José Donoso, demonio viejo

PRIMERA PARTE
Ahora que han pasado los años y que la hija de José Donoso reveló los aspectos ocultos de la vida de José Donoso, puedo publicar con nombre propio estas páginas de mi novela La hermosa vida.

¿Donoso un viejo insoportable, un artistócrata, un pesado? No. Un  hombre risueño, que escucha casi todo con una especie de ironía que se le dibuja en los hoyuelos de las meji­llas y en los ojos.
Desde que llegó a Cali no ha parado ni un momento. Incluso cuando los demás se van a dormir él sigue invitando a abrevar en la noche caleña, y sonríe al decirlo. Me mira y pregunta con aparen­te desorientación: Vos Ventura, que tenés garras de macho, decíme qué hay que ver en estas calles pecadoras de Dios. Y yo qué puedo decirle si hace más de cinco años no visito la ciudad y lo encuentro todo cambiado, tan lleno de multitudes, tan sucio y desordenado, el color de la gente ha cambiado, todo Tumaco se instaló en las calles, todo Buenaventura, con sus culebreros y sus vendedores ambulantes y sus negras caderonas (¿Era así antes? No lo sé.)
  Donoso escucha las opiniones con un aire de feliz e irónica comprensión. Parece estar mirando a los mortales desde la altura del que ya lo sabe todo. Es una versión divertida del Papá Grande. El gobernador del Valle del Cauca habla en voz baja. Parece falto de autoridad, flexible, amable y tímido como una prostituta recién llegada al burdel.
  —El mejor escritor de Colombia se llama José María Vargas Vila —afirma Pepe.
  Pienso que lo dice en alusión indirecta a Gabo, con  quien de alguna forma tiene rivalidad.
  —Conocí a García Márquez comportándose como un funcionario de la KGB.
  —Pero ése no es Gabriel García Márquez, sino un Gabriel García Márquez —dice Aline, la esposa de  Donoso, una mujer agria y de alguna manera amable, un oxímoron.
  —En Chile, en nuestro barrio, existe plena seguridad, pero porque hay metralletas en todas partes. Fuera de Santiago y Valparaíso, Chile no existe.
  —Los chilenos son argentinos arrinconados —le digo. Pepe me lanza un gancho a las costillas.
  —Hemos tenido más de veinticinco casas— dice Aline —. Antes que termine de poner las cortinas, Pepe ya está pensando en viajar.
  —¡Viajar, viajar!, palabra del viviente, escribió Saint John Perse —dice Pepe.
  —¡Partir, partir!, palabra del viviente. ¿No fueron ésas sus palabras? —pregunto.
  —Depende de la traducción— replica Aline.
  Salimos de compras. Pepe quiere una camisa de color vivo, del color de Cali, dice. No la encontró. Yo quise comprar una camisa italiana de seda de 500 dólares.
  —¡Qué! —gritó Joshuana—. Esas camisas no las usa ni mi marido, que tiene más dólares que el Chase Manhattan.
  —Pues yo las uso todos los días —dije, y me la compré, sin recordar que otra vez debía cuatro meses de renta. Al fin y al cabo me habían pagado 5000 dólares sólo por leer 150 novelas y tirar otras tantas a la basura.
  Donoso entra en confianza con una asombrosa facilidad. Quien se abre pronto es porque espera que la otra persona se abra.
  —Fui extremadamente neurótico, pero se debía a que había un conflicto dentro de mí, que no lograba resolver— dice.
  —¿Por qué crear un mundo en el que lo feo sea la norma?
  —Hay una estética de lo feo. Algo es feo según tú lo plantees. Duré ocho años escribiendo el Infame turba de nocturnas aves. Durante esa época tuve mis más grandes crisis nerviosas.
  —¿Qué relación hay entre la monstruosidad y el autor?
  —Todo escritor debe reconocer la parte monstruosa de su persona.
  —A mí me parece que los escritores son particularmente monstruo­sos, mucho más que las otras personas. Tal vez algunos músicos lleguen a extremos mayores. Por ejemplo, Pagannini, Beethoven, Mozart.
  —Estoy de acuerdo, completamente de acuerdo. Aún más, creo que los seres humanos somos todos monstruosos, pero sólo los escritores somos capaces de reconocerlo y hasta publicarlo. Por eso nos persiguen.
  —¿Crees en Dios?
  —Definitivamente no creo en Dios. Todos estamos destinados a la condenación o a la nada. Lo único que tengo es mi conciencia y mi físico.
  —¿Fue difícil comenzar a escribir?
  —Me costó muchísimo trabajo, pero mucho más comenzar a publicar. Lo hice a costa propia y de una amiga. Nos organizába­mos para vender ejemplares por adelantado.
  —¿Estás satisfecho con tu vida?
  —No. A medida que el tiempo pasa voy llegando a la conclu­sión de que adquirir es lo mismo que perder. ¿Qué he ganado? Tonterías. ¿Qué he perdido? La juventud, la plenitud, todo lo que en mí era vigor está comenzando a desaparecer. Yo siento que en este momento es más importante el escritor que la persona.
