Un escritor colombiano injustamente olvidado

 Humberto Rodríguez Espinosa: Escritor en el laberinto

Recientemente leí en el blog de Gustavo Arango un artículo sobre la novela El laberinto, que leí hace ya casi cuarenta años y que me pareció de calidad sobresaliente. Jamás, hasta ahora había vuelto a saber ni del autor ni de su novela. Me da gusto haberlo vuelto a encontrar y me tomo la libertad de reproducir un artículo en el que se le hace justicia.



Si un improbable grupo de ociosos decidiera hacer la lista de las novelas colombianas más importantes de los años setenta, tendría que fatigar la memoria un buen rato después de escribir los primeros títulos. Varias razones explican la amnesia. Primero está la sombra del árbol García Márquez. Después está nuestra falta de memoria. Hasta los amantes de la literatura estamos sometidos a los caprichos de los medios —que celebran y descartan “genios” en cuestión de semanas— y tenemos una curiosidad tan ligera y olvidadiza como la de los hombrecitos del futuro que imaginó H. G. Wells. Ahora nos ocupamos de algo y al instante siguiente lo olvidamos. Por eso es tan improbable ese grupo de ociosos dedicado a hacer listas sobre tiempos tan remotos. 

Pero supongamos que el grupo existe, que se trata de amantes tan enamorados de la literatura que no tienen problema en incluir en su lista El otoño del patriarca, Qué viva la música, Los parientes de Esther, Aire de tango, Los cortejos del diablo, Cóndores no entierran todos los días. Supongamos incluso que se toman tan en serio su tarea, que consultan manuales y archivos para agregar otros títulos.  Es posible asegurar que, por más que se esforzaran, la lista que hicieran estaría incompleta. Faltaría El laberinto.

Incluso si en ese grupo dedicado a combatir la intrascendencia se encontrara Humberto Rodríguez Espinosa, no se le ocurriría pensar que su novela es digna de estar en esa lista. Su modestia es desconcertante. Parece avergonzado de haber escrito un libro que tendría que estar en la lista de los mejores del siglo.
Descubrí la novela de Rodríguez Espinosa escarbando en un anticuario de Pereira, hace un poco más de un año. Me llamó la atención que hubiera sido publicada por Seix Barral, en 1973, cuando esa editorial era una de las más influyentes de Iberoamérica. Allí publicaban sus novelas en aquel tiempo Vargas Llosa, Cabrera Infante, Cortázar, Puig y Donoso. 
El comienzo de la novela es simple y apabullante: “Z regresaba a casa con el paquete de provisiones bajo el brazo y una sonrisa recién comprada, cuando de improviso cayó en el hueco”. Esa noche y los días siguientes, en compañía de un grupo de amigos, viviendo la caída del rutinario Z a lo largo  de más de trescientas páginas, descubrimos con treinta y tres años de retraso una obra maestra que ha sido borrada de nuestra historia literaria.
El laberinto es una mirada llena de lucidez a nuestras mezquindades de criaturas perdidas entre máquinas y aparatos burocráticos. Es un viaje sin regreso a las cavernas más profundas del ser. Es, para no agotarnos en descripciones, la aventura del absurdo K, de Kafka, llevada a los últimos extremos del absurdo, ahora en el cuerpo maltrecho de Z, un pobre diablo que a todos nos recuerda nuestra pobre diablez.
El gozo perverso de la lectura ameritaba el esfuerzo de tratar de dar con el autor. En la contraportada del libro estaba la foto de un ejecutivo de ceño fruncido que no parecía coincidir con la abismal agudeza de aquel libro. El infierno allí descrito, ése que todos llevamos dentro y que nos empeñamos en ignorar, sólo parecía posible que viniera de las manos de un hombre llevado al límite de la desesperación.  Era difícil aceptar que nuestro Dante tuviera pinta de empleado bancario.
Fue difícil y fácil encontrarlo. Ninguno de los  profesores de literatura consultados tenía noticias del autor y de sus libros. En archivos de bibliotecas era posible encontrar copias de sus otros libros, pero casi ninguna reseña crítica. Su última colección de cuentos, Camino de premios (1989), fue malinterpretada por un reseñador que quiso afirmarse a sí mismo denigrando. El hecho de que la reseña no haga ninguna alusión a El laberinto demuestra lo poco que sabía de lo que tenía en las manos.
Al final, el directorio telefónico de Bogotá fue el único que pudo dar noticias de Rodríguez Espinosa. La llamada lo sorprendió. Fue atento y aceptó complacido conceder una entrevista.


