Gardeazábal organiza su propio sepelio


El día que me vaya
Cuanto me gustaría haber podido dirigir mi propio sepelio. Con esa capacidad que he tenido a lo largo de mi vida para organizar una cosa y la otra y que ningún detalle falte, habría gozado de lo lindo. Pero no va a ser así. No tengo la más mínima seguridad de si mis amigos y parientes sean capaces de cumplir mi voluntad. Alfredo hará apenas lo elemental y si mucho conseguirá que no celebren la ceremonia religiosa. El sabe que cada vez he mirado más escépticamente el mundo aun cuando él, inversamente, ha creído más. Los demás me han respetado y, de alguna manera, patrocinado mi incredulidad. La única que se atrevió alguna vez a horadar aquél blindaje fue mi madre, cuando aún tenía uso de razón, y fracasó estruendosamente. Mis hermanas y mis sobrinos asumirán el duelo, porque finalmente quien se les va es el sostén directriz de una familia, pero harán lo que sea más fácil y les cree menos problemas. Un muerto es un encarte.

Pero como me he pasado toda mi vida imaginando cosas y haciendo fantasías imposibles sobre mi futuro, (que cuando se han cumplido no me conmueven porque las he preparado tanto que solo la frialdad me acompaña), hoy quiero hacer lo mismo. Corro el riesgo de que me emocione escribiendo estas elucubraciones. Mas aun, que derrame lágrimas sobre mis últimos minutos en la superficie. He sido una maquinita productora de emociones y he gastado el llanto y los impactos conmovedores por anticipado.
No sé donde vaya a morir. Si quisiera saber dónde y en cual circunstancia, me suicidaría, pero no sé si valga la pena tener tanto dominio sobre la vida cuando se la ha querido tanto, desde tan temprana edad y tan intensamente. Con estos adelantos de la medicina, nada de raro tendría que muriera en la cama de una clínica y no en la que me hicieron (heredé la cama de matrimonio de mis padres) y que me ha servido para dormir tantas noches de mi vida. Muy probablemente muera de un fulminante paro cardíaco, como todos los Gardeazábal varones, o se me acabe la fuerza del corazón como a mi padre por la insuficiencia cardíaca de nuestra aorta dilatada alguna noche haciendo el amor. Puedo morir una mañana mientras paseo con mis perros por entre los callejones de El Porce, o amanecer tieso por haber sucumbido a la arritmia que cada vez es más fuerte cuando me levanto a orinar en las madrugadas. Puedo dejarme morir mirando el mar de Cartagena desde un ventanal o derrumbarme finalmente con los audífonos puestos y delante de los millones de oyentes que podemos tener en La Luciérnaga. Hay muchas formas y sitios para morirse. El problema viene para los deudos.
Como llevo muchos años diciendo que tengo mi tumba reservada en el Cementerio Libre de Circasia, el asunto se les puede complicar. Si muero en Cartagena, trastear mi cadáver en un avión resultará costoso y muy perecoso y tendrán que cremarme para poderme llevar con facilidad hasta Circasia. Si muero en una clínica de Cali o de Medellin, llevarme hasta el Cementerio Libre en un carro fúnebre no resultará tan oneroso. Más de uno de tantos que pudieron llegar a ser profesionales por mi ayuda, pagará ese trasteo. El lío comienza en si me trastean primero a Tuluá y después a Circasia.
Mucho me hubiera gustado que mi velorio fuera simple y corto, en el Parque Boyacá de Tuluá, donde giró muy buena parte de mis narraciones y casi toda mi vida política, pero resultaría incomodísimo. Preferiria que antes de que arranque la caravana a Circasia le dieran la vuelta al parque con mi cadáver y una banda papayera fuera atrás haciendo sonar “senderito de amor”, el himno de mis inolvidables campañas triunfadoras. Por supuesto, lo haría como entonces: en las horas previas a mi sepelio, cada 15 minutos, en todas las emisoras del pueblo, convocaría a quienes todavía guarden recuerdo (y son muchos) de mis inigualables períodos como alcalde o hayan sido mis lectores o mis oyentes para que me acompañen a esa vuelta al parque. Seguramente a muchos les vendrá a la memoria aquellos días de gloria cuando terminé mis dos períodos como alcalde y miles y miles de tulueños abarrotaron el parque para acompañarme desde la alcaldía hasta San Bartolomé para despedirme de mis gobernados. Otros, menos mayores, que entonces eran niños, seguramente me volverán a ver en sus memorias infantiles llenando el parque hasta las banderas con todos los niños de Tuluá mientras yo, trepado en sendos camiones iba de esquina en esquina repartiendo chuspadas de dulces el 31 de octubre, dia de las brujitas y día de mi cumpleaños. Muchos conservan las fotografías que se tomaron esos 31 de octubre conmigo cuando apenas si eran unas criaturas mirando el futuro.