  Donoso parecía estarse confesando: "No soy vanidoso. La vanidad quizá fuera importante en la juventud. Ahora no." "Me ha gustado Proust toda la vida. Está a mi cabecera." "Siempre que comienzo una cosa, la termino. Yo soy como Jimmy Carter, que no podía caminar y mascar goma al mismo tiem­po." "¿Filosofía? Nunca la he estudiado. No me importa."
  La Fama se acercó sinuosamente. Donoso la apartó con la punta del pie, como a un perro. La vitalidad de Donoso es asombrosa. Llegó, tras casi un día de vuelo, aeropuertos y maletas, a Cali y se fue directamente a la recepción que ofrecía el gobernador del Valle. Luego, a eso de la una de la mañana, ya en el hotel, esperó a que su mujer se durmiera, para hacer su primera escapatoria. La hizo solo. Recorrió la Avenida Colombia y trabó conocimiento con las aves nocturnas. Al día siguiente nos contó de una chiquilla de dentadura luminosa que lo acompañó a lo largo de la vera del río Cali.
  Durante las deliberaciones del Concurso defendió ardorosa­mente a su candidato. Hubo una discusión acerba, de orgullo, un juego de cartas, de aproximadamente seis horas. El gringo Erdman era el convi­dado de piedra. Finalmente, como no podíamos ponernos de acuerdo, optamos por echar un pulso. El resultado del pulso fue el que decidió la suerte del primero y del segundo lugar.
  Hicimos varias horas nalga en los restaurantes de Cali, comimos y bebimos como cosacos a costa de la plusvalía que producen los licores del Valle, departimos, no sin ironía o envidia, con los burgueses, que pasaron por buenos y cultos y nosotros los dejamos hacer. Como buen hijo de la clase alta santiaguina, Donoso se portó a la altura de las circunstancias. Erdman se confesó puritano, pero se portó como un lord educado en Princeton en trance de desinhibir­se. Yo comí hongos en un cenicero, lucí mis biceps y mis botas de vaquero australiano en recepciones elegantes  y sufrí cariñosos regaños de Joshuana, que aparte de ser una musa burgue­sa, está en camino de terminar su doctorado en la Sorbona. Me porté como quien soy. Como un campesino de los Andes. Ni más faltaba.
  Para escapar por segunda vez de las eruditas garras de su mujer —una dama très bien y que con el paso de los días fui encontrando más simpática que un gondolero veneciano—, Donoso tuvo que recurrir a un somnífero. Acompañado por una corte de mucha­chos más alegres que intelectuales, Pepe conoció los sitios de escán­dalo de la ciudad más gozona de Colombia. Según me contaron —yo no pude ir por motivos de salud... de salud de mi novia despe­chada en el peor sentido del mundo— bailó salsa con tal ánimo que agotó a varias damas de la noche. Finalmente tropezó con una chica algo empalag­osa y para colmo de la casualidad, lectora de sus libros, que llegó al exceso de tragarse la corbata de Donoso y proponerle llegar a extremos a los que el sátiro Marsyas no estuvo dispuesto a llegar. Pero la chica insistía. Se puso frenética, y Pepe tuvo que emprender la huída, amparado por sus admiradores.
  Entre los ires y venires del día siguiente logré concertar la cita para lo de la entrevista, una entrevista seria, a fondo. ¿En una de las salas del hotel?, pregunté. No, demasiado público, respondió. ¿En un privado del restau­rante? La mezcla de olores embota mi inge­nio. ¿En tu habitación? No, allí mi mujer se reirá de mis res­puestas y comenzará a responder por mí; si te dijera que la mayor parte de las entrevistas que doy las responde Aline, )me cree­rías? Enton­ces... En tu habitación, Venturita; hasta donde sé, eres solterito y aparte de alguna visita ocasional de damas de tu pasado, duermes solo.
  Eso dijo con ojos de Heliogábalo.
  Al entrar, lo primero que hizo fue quitarse los zapatos y pedirme que marcara el número clave para que el teléfono quedara desconec­tado. ¿Qué? ¿No te has dado cuenta? Aquí todo es por computadora: marcas un número y aparece un negro abisinio con una doncella de  trece años más hermosa que la Beatrice del florenti­no en bandeja, marcas otro y aparece un galán de la Borgoña con una botella de champa­ña y una cesta de frutos árabes. Marcas un tercero y aparece un genio con turbante dispuesto a cumplir tus más arduos caprichos.
  No fingí asombrarme sino que me asombré. Era mi primer hotel de auténticas cinco estrellas. ¡Qué comparación con el Danky, donde en lugar de televisión, el inquilino tiene el deleite de contemplar las manchas de humedad en el techo o los lamparones de líquidos sicalípticos en la alfombra y hasta en las sábanas!
