La invención del amor: Premio Alfaguara 2013

MT y Ovejero tras la presentación de la novela en el DF
El amor es un invento
Cuando le regalé mi novela  Mujeres amadas al escritor español José Ovejero durante la presentación de La invención del amor en el DF le dije: “En esta novela mía encontrarás algunas frases e ideas idénticas a las que usas en tu novela”. Habrá que agregar que son frases por las que no vale la pena disputar primicias pues son lugares comunes tan manidos, que parecen de telenovela.
La invención del amor: protagonista: cuarentón hundido en una desidia y una desesperanza muy comunes en la España de hoy, con pocos intereses laborales, intelectuales y afectivos. Dice el protagonista: “El mayor enemigo de la felicidad no es el dolor, es el miedo. Para estar realmente vivo tienes que estar dispuesto a pagar un precio por lo que obtienes. Y ahí es donde yo fallo. Me estoy volviendo perezoso; me cuesta pagar para obtener y tiendo a conformarme con lo que me sale gratis, es decir, con poca cosa.”
Con respecto a su afectividad dice: “Siempre he evitado la palabra amor”… “Pero yo no tenía ni tengo la impresión de perseguir a las mujeres, de empeñarme en seducir a una tras otra, de conseguir acostarme con ellas con el deseo de abandonarlas después. Me entrego a una relación no como un coleccionista sino como un investigador. Es sólo que las plantas se me dan mal, que no acabo de acostumbrarme a la continuidad de los afectos.” Y agrega: “A mí me gustaría una mujer que no pronuncie palabras como siempre, nunca, todo, sólo. Una mujer que se me entregue en parte, que sabría poseedora de algo que yo no tengo, que es suyo, una mujer por tanto con la que no poder entrar en una tibia simbiosis”.  Una de sus mujeres le dice: “A ti las mujeres te duran lo que a mí los kleenex.”
Con un estilo de vida bastante elemental, diríase utilitario, sin valores, va dejándose llevar por la existencia este solterón desencantado de todo, en una España también desencantada, tomada por los inmigrantes, asolada por los paros laborales y el mal gobierno. Vive entregado a esa desidia de vivir al arbitrio de la inercia, hasta que de pronto, el protagonista, gracias a un malentendido, halla  la oportunidad de inventarse una nueva vida y un nuevo amor. La mentira en la que se basa la intriga de la novela (el romance con una mujer muerta)  es divertida mientras pueda sostenerse como un gato en sus cuatro patas: lo que logra hábilmente el protagonista y también el escritor.
Novela muy legible, muy tipo Alfaguara (obras fácilmente digeribles por el lector medio, fácilmente traducibles, y que se pueden comprender  en cualquier país; obra (obras), sin sutilezas literarias, erudiciones acojonantes o exhibición de recursos retóricos sofisticados; obras sin saltos estructurales o temporales, obras que podrían convertirse en guiones cinematográficos con enorme facilidad). Lo que, aclaro, no considero vituperable: tales obras son parte de la famosa viña del señor.
Con todo y lo anterior,  La invención del amor  es una obra disfrutable de principio a fin, en la que fácilmente se notan las huellas de un buen lector de Coetzee y de Javier Marías (Ovejero usa muy bien un recurso que Marías lleva a extremos casi intolerables, particularmente en Los enamoramientos, recurso que consiste en dejar que en medio de una escena convencional se disparen inverosímiles monólogos interiores que llegan a ser aún más absurdos porque -no sé si me exceda al decir esto- están escritos con prisa, desmadejadamente…. Cosa que no sucede con Ovejero que escribe (redacta) bien, aunque a veces sus imágenes son burdas, casi escueleras y su prosa bastante rústica.
La caracterización es tan débil que a veces uno se pregunta, al ver aparecer a un  personaje no muy memorable, “quién es éste”: les falta color y sabor. Lo que se narra se narra casi como un informe, todo es escueto, directo; lo que supongo es una característica del thriller (género que no leo y del que tengo nociones bastante elementales).
Hay momentos en los que el protagonista logra hacer que su mentira, su gran invención, cuaje plenamente. La  mujer muerta cobra plena y palpitante vida cuando la madre del protagonista la acepta con naturalidad (lo que no se puede desarrollar plenamente en esta reseña sin vulnerar el tenso, inteligente tejido de la trama).
Hay algunas reflexiones interesantes sobre el amor. El protagonista es un don Juan investigador que pasa por sobre las mujeres con una leve curiosidad y luego las abandona. “Todos somos conscientes de que no conocemos a los demás. Compartimos nuestra vida con extraños. Podemos vivir durante décadas con alguien y no saber qué siente de verdad cuando dice “te quiero.” (Es notable el manejo de tópicos bastante resobados sin someterlos a alquimia alguna).
Desfilan por la vida y por la memoria del protagonista varias mujeres que dejan apenas un retazo de recuerdo. “Angelina  desde la experiencia que le daba ser dos años mayor que yo, decía que yo nunca tendría una relación duradera porque para mí las discusiones eran un engorro innecesario, algo de mal gusto y que consideraba preferible evitar”.

Hay tres datos  que hacen altamente inverosímil la novela: 1, que el protagonista pueda sostener una mentira tan grande como es el hecho de presentarse ante los parientes de la mujer como el amante de una persona a a la que nunca conoció; 2, que súbitamente pueda comprar una empresa, cuando antes apenas ganaba lo suficiente para sobrellevar la crisis; 3, que de pronto se descubra enamorado de la hermana de la muerta, cuando antes apenas si le había mostrado una leve simpatía…Pero: he aquí el detalle nodal del asunto, la clave: lo que estamos leyendo es una novela, es decir, una invención…  que lo que pretende es divertir, sin enseñar: es pues un divertimento y como tal resulta válida. Es decir: se trata de una novela que se debe leer como un buen truco de magia, no como una obra trascendente que nos va a enseñar algo fundamental sobre la naturaleza humana. Leída así, la novela vale. Bastante. Es una buena metáfora de una frase que la humanidad lleva siglos pronunciando: el amor es un invento.

Marco Tulio Aguilera

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