Mujeres enamoradas de D.H. Lawrence: el arte de la novela

Una desconocida entre flores
La sacralidad y los misterios  de las pasiones sensuales 
Mujeres enamoradas de D.H. Lawrence es una novela basada en el planteamiento de cuatro paralelas que se van uniendo por pares. Dos hombres avanzan hacia su emparejamiento con dos mujeres. Ese es el texto más aparente. El subtexto, que no llega a desarrollarse del todo, es el acercamiento entre los dos hombres. Mujeres enamoradas es un estudio de cuatro  personas, de cuatro personalidades: Gerald Crich, propietario de las minas de Shortlands, en Inglaterra, hombre ejecutivo y convencional, espléndido ejemplar masculino, rubio, de ojos azules, atlético, libérrimo (busca los placeres del amor pero no la responsabilidad); Gudrun, maestra de escuela y escultora, mujer fuerte y decidida, hacia quien tiende Gerald Crich con tozudez de semental.    
      Gerald y Gudrun detestan y se burlan de la perspectiva de tener un hogar y una estabilidad y se empeñan en un largo duelo, tratando de encontrar un punto de contacto a partir del cual establecer una relación duradera, que no sacrifique las aspiraciones de uno y otra.
La otra pareja está conStituida por Rupert Birkin —obvio portavoz de Lawrence en la novela—: intelectual brillante, medio ocioso, siempre teorizante, de  débil constitución, que avanza hacia una relación con Úrsula, hermana de Gudrun. La pareja Rupert Birkin-Ursula se entrega al amor sin reservas después de largos acercamientos y disquisiciones
Mujeres enamoradas movió al  escándalo, no sólo por los conceptos negativos hacia el matrimonio, en contra de la Inglaterra de sus tiempos, a la que consideraba corrupta de pies a cabeza, sino por las insinuaciones de la conveniencia del amor entre hombres. Las dos parejas hombre-mujer se acercan, pero también se acercan los hombres, planteando una nueva posibilidad de relación, una relación que subrepticiamente se plantea como superior a la de hombre-mujer; una relación que Rupert Birkin no alcanza a definir pero a la cual aspira y que defiende recurriendo a argumentos de todos los campos posibles.
En la obra hay una racionalización obstinada de las conveniencias del establecimiento de complicidades —“pactos de sangre”, “hermandades”— entre hombres. Las mujeres, se plantea, nunca podrán entender los misterios de la amistad íntima entre hombres. La relación entre hombres, plantea de forma oblicua Lawrence, permitiría un encuentro entre superiores.
Otro tema frecuente en la novela es la corrupción de Inglaterra y la humanidad en general, su avance irremediable hacia el fin. Birkin llega a plantear que sería mejor un mundo en el que desapareciera por completo la raza humana y subsistieran sólo la tierra, la fauna, la flora, todo lo que es natural, libre de razonamiento y de finalidad ulterior.
El capítulo XIII de Mujeres enamoradas presenta con gran minuciosidad y despliegue lógico la lucha esencial del espíritu masculino contra el espíritu femenino: la voluntad de poder (es clara la presencia de Nietzsche en las argumentaciones de Lawrence) y la  hipotética superioridad del hombre, frente a la voluntad de amor de la mujer y su irreductible secreto.  El capítulo XIII está estructurado como una batalla de poderes: la lucha entre Úrsula —mujer de fuertes convicciones, carácter agresivo e independiente— y Rupert Birkin, aristócrata de la imaginación, que no se atreve, por orgullo o individualismo, a llamar a sus sentimientos “amor”.
En esta novela se percibe una gran dificultad, una tensión constante,  entre los personajes, que buscan relacionarse: toda relación es impura: es de atracción y también de repulsión. Hay una especie de falta de naturalidad, de ausencia de espontaneidad, que refleja tal vez la cultura individualista (narcisista) propia de Inglaterra, no sólo en el período de industrialización, sino posteriormene, e incluso, antes, durante la época del esplendor del Imperio Británico. La defensa de la superioridad racial y cultural del hombre blanco, rubio, anglosajón, es motivo importante en  Mujeres enamoradas. Esta superioridad se ve particularmente encarnada en el ejemplar masculino que es Gerald Circh. El narrador reitera la exaltación de la belleza y el fulgor de los rubios de ojos azules, como representantes de lo mejor y lo más rescatable de la raza humana. Otro motivo, más pálido, sin duda,  es la alabanza a la belleza femenina, a su suavidad, sensibilidad, misterio y sentido de la tragedia cotidiana. Un tercer motivo es el canto a las clases dominantes, y la especie de pena o menosprecio que suscitan los humildes.
La ideología conservadora, individualista, permea toda la novela y encuentra su mejor representante en Gerald Circh, que se resiste a entregar su individualidad, y que sin embargo topa con el duro peñasco de una personalidad irreductible como la de Gudrun, espíritu artístico, que lo domina, lo dobla y termina por vencerlo —el modelo sobre el que trabajó Lawrence para crear su personaje, fue, según los estudiosos, la escritora Katherine Mansfield.
Desde el punto de vista del narrador omnisciente se compara a la mujer con la yegua que se encabrita frente al tren que pasa y que es obligada por  el jinete Gerald Circh a soportar el ruido,  el peligro, el terror que le ocasiona la máquina estruendosa que pasa a escasos centímetros de su hocico; luego se compara a Ursula y Rupert Birkin con un par de gatos en celo, que se cortejan. El gato de Birkin, según Birkin mismo, muestra una sabiduría superior, que subyuga a la gata salvaje, como los hombres, con su sabiduría superior deben subyugar a la mujer.
Cuando Úrsula y Birkin finalmente se rinden (despúes de casi 400 páginas de razonamientos, escaramuzas y escenas) a los placeres del cuerpo, lo hacen bajo el puente donde los mineros acostumbran hacer el amor con sus amigas. En ello hay un mensaje implícito: si los seres superiores se entregan a los deleites del cuerpo, están condescendiendo a ser como la gente vulgar, como el bajo pueblo. El amor es sometimiento de un ser inferior a un ser superior: esta idea es la que a lo largo de la novela mantiene a los sexos en lucha y la que vivió el mismo Lawrence durante su turbulenta vida amorosa.
D.H. Lawrence fue uno de los pioneros de la literatura, posterior a la época victoriana en Inglaterra,  que se atrevió a acercarse al cuerpo, a los placeres de la sensualidad y la sexualidad, pero lo hizo indirectamente, por medio de símbolos y de alusiones, muy lejos de la cercanía y el desparpajo con que Henry Miller trataría los mismos asuntos. En Mujeres enamoradas hay varias escenas de elevado contenido erótico, pero éste se halla mezclado o matizado  con todo tipo de velos bíblicos, míticos, místicos. De todos modos las alusiones, los tapujos, los símbolos que Lawerence usó en esta novela  para velar los pasajes eróticos fueron estudiados con minuciosidad y alevosía: ello hizo que tuviera graves problemas con la censura. Un párrafo nos mostrará la forma típica de aludir a lo sexual en esta obra:

