiel, sin duda un ángel caído y vengativo, que quiere someter a los humanos a nuevas reglas, lejanas de los cilicios y cercanas a toda sensualidad, a todo exceso, a toda falta de remordimiento.
Es claro en esta novela el irracional atractivo que tienen el mal y el pecado para los hombres. La apoteosis de la novela se halla en dos puntos: cuando el judío y su antes gélida mujer, se funden en un solo cuerpo tras fornicar  ciclopeamente por muchas horas, configurando la nueva imagen (ya prefigurada por Platón): la del andrógino: un solo cuerpo dos sexos. El otro momento se halla cuando Fito, el enano bien dotado, bebe de la fuente de agua turbia, tornada clara por arte de encantamiento, y se ve transformado en un hombre de proporciones normales.
         Intentar una lectura alegórica de esta obra sería perfectamente lícito y sin duda hay trasfondo suficiente, pero para este lector que soy, me basta con los pases mágicos de este narrador pasmoso que es Andrade, me basta con ese aire gris que arrasa a Huesca, con esos personajes que no son esperpénticos, sino simplemente humanos, pecadores, comme il faut. Dice Anatole France que no hay castos; solamente enfermos, hipócritas, maníacos y locos. Estoy de acuerdo. Supongo que Andrade también. El placer que ocasiona la lectura de esta noveleta no tiene precedentes para mí en la literatura mexiocana –si leí dos veces seguidas Farabeuf  fue por curiosidad, la más elemental de las incitaciones; si leí tres veces Cuentos de conjuros, de amanuenses y demonios,  fue por puro deleite sibarita.
         Sólo una editorial como Educación y Cultura, dirigida por Ricardo Moreno Botello, podría publicar un texto tan lejano al estruendo publicitario actual, tan cercano a la esencia de lo que creo debe ser la literatura auténtica, tan íntimamente disfrutable. El texto de la contraportada, escrito por Moreno Botello es una maravilla de síntesis y de sabiduría hermenéutica: difícil cifrar una obra como la de Abascal, que tiene tanto fondo.

Marco Tulio Aguilera

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