La materia del deseo del novelista boliviano Edmundo Paz Soldán



 Novela con un protagonista escindido entre Bolivia y  Estados Unidos. El hombre es un clean cut profesor de la Universidad de Madison, que se enamora de una alumna norteamericana, huye de ella, regresa a Bolivia –a Río Fugitivo, ciudad que visitan varios libros de Soldán— a buscar las huellas de su padre, un revolucionario, un novelista, una criatura de misteriosas actividades, que fue asesinado. El protagonista se siente desgarrado entre una vida de apariencias, droga, mujeres y trago, y una vida de honestidad y disciplina, a la que aspira inútilmente: es demasiado vanidoso, demasiado hedonista para asumir una causa con seriedad: ni el amor ni el deber ni la vocación calan hondo en él, y por eso su vida, de aparente triunfador, es la de un fracasado, que se sabe fariseo, falso, fingidor... 
Esta novela, para bien o para mal, inaugura un tipo de obra: la que utiliza indistintamente —sin cursivas— el inglés y el español: va dirigida pues, a un lector bilingüe, que cada vez es una proporción mayor, con esto de la globalización (de la cual es parte el proceso de absorción de “los autores importantes” por parte de editoriales poderosas, trasnacionales, que venden los libros como productos de consumo masivo y que manejan a los autores como productores a destajo).
         Estructuralmente bien armada, efectiva, tiene sus ángulos de thriller, sus escenas “fuertes”, sus líneas editoriales —que llegan a molestar—, posee también un ligero defecto estilístico que sólo podrá notar quien exija demasiada pulcritud en el estilo y quien tenga un conocimiento solvente del inglés: a veces uno cree estar leyendo una novela escrita en inglés y traducida demasiado literalmente al español. Para bienestar del escritor, los lectores contemporáneos, la mayoría, entenderán esto como una virtud, y no como un defecto: el español parece ya no ser del todo la lengua del autor, quien asume al imperio como la madre a la que en verdad aspira.(Veamos esta frase: “La medida del amor la da la ausencia o no del cálculo, del razonamiento”. Tuve que leerla varias veces y volverla a redactar en mente: “La medida del amor la da la ausencia de cálculo”. Suficiente. Lo demás es ruido. Obviedad. Estática. ¡Eso es! Falta de trabajo estilístico. Taller vil, vulgar y elemental. Eso es lo que le falta a esta buena novela mal escrita.
         Con el regreso de Pedro, el protagonista,  a Bolivia, la novela va creciendo, involucrando personajes interesantes: una vieja amante, el capo del narcotráfico en el país y otros. La novela crece sin perder el control, el ancla, que es Ashley, la amante norteamericana. Pedro se va enredando cada vez más en Bolivia, se compromete a corregir el manuscrito de las memorias del capo... Ashley va esfumándose, Estados Unidos va quedando en la sombra, frente a una Bolivia llena de problemas, que sin embargo es más viva, más real. El final de la novela es totalmente abierto: nada se soluciona, nada se ata, nada se concluye, lo que puede ser un valor o un disvalor: ir sembrando nudos para no destramarlos es una solución fácil, pero quizás más fácil, más mentiroso, sería desentrañar el crucigrama. La realidad, eso que llamamos la realidad, tiene más de misterio que de solución, y por ello el final de la novela —novela que es la historia de una angustia y un misterio— es más coherente que un happy end.
         Quizás lo que haga poco convincente esta novela (poco convincente para mí, aclaro) sea el hecho de que todos los personajes hablen de manera semejante, sin color personal, sin verdadera identidad (pero aquí yo me pregunto: ¿será acaso que yo este queriendo otra novela, otro tipo de novela? ¿Será que yo quiero una novela “literaria”, con hallazgos, inteligente, y no un producto multinacional, insípido, que utiliza como pretexto de identidad la temática boliviana... En esta novela hay algo que se le critica mucho a los imitadores del realismo mágico: ese exotismo, que tanto atrae a tantos extranjeros, particularmente a los gringos y a los europeos, especialmente a los alemanes.
         La desgarradura de  Pedro Zabalaga, que no se atreve a entregarse a la irresponsable y encantadora Ashley, su alumna, por temor a perder su puesto en la universidad, llega a conmover, no así la nostalgia por una Bolivia que suena distante y falsa. Pedro se convierte en Don Juan, que con una mujer tras otra, intenta borrar a Ashley.
         Un detalle importante, telenovelesco en el mejor sentido del término: la novela relata dos historias paralelas:Bolivia y Estados Unidos, y en ellas, las mujeres, la política, etc. Esta alternancia está muy bien manejada, deja en supenso el hilo, particularmente el de la relación con Ashley, que es el conductor, lo que le da coherencia a la novela.
         ¿Qué queda tras la lectura? Primero, el entretenimiento: el relato sostiene la atención y absorbe; luego una pálida y diluida comparación entre circunstancias, la boliviana y la norteamericana; finalmente, una buena historia de amor, de amor insatisfecho, que recuerda el final de Loilita de Nabokov y el de tantas novelas, el de tantas vidas, en las que el amor no es más que una novela que nos tejemos a nosotros mismos mientras nos resignamos a vivir una realidad menos que novelesca. Un balance: Paz Soldán es un buen escritor que vale la pena leer. Dos obras de él lo atestiguan. (Recuerdo la lectura de Sueños digitales  http://mistercolombias.blogspot.mx/2011/10/suenos-digitales-de-edmundo-paz-soldan.html). Queda la duda de su densidad, de su peso específico. Es detestable —pero también inevitable— la frase que voy a escribir: espero algo de mayor coraje en el próximo libro de Paz Soldán que caiga en mis manos. Por lo pronto esta nota ha hecho que Paz Soldán (a quien conocí en una Feria del Libro de Bogotá hace varios años, cuando presenté mi novela El amor y la muerte http://mistercolombias.blogspot.mx/2007/12/el-amor-y-la-muerte_14.html ) me deteste. ¿Tenía que decir mentiras para conservar su amistad? La cortesía no es una virtud que me adorne. La considero más bien un defecto terrible que prefiero dejar a los demás.
Una frase quizás pueda congraciarme con él: es el mejor novelista boliviano que he leído.


[1] La materia del deseo,  Edmundo Paz Soldán, Editorial Alfaguara,  Miami, 2001.

Marco Tulio Aguilera

No hay comentarios:

Publicar un comentario