“Soy abogado. Me he defendido. Estoy jubilado y en plan de retirarme. Nunca pensé que la literatura pudiera servir mucho”, tiene aspecto de hombre bueno, no hay otra manera de describirlo. 
Ahora vive en un edificio sobre la carrera séptima, cerca de la Universidad Javeriana, donde su hija está terminando los estudios universitarios. Se le ve decidido a cumplir su misión más importante: acompañar a su hija, ayudarla en el cuidado de su nieta, para hacerle la vida más fácil. Lleva tres años en ese lugar y habla con terror de la violencia que se ve desde la ventana. Cuando su hija se gradúe, piensa irse a vivir a un lugar tranquilo y silencioso. 
 “Soy abogado especializado en trasteos”, agrega sin que los gestos de su rostro revelen la ironía. Los trasteos se han confabulado con la vida para hacer más difícil la carrera literaria de este hijo de madre monja y padre librepensador, para extraviarle manuscritos, para insistir en desalentarlo en la obstinación de escribir que le nació desde niño. “Desde los siete años he estado escribiendo vainas y vainas. Cuando estaba terminando el colegio, me puse a darle más en serio al asunto”.
Para Humberto Rodríguez Espinosa no ha sido fácil darle al asunto. A pesar de que ha publicado dos novelas, El laberinto y La reforma, y dos libros de cuentos, El fusilamiento y Camino de premios, a pesar de que nunca ha dejado de escribir diariamente, rara vez su tarea se ha visto recompensada o alentada. Su vida de escritor ha estado llena de tropiezos, de derrotas y de triunfos equívocos, pero él lo toma todo con calma a la hora del balance: “He tenido un poco de mala suerte”, dice sin mucho énfasis.  
Cuando tenía dieciocho años, fue presentado por el periódico El Tiempo como una de las promesas de la literatura colombiana. Siendo estudiante de Derecho, quedó finalista del Premio Esso, en 1966, que ganó Rojas Herazo con En noviembre llega el arzobispo. Pero el único testimonio que queda de ese honor es la mención de su seudónimo, Humo Rodsa, en la edición del libro ganador.
 “Allí tengo el acta del premio”, dice señalando hacia el interior de su apartamento. “Es bellísima. Mendoza Varela y Elisa Mujica fueron parte del jurado. Fui muy amigo de Elisa. Dejó una obra muy interesante, pero nadie le ha prestado atención”. 
Cuando se graduó de abogado, se fue a hacer una especialización en derecho civil en la Universidad de París y, mientras estaba en Europa, le informaron que había ganado el premio literario de la editorial Santiago Rueda, de Buenos Aires. Estaba tan feliz con el premio que decidió dejar los estudios y venirse a Bogotá. Pero en esos días murió don Santiago Rueda, el dueño de la editorial. Nunca publicaron su novela. Nunca recibió el dinero del premio. El manuscrito de su libro jamás fue encontrado.
 “Después tuve la oportunidad de que me publicaran un libro en una colección de Colcultura, que dirigía Cobo Borda. Pusieron el libro en la lista de espera pero la colección se terminó y el manuscrito también desapareció”.
Incluso El laberinto tiene su historia rara. La novela fue finalista del premio Biblioteca Breve, pero la versión que publicaron no era la última. “Me quedé con la versión final de El laberinto guardada”, dice volviendo a señalar hacia el interior del apartamento, donde reposa un laberinto que nadie ha visitado.
“Uno está rodeado de absurdos”, concluye el autor de una de las novelas más desoladoras que se han publicado en Colombia, sólo comparable  —pero distinta en muchos sentidos— a Celia se pudre, de Rojas Herazo.
