NOVELISTA: OFICIO DE CAIN

En la Librería Rosario Castellanos del FCE, DF, tras presentación de
Historia de todas las cosas, en 2011
Escribir una novela es un acto de soberbia. Aspirar, en cualquiera de los campos a cumplimentar una obra de arte, es una insolencia. Es una insolencia contra la tradición y, por ende --ya lo ha escrito Vargas Llosa repitiendo lo que sabían los trágicos griegos-- contra Dios o contra los dioses. Cómo atreverse a escribir después de El Quijote, Muerte en Venecia, Ferdydurque, La Divina Comedia. Cómo atreverse. Sólo en un acto de soberana independencia, de individualidad rabiosa, de caprichosa soberbia. La línea genealógica de los novelistas parte de Caín, el primero que se atrevió a imaginar otra versión de la historia, diferente a la oficial. Raza de cainitas es la de los novelistas, traidores a toda institución: la familia, la patria, la sociedad que los alimenta. Por eso hay que desconfiar de los novelistas que son universalmente aceptados. En algún lugar de su concepción del mundo yace la trampa, la componenda, la aceptación de un orden preestablecido. Quien quiera desprenderse de lo que ha sido la línea oficial, de lo que se da por definitivo, es un loco y un soberbio. Es por ello que sólo con una buena dosis de locura se puede aspirar a escribir una novela que sea eso: novela: novedad, nueva visión del mundo, modificación de lo dado, no repetición.
  Qué tienen las grandes novelas que ha hecho que lo sean y que aparte de ello permanezcan como tales? Tomemos Rojo y Negro: qué narración tan certera, qué trazo de los personajes, que violencia se hace sobre la moral reinante. Lo mismo sucede con El amante de Lady Chatterley: cuánto trastorno no causó en su época y sigue causando esa historia tan común de amor apasionado y erotismo encendido entre un tosco y elemental guardabosques y una delicada dama de la nobleza.
  Y luego, cuánto ensimismamiento y rencor y admiración no hay en ese seguimiento tan minucioso de un espíritu sensible, que es En busca del tiempo perdido, obra tan llena de páginas que hoy nos parecen tan insustanciales.
  La novela es el género degenerado: el que permite todo porque la única ley que la domina es la de la libertad: son novelas el Ulises y El Tunel, Los abedules y Rayuela, son novelas las series de mosqueteros de Alejandro Dumas y las aventuras contadas por Salgari y las cartas encontradas que conforman Las relaciones peligrosas.
  Tal vez se pueda establecer una ley sobre el arte, sobre la ciencia del novelar: siempre se debe aspirar a la totalidad de un hecho, a abarcarlo todo, a crear un mundo que no deje duda alguna sobre su verosimilitud y autotrofía.
  Que escribir una novela es una ciencia no tengo duda alguna. Es una ciencia que se comunica con otras pero que tiene una relación que se me ocurre muy cercana con la de la construcción de casas y edificios. Las novelas y las casas deben tener cimientos firmes: tales cimientos podrían ser historias vigorosas, o personajes dignos de memoria, o una idea directriz. Las casas y las novelas deben tener una estructura, es decir, diversas partes que estén bien ligadas. Así como las casas están armadas con varillas metálicas que se amarran unas con otras, las novelas deben o pueden tener diversos capítulos que se relacionan unos con otros. Las novelas y las casas deben tener ventanas. Las ventanas de las casas son una forma de sociabilizar, de entrar en relación con el mundo, y además sirven como ventilación y para que entre la luz. Podríamos decir que las ventanas de las novelas son los vasos comunicantes que posibilitan que el lector se comunique, entienda y disfrute de la obra.
  Virginia Woolf en una conferencia que se ha hecho célebre y que se convirtió en una especie de manifiesto de las mujeres que han aspirado a ser escritoras y seres humanos plenos, señala que el gran defecto de muchos novelistas hombres, es que escriben exclusivamente con la parte masculina de sus espíritus. Y señala que los de espíritus auténticamente grandes son andróginos, pues pueden dar cuenta de la naturaleza humana en su complejidad. El novelista ha de aspirar a comprender a los demás, desde su individualidad rabiosa: no debe tratar de hacer el mundo a su imagen sino que debe intentar comprender el mundo, no su mundo.