Gudrun  se inclinó a besarle  apasionadamente, pero con tanta pasión que él quedó extrañado (...) Estaba contento de que le besara. Parecía como si quisiera llegar al fondo de su corazón con sus besos, como si quisiera llegar a su fuente de vida. Y quería que tocara la fuente de su ser, era lo que más deseaba.

Hay varias lecturas posibles del anterior fragmento: una de orden místico y otra de orden estrictamente sexual; una tercera, que mezcla los dos; una cuarta, simbólica. Se toca el tema del contacto físico, sexual, pero se le dan connotaciones trascendentales, que lo elevan. De todos modos tal elevación no fue suficiente para apaciguar a los censores de Lawrence.

Pero, ¿qué es lo que las mujeres  quieren en el fondo?”, pregunta Gerald.
“Dios lo sabe”, responde Birkin. “Cierto tipo de satisfacción en una repulsión básica, supongo. Parece que se arrastran por un profundo túnel de oscuridad, y nunca estarán satisfechas hasta que hayan llegado al final”.

Aquí tal vez se halle un punto medular de la novela: se habla de la imposibilidad de que las mujeres amen y se dice que de alguna forma ellas encuentran en el contacto una especie de repulsión que se esfuerzan por superar. A esta repulsión, afirma, llaman “amor”. Pero ninguna superación del rechazo, ninguna experiencia bastará para colmar a la mujer: ellas nunca estarán están satisfechas. La misoginia, o por lo menos el temor o la reserva hacia las mujeres, son evidentes en Birkin, como lo fueron en Lawrence, que nunca pudo establecer una relación armoniosa con una mujer.
La siguiente escena ejemplifica la imposibilidad, implícita en la novela, de la mujer para darse por completo:
Úrsula podía entregarse a sus iniciativas masculinas. Pero no podía ser ella misma, no se atrevía a adelantarse totalmente desnuda e ir así ante su desnudez, abandonándose en una pura fe con él. O bien se abandonaba totalmente a él, o bien se apoderaba de él y tomaba toda su alegría y contento de él. Y gozaba de él plenamente, pero nunca estaban plenamente juntos, en el mismo momento, siempre había uno que  se quedaba un poco por fuera. A pesar de todo ella estaba contenta en la esperanza, gloriosa y libre, llena de vida y de libertad. Y seguía siendo suave y paciente, por ahora.