“La novela tiene unas cosas desesperanzadas a morir. Algunos amigos me decían que era como un mal sueño, casi como una pesadilla surrealista. Después, en otros libros, le bajé un poco a lo que escribía”.
Uno podría decir que la opinión de los amigos llevó a Humberto Rodríguez Espinosa a avergonzarse de haber escrito El laberinto. Uno podría lamentarse de esa influencia negativa, preguntarse qué más habría podido escribir si hubiera encontrado voces de aliento; pero resulta imposible concebir que alguien pudiera llegar más lejos en los caminos de la desolación. 
Se le ve dubitativo, inseguro, cuando habla de El laberinto. Como si él mismo no supiera lo que hizo. Como si le faltaran fuerzas para hacerse responsable de lo escrito. Pero cuando se han visitado aquellas páginas es posible entender que detrás del hombre tranquilo e inofensivo que habla debe haber una especie de demonio convencido y seguro de cada línea del libro.
 “La escritura obedeció a razones inconscientes. La novela surgió de la necesidad de hacerla. En Colombia no tuvo sino dos comentarios, uno, de Garavito, y otro, de Aguilera Garramuño, en El Pueblo, de Cali. Pasó desapercibida. Tuvo también algunos lectores en Barcelona y en Costa Rica, pero nada más. Una vez Rafael Humberto Moreno Durán me dijo que la novela era para esperar muchas cosas de mí, pero que me quedé callado”.
 “Estoy callado, completamente”, dice con voz perfectamente audible, mientras hace una pausa en la tarea de escritor que jamás ha abandonado. “En esa época obviamente era una máquina de escribir. El ambiente de oficinas para  El laberinto lo tomé del Banco del Comercio, donde yo estaba trabajando de abogado. Tuve la escenografía adecuada para esa historia sobre un mundo que se estaba volviendo esquizofrénico, que ya empezaba a ser lo que es hoy: un mundo mercantilizado donde uno es el que se levanta, otro es el de por la tarde, uno es alguien distinto, según el lugar o las circunstancias”. 
 “Para mí escribir ese libro fue una catarsis tremenda. Luego pasé a otros estados de la vida. Todo eso está superado. Pero era necesario buscar un poquito en el fondo de las cosas, asomarse a la negrura”.
Cuando El laberinto salió publicado, Rodríguez Espinosa pensó que podría vivir de la literatura. Se veía a sí mismo como un escritor profesional. Pero los manuscritos se fueron acumulando, fueron aplazados por las ocupaciones más urgentes y las necesidades inmediatas: “La vida cotidiana me llevó a lo puramente económico”. Se había casado con una abogada y teatrera de quien “la prosa de la vida” lo fue separando. Nunca volvió a tener una oportunidad con una editorial grande como la que tuvo con esa novela.
Rodríguez Espinosa siente que su obra ha tenido una evolución tocada por la realidad del país. Hoy en día se ocupa en desarrollar ideas que ya aparecían en sus primeros cuentos y que, con el tiempo, llegó a pensar que había tratado de manera precipitada. Incluso es posible encontrar un antecedente de  El laberinto  en la historia temprana de un niño que se arroja confiado desde un árbol, a los brazos de su padre, pero se estrella contra el suelo cuando su padre retira los brazos y le dice: “Para que aprenda a ser hombre”.
El laberinto es una novela diferente en el conjunto de la obra de Rodríguez Espinosa. “Mis novelas tienen un enfoque más social. Una de ellas es sobre un barrio de invasión y los desplazados por la violencia de esa época. Así como hoy son Ciudad Bolívar o la comuna nororiental en Medellín. Me fui a vivir allá cuando estaba escribiendo esa novela”.
