En Tlanepantla sin máscara


Siempre obsesionado por decir la verdad, o mi veldá, como la vedette cubana Niurka, en el Encuentro pirata de Escritores Hispanoamericanos (y digo "pirata" porque en realidad los escritores de varios países vinieron a México a un encuentro en Zamora, Michoacán, y el atinado oportunismo de la poeta Maya Lima logró sacarse un encuentro internacional de la manga, con el apoyo de la presidencia municipal de Tlanepantla, el municipio más rico de México --aclaro: no hay ironía en el comentario... o sí?) Dice el munícipe de Tlanepntla que va a hacer que esta ciudad sea la capital cultural de México. Ojalá. No sólo de manufactura vive el hombre. 
En el patio de la hermosa y casi ruinosa (o restaurada) Hacienda Santa Mónica se llevaron a cabo los primeros eventos: la simpática participación del poeta  Rojo Córdova, todo un circo de tres pistas él solo, muy bien alimentado por la cajita feliz (un jugo, una torta y una bolsita de frituras) que, como acarreados del PRI, nos dieron los organizadores (no me estoy quejando, aclaro). Yo le cedí mi cajita feliz a Rojo Córdova y él la hizo desaparecer en el abismo de su boca de forma casi mágica. 
Después vino mi especie de conferencia sobre la novela que tengo en proceso, en la que gasté 40 minutos (lo que debió de ofender a los poetas, a quienes se les dio entre 8 y 10 minutos para que mostraran lo mejor de su lira. Tras mi charla vino el escritor nica Goussen Padilla, que leyó un texto sobre sus andanzas en México y sobre literatura nicaraguense en general.
Luego sucedió el despeñadero de poetas: los eróticos con cantos y credos a las tetas y a los jugos femeninos y a las sustancias masculinas; los que cantaban el esplendor de natura y los que aireaban sus protestas contra la violencia y  la desigualdad; los exhibicionistas, que leían acostados; y los elocuentes, como la bella y frondosa salvadoreña que declamó con el vigor de Demóstenes; la descendiente de muiscas (indígenas colombianos), que leyó cuando fui a desocupar los intestinos de tantos chorizos y carnes y chiles; el poeta que parece un doble del Angel Fernández jalapeño, igualito a un ewok, extraordinario. En fin, horas y horas de poesía, una mejor que otra. Ah, la uruguaya-brasileña, Nina Reis, que leyó en portugués, encantadora: se le entendió y se le disfrutó. Entre esos poetas había por lo menos cinco grandes, indudables poetas, que no voy a mencionar para no ofender a los otros (todos los que nos dedicamos a la literatura nos consideramos genios irrepetibles) porque olvidé sus nombres: eran muchos. 

Y Maya Lima, la organizadora, derrochando afecto, cariño, repartiendo besos y perfumes.
Luego hubo una comilona en el jardín de la Hacienda de Enmedio. Mucha carne. Poco vegetal (sin ironía). Maya nos invitó después a visitar al presidente municipal de Tlanepantla, actividad de lo que quise escapar por mi ya autoasumida aversión a los políticos. No logré huir por la marcación severa de la poeta karateka. 
En la sala de cabildos un presidente municipal vestido como para una recepción en el Principado de Mónaco pronunció un discurso cortés en el que manifestó su alegría de tenernos allí y dijo que pensaba convertir a Tlanepantla, el municipio más rico del país, en la capital de la cultura de México. 
De manera igualmente política le respondió con un píccolo discurso un poeta argentino ofreciendo todo el apoyo. Luego, de manera totalmente apolítica, intervino MT, quien hizo la siguiente pregunta (por cierto, muy poco original). 
¿Podría decirnos los nombres de los libros que han marcado su vida? 
Hubo un movimiento de inquietud entre la concurrencia. El mismo munícipe, Pablo Basáñez, se creció y dijo: El Perfume, pero no me acuerdo del nombre del autor, y un libro de Volpi, cuyo título no recuerdo. 
Los auxiliares del presidente municipal suspiraron aliviados y miraron a su jefe con admiración. No sabían que tenían un erudito al frente. Entonces fue cuando decidí que yo también podía ser político: le tendí la mano al gran jefe y le regalé un ejemplar de Historia de todas las cosas (lo que no es habitual en mí, que soy bastante tacaño, especialmente con esa novela, del tamaño de una biblia). De paso me permití hacerle unas amistosas recomendaciones al munícipe: que institucionalizara el encuentro de escritores y apoyara a Maya Lima en sus empeños por llevar la cultura a Tlanepantla, ciudad eminentemente manufacturera e industrial. 
A pesar de estar vestido como para una sesión de fotos de una revista de modas europea, de sus anteojos envidiables y de su corbata de buen gusto, el señor presidente municipal me agradó. ¿Qué tal si llega a presidente de la república y se acuerda del colombiano tan amable que se permitió darle consejos? 
Si yo contara las barbaridades que he acometido en ceremonias oficiales ante altos políticos. Con razón hay quienes piensan que soy un bárbaro. Cuando el gobernador de San Luis Potosí me entregó el Premio Nacional de Cuento  pronuncié un discurso en el que dije, literal, sólo los mediocres se dedican a la política. Lo soprendente es que el gober en lugar de enfurruñarse, me felicitó y dijo que yo tenía razón. ¡Ah, los políticos siempre tan políticos!

Marco Tulio Aguilera

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