Lawrence escribió sobre la insatisfacción de la mujer, sobre el poder y la vanidad del macho y también sobre sus debilidades y esplendores. Sin embargo, más allá de este enfrentamiento de dos corrientes: la del macho y la de la hembra, planteaba otro enfrentamiento y otra búsqueda, la del macho en persecusión del macho. En su novela, que asume claramente tonos didácticos, de alguna forma llegó a la conclusión de que hay una radical imposibilidad de comunicación entre el macho y la hembra, plantea que el único punto de encuentro se halla en la expresión de una sexualidad claramente marcada por lo bestial. El tema de la homosexualidad masculina no lo afronta Lawrence del todo, lo deja como territorio de la utopía.
         Sin embargo, allende la relación macho-hembra y la relación macho-macho, hacia el final de la novela, después de un fallido intento de concretar la relación entre el espléndido Gerald Circh y la irreductible Gudrun, aparece un nuevo elemento, que no es ni macho ni hembra, sino espíritu artístico prácticamente puro, casi mecánico. Se trata de Loerke, artista judío, que trastorna del todo a Gudrun, haciéndole concebir que sí hay posibilidad de comunicación entre un hombre y una mujer, pero lejos del plano corporal, en el territorio de las esencias, del arte, de las ideas supremas.
         Mujeres enamoradas es una novela de extremos, de  caricaturas, de posiciones radicales, claramente racista y etnocentrista. Ningún personaje parece un ser humano pleno: todos son de alguna manera unilaterales, radicales, sin matices. Todos los valores de la época son cuestionados. Se ha tildado a la novela de apocalíptica porque busca por todos los medios socavar el viejo orden social. Se ha utilizado a Lawrence como estandarte de una especie de  liberación sexual. No hay duda que Henry Miller lo leyó con atención. Se ha dicho que Lawrence es un mal escritor que escribió buenas novelas. Una verdad es que en las casi mil páginas de Mujeres enamoradas hay reflexiones inquietantes y válidas  sobre el amor, las mujeres, los hombres, el homosexualismo, la raza, el destino. Hay discursos moralistas y alegatos machistas y fascistoides. Hay un defensa de la “frialdad nórdica”, frente al “culto africano a la sensualidad”. Hay intentos de plantear la necesidad del  ascetismo, aunque los personajes no puedan practicarlo y terminen entregándose a sus impulsos. Un aspecto equilibrante de esta novela de extremos es que todas las razones, todos los argumentos, tienen sus complementarios, sus anversos y son expuestos casi con el mismo entusiasmo.
         No es paradójico que la novela concluya con la muerte del macho magnífico y el triunfo, o por lo menos la supervivencia, de la hembra libre, artística, cosmopolita, decidida. Hay, es claro, un canto a la libertad, un rechazo a la familia, un deseo de vivir grandes emociones que no se podrían encontrar en la rutina. Todo ello dentro de una estructura de novela decimonónica, que nos permite introducirnos en la mente de los personajes,  mediante el trámite del discurso indirecto.
      De nada le valió a Lawrence poner sus ideas en labios ajenos: de todos modos fue perseguido por los conceptos que defendieron sus personajes. Vivió soñando con una sociedad utópica, lejos de la civilización, en la que hubiera libertad sexual irrestricta. La persecusión es, claramente, el destino de todos los autores que rompen con las convenciones y se enfrentan a su época.
 En un prólogo a  Mujeres enamoradas, escrito en 1919, Lawrence escribió: “Esta novela pretende ser tan sólo un relato del deseo del escritor, de sus aspiraciones, de sus luchas: en una palabra, un relato de las experiencias más profundas del yo”. Y también agrega: “Los misterios y las pasiones sensuales son tan sagrados como los misterios y las pasiones espirituales”

Marco Tulio Aguilera

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