Esperando a los bárbaros, novela de Coetzee

Coetzee en Bogotá, noviembre 2012
Parábola sobre el destino de los justos en un mundo dominado por los injustos. Escenificación de la feneciente y triste concupiscencia de los viejos y su gusto inevitable por las mujeres jóvenes. Parábola sobre el aparthaid y su hipócrita moralidad. Civilización y barbarie enfrentados: el hombre blanco contra los bárbaros (la otra raza, los sub hombres). Amarga reflexión sobre el racismo y la inutilidad (la imbecilidad) de las fronteras.
¿Sería mejor el mundo mejor sin los pobres, sin los negros, amarillos, cobrizos, sin los bárbaros, esos tristes personajes que afean las limpias ciudades con sus chabolas de miseria, su suciedad e ignorancia?, se pregunta el magistrado que gobierna un puesto de frontera entre el imperio y el indeterminado territorio de los bárbaros?
“Lo mejor sería que ese oscuro capítulo de la historia del mundo acabara de una vez, que borraran a esos feos seres de la faz de la tierra y nosotros juráramos empezarlo todo desde el principio, gobernar un imperio en el que no hubiera más injusticia, más dolor”. Así razona el magistrado y luego contra razona: su vida ha estado al servicio de la virtud y la verdad, además de alguna (romántica, idílica) manera admira las virtudes de los bárbaros: “Decidí que cuando la civilización supusiera la corrupción de las virtudes de los bárbaros y la creación de un pueblo dependiente, estaría en contra de la civilización; y en esta resolución he basado mi conducta en la administración. (¡Y esto lo digo yo, que ahora meto a una muchacha bárbara en mi cama!)”
“¡Cuándo aprenderé a no decir lo que pienso!”, se dice el único hombre justo de la novela  Esperando a los bárbaros, de Coetzee, una vez que es reducido a la miseria, a la indigencia y al ostracismo por defender a los bárbaros, a los otros, y por haber entretenido sus concupiscencias de anciano (de forma bastante fetichista, utilitaria, perversa) de una joven bárbara.
Los bárbaros de esta novela son los nómadas que viven libremente, en estado semi salvaje, lejos del imperio. Un imperio que en la obra de Coetzee sintetiza  los estados “civilizados” que quieren imponer su ley a todos los que lo rodean y extenderse al resto del mundo, como se extendieron los mongoles, los romanos, los persas, los aztecas, los incas.
Es claro que bajo el neutro disfraz del ambiguo  imperio  que es el espacio narrativo de la novela, Coetzee nos ofrece una visión aciaga, sin esperanza, de lo que fue y sigue siendo Sudáfrica, con impolutos barrios boers e interminables y míseros barrios de negros. Pero no es a Sudáfrica a la que pinta (alude) Coetzee en esta novela, sino el mundo entero, el mundo de hoy y de siempre: España y su tormentosa frontera con África; Alemania invadida por gitanos, checos, rumanos; Estados Unidos, tomada por hordas de seres de todas las nacionalidades; Austria, de la que están huyendo los nativos, atosigados por oleadas de árabes, checos, croatas, etc.
El mundo hoy: la tragedia sin solución. Esto es lo que subyace a la novela de Coetzee, el Premio Nobel, cuyas obras han apasionado por su crudeza, su falta de sutileza: aquí no hay un mundo feliz: lo que hay es un mundo infeliz, sin esperanza.
“Un camino que quizá no conduzca a ninguna parte”: éstas son las últimas palabras de la novela y gracias a ellas la obra se dispara de ser la crónica del último año de la existencia de un pueblo de frontera entre los bárbaros y los “civilizados”, a ser una cifra de la historia de la humanidad: “un camino que quizá no conduzca a ninguna parte”.

Ésta, como las otras novelas de Coetzee, nos muestran un mundo sin salida, ante el cual no hay otra alternativa que ejercer la virtud y el arte, aunque sepamos que no llevan a nada que no sea la íntima salvación individual: el mundo está perdido, sólo el individuo puede salvarse en el estrecho mundo de su vida personal.

Marco Tulio Aguilera

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