  Quiénes son novelistas de éxito? Quiénes venden lo que escriben? Aquellos que se han convertido en voceros de un grupo de personas, que lo adoptan como bandera. Benedetti es una bandera que ondean muchos adolescentes latinoamericanos, también lo son Onetti, García Márquez y José Donoso. Fuentes es ondeado predominantemente por los académicos norteamericanos y por los lectores mexicanos de clase media culta. Cada quien ha hallado su cantera, su veta, y la va explotando poco a poco. El realismo mágico ocupa gran parte de este fin de siglo y tiene sus paladines. La retórica enciclopedista del tipo de la que practica Fernando del Paso, descendiente sin duda degradada del estilo de Carpentier, tiene su espacio.  La novela histórica se va abriendo brecha. La novela erótica apenas despunta en latinoamérica y está bien diferenciada de lo que se produce por toneladas en España. El vanguardismo, la experimentación, va cediendo terreno, como ya lo perdió la novela objetalista, que hoy se nos antoja un oprobio que defenestró más de un bosque del mundo.
  Así como se va volviendo a la idea de que el núcleo familiar no es tan absurdo y humillante como lo planteaban el marxismo y el feminismo, se está retornando a la claridad, al clasicismo en la escritura. Tal vez el miedo al sida tenga una relación bastante estrecha con el desarrollo de los medios audiovisales. El miedo al sida es un virus que ha vuelto a dar alas a la religión y a la familia como refugio contra un mundo cada vez más peligroso. Así como el sida ha obligado a la monogamia y a la fidelidad, la agresión del cine, el video y la tecnología informática ha hecho repensar a los escritores sobre su función en el mundo. Ahora en general los escritores buscan la originalidad en la claridad, no en la confusión. Los novelistas persiguen con ahínco el paraíso perdido de la relación cercana con el lector.
  Para qué sirve una novela? Para lo mismo que sirve el cine: para prestarnos fantasías, para hacernos vivir vidas que no nos atrevemos a vivir, para enseñarnos lo que no conoceríamos. Es por ello que el novelista tiene algo de desaforado, de excesivo, de ser humano elevado a su más alta potencia. Pero la diferencia entre el cine y la novela es que la novela constituye una reflexión menos plana sobre el mundo y sus posibilidades. Entiendo la novela como una especie de tesis de grado sobre la realidad. El novelista serio dispone sobre su mesa de trabajo todos los elementos que han de configurar su obra. Se sienta y los estudia. Planea, ensaya un capítulo, intenta un estilo, busca un tono, descubre un ritmo. El novelista es como el músico, que se somete a la repetición mortal de las escalas hasta que descubre que las leyes de la armonía dependen de una serie de combinaciones que se van configurando en su mente sobre un número limitado de notas. El escritor puede escribir de un tirón, como hizo Dostoievski con El jugador, toda su novela. O puede escribir un borrador, otro, otro. Puede vivir obsesionado con una novela un año o quince años, hasta que le suena la campana. Un día descubre que está listo. Se sienta y escribe lo que ha estado buscando. El novelista en un trabajador que labora en su obra sin pensar ni remotamente en la ganancia económica. Si un novelista serio gastara en pegar ladrillos el tiempo que tarda en escribir una novela, sin duda terminaría antes un edificio de diez pisos que una obra medianamente satisfactoria. Con esto quiero decir que un novelista es un artista, alguien que trabaja en primera medida por amor al arte, porque tiene la sospecha de que hay algo más importante, y sobre todo más satisfactorio, que ganar dinero. Por eso en general los novelistas, como cualquier artista, son más descuidados, se visten desaliñadamente, no atienden a los coqueteos de los políticos, se ríen de lo que a otros parece serio y consideran que en verdad casi nada que no sea la literatura amerita verdaderamente su atención.