Cuando se le pregunta si cree que alguna vez sus libros serán rescatados del olvido, responde sin amargura: “Aquí nadie se fija en las cosas del pasado. Nadie se preocupa. Se limitan a lo conocido del momento. Pero lo que pasó, pasó”.
“El rechazo no me ha afectado, pero se siente. A veces, cuando enviaba un libro  a una editorial, pensaba: ‘En quince días me llega la carta’. Una vez se demoraron media hora. La respuesta decía: ‘No queremos cuentos, sino novelas’. Así ha sido siempre. Estoy acostumbrado. Ya me hice a la idea”.
Pero los rechazos, la mala suerte y el olvido no han conseguido amilanarlo. “Sigo escribiendo. En los primeros cuentos que uno escribe hace una propuesta como para treinta o cuarenta años. Se me va la vida y no voy a alcanzar a desarrollar todas esas ideas”. 
No parece haber considerado jamás la idea de dejar de escribir, lo horroriza saber que algunos amigos de su generación fueran derrotados: “Quedaron aplastados, dejaron  de escribir”. Escuchándolo hablar sobre su oficio, se entiende que, incluso, si le dijeran que nadie va a leerlo, Rodríguez Espinosa seguiría escribiendo: La reforma, la mandé a México pero no encontró resonancia. Es una historia de verdad, ocurrió a finales del siglo XIX. Un día llegó a un pueblo una mula con la nueva Constitución. Es un enredo impresionante. Las mulas se enverracan y se toman el pueblo, porque los alcaldes no leían las Constituciones. Me divertí mucho escribiéndola”.
 “Tengo en camino, por lo menos, cinco novelas. Una de ella se llama  Las muertes secretas, que es la que está más avanzada. Es una historia sobre la violencia, pero enfoqué la cuestión desde el punto de vista de las guerras muy largas. Superamos a Irlanda en cuanto a guerras largas. Pero nadie se da cuenta del horror. Nos hemos habituado. Tenemos una concepción estadística del problema pero no nos preguntamos qué está pasando por dentro: Los suicidios, las muertes violentas, el horror que ha habido por siglos y seguirá habiendo. El derecho ha sido para mí como una ventana para asomarme a la realidad. Ahora, por ejemplo, cogen campesinos y dicen que son guerrilleros para cobrar la recompensa”.
Al final de la charla, Humberto Rodríguez Espinosa hace una visita guiada a su estudio. Allí está el escritorio, el estante con los libros que necesita a la mano. El manuscrito de  El laberinto no se ve por ningún lado, está en una caja, esperando el próximo trasteo.
 “Releo mucho. He avanzado poco en lo nuevo. Me apasiona lo que me gustó en otras épocas. Ahora estoy releyendo El cuarteto de Alejandría y Proust. Siempre cosas viejas. Soy muy dado a lo antiguo. Los autores de antes le pusieron oficio a su tarea. Virginia Wolf, por ejemplo, lo destroza a uno, queda uno temblando. Esa es la penetración que se debe tener en toda novela. A Onetti lo releo desde hace rato, desde antes de ser muy conocido. Las obras de Shakespeare también las releo todo el tiempo. Shakespeare es como la Biblia. Ahí está todo lo que tú quieras saber sobre el corazón humano. Hay cosas de Shakespeare que no entiendo, pero no me importa. Con eso tengo. Eso ya es bastante”.
Al final vuelve a su silla en la sala. Suspira con ese rostro apacible que hace tiempo aprendió a ocultar los vértigos que hay por dentro y dice: “No hay que darse por vencido nunca, jamás. El fuego sagrado, como dice Saramago, la esencia de uno es lo que está en juego”.
Y concluye, con un tono que sólo tienen los que alguna vez fueron desesperanzados, que ser padre y abuelo significa para él la esperanza de un nuevo comenzar, porque “la vida tiene que imponerse, a pesar del montón de barbaridades que hay”.

Marco Tulio Aguilera

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