  Sin esperar a que lo invitara, Donoso se tendió en la cama, puso las manos con los dedos entrelazados acunando su nuca, hizo un nudo con sus tobillos, lanzó un suspiro y sonrió. Yo acerqué un sillón a los pies de la cama, tomé mi libretón de contabilidad y me dispuse a hacerle una entrevista seria y cabrona a mi segunda pieza del boom.
  —Pero, ¿por qué te sientas tan lejos? Ven acá —dijo palmeando la cama.
  No sin cierta reticencia me senté a su lado.
  —Te voy a contar algo que nadie sabe y que espero que no difundas. Mi romance con mi yegua en la inmensidad solitaria de Magallanes, cuando era pastor de ovejas.
  ¿Se burlaba? Quién iba a saberlo, especialmente con un novelista, particularmente con un sátiro Marsyas, cuya voz era cada vez mas cálida. Donoso insistía en colocar sus manos sobre mis antebrazos, en acariciar mis piernas, aparentemente sin otra intención que mostrar amistad.
  —Mi yegua era en esas soledades el mejor sustituto de la mujer. Tierna, inmóvil, sus músculos se amoldaban a mí con felicidad, y ni ella ni yo teníamos remordimiento alguno—. Donoso se arrella­nó en la cama—. Acérca­te más. No me digas que me tienes miedo. Mira, soy un viejo, un vejete enclenque y decrépito. ¿Qué puedo hacerle a un garañón de tu envergadura?
  Dejé que siguiera hablando, sin mostrar un rechazo tajante.
  —En Bogotá mis amigos me prepararon una fiesta de bienvenida. La idea era llevarme a un baño turco, de esos sórdidos y asquerosos en los que en cuanto se apaga la luz unos mancebos negros, musculosos y maleantes, se abalanzan unos sobre otros y cada cual hace lo que sea con el que está al alcance de la mano.
  La confesión era atrevida, sin duda, y había sido hecha con una intención clarísima. No calculaba Donoso —porque no había leído los libros que yo tenía escritos e inéditos, hundidos en el baúl de la nostalgia— que si él era un demonio viejo y curtido, yo también era un demonio nuevo, fuerte y de ninguna manera inge­nuo, como sostenía más de una de las mujeres que visitaban mi colchón y mi ánimo. La verdad es que las hembras podían hacer conmigo práctica­mente cualquier cosa, no los hom­bres, de quienes desconfiaba a muerte.
  El siguiente paso del sátiro Marsyas fue más agresivo y delicado: pidió un beso, solo un beso.
  —Me gustan los muchachos. ¿Qué culpa tengo yo? No hay nada tan hermoso como un muchacho. La ternura de los hombres es lo más bello de la tierra.
  ¿Se estaba burlando? Evidentemente no. Le di un beso en la frente.
  —Acuéstate conmigo, por favor, por favor.
  Era hora de quitarse la máscara. Definitivamente no, Donoso. Le ofrecí disculpas, nunca había podido superar mi debilidad por las mujeres, es un asco tener tantas limitaciones, pero así soy, un machito, tal vez con una pizca de homosexualidad no declarada.
  —La verdad es que desde que te vi comencé a tener sospe­chas — dijo en tono de cariñoso regaño—. Eres un coqueto. Miras a todas las criaturas como si quisieras comértelas. ¿No te has dado cuenta cómo tienes abochor­nadas a las señoras del concurso?
  No me había dado cuenta. La verdad es que todas ellas me parecían unas cascosflojos, unas hembras que pretedían ser fatales y que estaban esperando la oportunidad de arrinconar a este joven talento en un baño.
  —Increíble, increíble la capacidad que tienes, Ventura, de proyectar tu perversidad hacia el mundo. Las señoras del concurso son unas damas dignas de todo respeto.
  —Eso depende del famoso cristal. Ante un José Donoso se deben portar como monjas carmelitas, pero ante un humilde Ventura, ¿para qué van a apretarse el calzón? Además —me atreví a presumir, sólo para hacer fiestas a costa del sátiro Mars­yas, que había querido divertirse con mi cuerpo de maratonista algo magullado por el tiempo y los kilómetros de pavimento— me parece que yo tengo algo mejor que ofrecerles.
  —Sí, ya sé, ya sé. Después de los sesenta alcanzar el segundo enceste, es muy difícil, mientras que para un verraco como vos, debe ser asunto de veinte o treinta minutos.
  —Diez minutos contados.
  —Y tal vez llegues a tres o cuatro supernovas en una noche.
  —Mi marca es trece veces en 24 horas.

  —Te creo, te creo —dijo mansamente—. Tienes temple de novelista, pero no de mentiroso. No debes hacer ostentación de lo que te sobra porque pronto comenzará a faltarte.

Marco Tulio Aguilera

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