  La profesión del novelista tiene su parte humillante y ella tiene que ver, casi siempre, con los editores. Es falso lo que dice García Márquez de que si un escritor escribe bien, llegarán los editores de rodillas a su puerta a pedirle sus libros. Eso es retórica, típica de señora rica o de triunfador. Es fácil ser humilde cuando se es grande y es fácil dar consejos a los jóvenes cuando se han olvidados las penurias de los años difíciles. La verdad es que para que un editor llegue a arrodillarse a la puerta de un escritor, éste ha de pasar antes por muchos umbrales, no todos muy acogedores. Es extraño el caso del escritor que escribe a temprana edad su obra maestra, se la lleva a un consagrado y éste inmediatamente echa a volar las campanas anunciando al nuevo genio. Es frecuente que antes de que un grande se arrodille ante un nuevo talento y le dé un empujoncito en una editorial o pregone su descubrimiento, lo use de alguna forma para conseguir que su pedestal sea más inexpugnable. El mundo de los escritores está lleno de mezquinos, mediocres y farsantes, aunque hay excepciones salvadoras. En México conozco a un hombre generoso por encima de cualquier interés: Edmundo Valadés.
  Se sabe que la república literaria mexicana es un mundillo lleno de cotos vedados, de iluminados, de impunes, de eternos acaparadores de prebendas --es célebre el caso de que uno de los peores novelistas de México, haya recibido todos los honores imaginables, todos los agasajos, todos los respetos y que represente a este país en el extranjero, sin que nadie haga nada por desenmascararlo--. Pero tal situación no es excepcional, más bien es la regla del ambiente literario universal. Y aquí regreso al inicio de mi divagación sobre la novela y la actitud que debe tener el novelista: hay que ser soberbio en la humildad: saber que uno trabaja a fondo, ser sincero por encima de cualquier coqueteo de la fortuna, no mentir ni por omisión, no inscribirse en ningún grupo sino más bien hacer uso de los grupos para difundir los trabajos personales. La independencia es vital, la rabia, la lucha contra toda complacencia. Si los editores no se arrodillan ante el buen novelista, hay formas de hacerlos doblar la cerviz. Y sin embargo México es un buen país para los novelistas. Hay muchas oportunidades, muchos concursos, editoriales, publicaciones, y aunque en ellas predomine la selección natural, el novelista que no tenga vocación de genio secreto, hallará la forma de ver sus libros publicados.
  No soy partidario del novelista profeta ni del novelista todólogo, ni del novelista espectáculo, sino del novelista trabajador, que de vez en cuando sale al mundo a cosechar unos cuantos frutos y regresa a refugiarse a su mundo. Los novelistas deben ser como las hembras traidoras. Nadie sabe lo que puede esperarse de ellas, como nadie sabe lo que puede esperar cuando humilla a un novelista. Y sin embargo el novelista no debe escribir por venganza, sino que debe aprovechar la energía de sus rencores para acrisolar su voluntad, su temple y su valor. El novelista debe vivir en peligro porque lo suyo es retar al viejo mundo para anunciar el nuevo. El novelista dice lo que otros callan. De ahí que muchos busquen en ellos a los guías espirituales, sin darse cuenta de que en la vida cotidiana ellos son tan frágiles, tan falibles, como los demás seres humanos. Sólo ante la dura roca de la página en blanco se prueba el temple del escritor, no frente a los fotógrafos, los micrófonos o el público. Y, sin embargo, humanos, simplemente humanos, los novelistas se prestan a formar parte de los números de circo como éste al cual estamos asistiendo. Es parte del juego de la vida. Y quien juega este juego con sentido del humor corre el riesgo de descubrir que, después de todo, la existencia no se limita a subir y dejar caer la piedra de Sísifo, sino que entre un esfuerzo y una desilusión media un espacio fundamental: el de la imaginación, que no es fracaso ni triunfo, sino superación de todos los extremos. La sabiduría acaso sea solamente esa tranquila aceptación de que nadie nunca tuvo razón y que estamos sujetos a las leyes del azar. Escribir novelas es una de las formas de jugar a combinar las piezas dispersas de la vida, un intento de entender lo que, acaso, nunca entenderemos pero siempre queremos entender.
(Ponencia presentada en el Segundo Congreso Nacional de Novela Mexicana, celebrado en 1993)


                      Xalapa, 21 de septiembre de 1993

Marco Tulio Aguilera

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