Ya no estarán aquellas oleadas de viejitos que hicieron de mi su ídolo. Casi todos ya han muerto y no serán demasiados los que dejaron testimonio a sus hijos y a sus nietos de la devoción por Gardeazábal. Pero los tulueños, chismosos y curiosos, aparecerán. Finalmente nadie en la historia de ese pueblo llegó tan lejos ni los hizo sonar en tantos confines del mundo y en tantos idiomas y aun cuando los tulueños tienen memoria de gallina, la curiosidad los mata y serán capaces de ir a ver el desfile. Ya no sonarán las campanas de San Bartolomé, como en mis novelas, ni le dirán al aire que están tocando a muerto. Agobardo, el campanero, se murió hace tiempo y creo que la ultima vez que las echaron al aire fue aquella noche del 31 de diciembre de 1994 cuando abandoné por última vez la alcaldía municipal y Tuluá entero salió a decirme adiós en medio de gritos y alborozos, de pólvora, pitos y trompetas. Me demoré casi dos horas dándole la vuelta al parque.
Pero como me tienen que velar, lo mas probable es que me lleven al auditorio que lleva mi nombre en la Universidad Central. Me subirán al escenario y los que irán a echar cuentos y a exagerar sobre tantas anécdotas de mi vida, podrán sentarse en cómodos sillones y con aire acondicionado. Cuando salga de allí para dar la vuelta al parque, estoy seguro que Taponcho González y Carlos Saldarriaga habrán conseguido docenas de voladores y saltándose todas las prohibiciones que pueda haber entonces sobre la pólvora, tendrán quemadores expertos lanzándolos al aire para retumbar en los aires tulueños el viaje final de este loco de mierda que siempre tuvo alguna idea distinta para hacerlos sentir orgullosos habitantes del terruño.
Cuando lleguen a Circasia y el profesor Manuel Gomez Sabogal, encargado por mandato de ser el albacea de mi sepelio en ese cementerio, me encantaría que una de esas bandas que antes llamaban de guerra fuera adelante del cortejo mientras atravesamos desde la plaza principal hasta la puerta del cementerio. Allá deberían estar la camerata de Tatiana la rusa a quien tanto admiré y ayudé y el coro del conservatorio para entonar el Himno del Valle que no se cuantas veces canté emocionado. Que no se les vaya a ocurrir ni cantar ni poner en parte alguna de mi sepelio el Himno a Tuluá. Nunca aprendí a cantarlo, siempre me pareció horroroso y a quien lo haga le jalaré las patas desde el mas allá hasta que enloquezca.
Cuando lleguen al patio de atrás, a la entrada a mano derecha y el profesor Gomez Sabogal haya construido el hoyo vertical para depositar mi ataúd, me encantaría que Tatiana tocara algunos acordes de las cuatro estaciones de Vivaldi. Encima de la tumba deberán poner el busto que ha
estado haciendo el maestro Velez Correa, y, como hice con el de Braulio Botero el fundador del cementerio escribir, allí mi epitafio, mi único epitafio, al lado del nombre y de las fechas: “cóndores no entierran todos los días”
Mi nombre podrá olvidarse en la memoria avícola de los tulueños pues finalmente me cuidé que ninguna de las obras trascendentales que le hice al pueblo fueran recordadas con placa alguna. Tal vez, si no lo trastean y lo tumban para reemplazarlo por otro personajón, quedará el busto del
parque que lleva mi nombre en una barriada del occidente tulueño aun cuando donde debiera estar es en el parque de los Cincuenta Mil Metros que no ha habido alcalde ni político que haya podido cambiarle el nombre que los tulueños le pusieron a ese hito máximo de la pavimentación de entonces. Pero no importa donde termine mi recuerdo, estoy seguro que seguiré por muchos siglos apareciéndome en las mañanas frias por entre medio de los potreros y los callejones de El Porce, caminando con mis perros y, mas de uno, se espantará recordándole a los hijos de los hijos de sus nietos quien era ese viejito caprichoso que alcanzó a entender de qué estaban hechos sus compatriotas y manejar muchos hilos de lo que sucedía en este país, pero prefería ir solitario a caminar antes de que saliera el sol que subirse a regodear en los tules fastidiosos de la plutocracia que tanto le temía.
El Porce agosto 15 del 2011

Marco Tulio Aguilera

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