Taller de cuento erótico

Bogotá 1998. En el Taller de Cuento Erótico de la Universidad del Rosario leemos fragmentos de La historia de O. Los hallo repulsivos y bruscos, fantasías literarias poco  agradables e incluso enfermizas, como las del Marqués de Sade. Luego leemos un cuento erótico mío, tengo una colección de inéditos que suman 135 páginas a los que les estoy buscando un destino digno, y les pido que comparen. Hallan que lo mío es más soportable, más verosímil, más erótico. Ese erotismo en el que las mujeres son aherrojadas, mancilladas, vendadas, violadas, resulta ser chocante. Sólo como juego es literaria la violencia, no cuando busca el placer de uno y el dolor de otra. El día ha sido atareado. No tuve tiempo de vestirme bien para ir al taller. Fui al Palacio de San Francisco en pantalones deportivos y tenis. No llegue a tiempo a la cita con el Decano de la Facultad de Filosofía. Tras cuatro horas de taller me siento exhausto y sólo quiero regresar al apartamento a descansar y a estar solo. A la salida me acompaña un licenciado en letras, dueño de una pizzería y me cuenta historias macabras. Un asesino decapita a un niño frente a la alcaldesa de un pueblo de Urabá. Un autobús es tomado por asalto por una banda; toda una noche los criminales se dedican a disfrutar del terror de los viajeros; al amanecer los individuos abandonan el bus en un paraje desolado: hombres, mujeres y niños violados, asesinados, asaltados, reducidos a la más absoluta nada. Colombia: entre los países más felices del mundo, anuncia una encuesta. A las doce de la noche ya voy por la Segunda Sinfonía de Beethoven: en cualquier momento este edificio puede estallar. De alguna forma el taller de cuento erótico ha resultado un fracaso. No logré que los asistentes escribieran, sí que se abrieran a hablar sobre el asunto. Tres jóvenes universitarias confesaron que tenían fantasías de violencia sexual, mientras que una poeta madura (premiada en Salzburgo y con cartas de admiración del ex presidente Belisario Betancur y volúmenes enteros en los que se detallan sus éxitos en el mundo entero, según informa) se mostró horrorizada por eso y dijo que la sexualidad de las mujeres que aprecian la violencia es una sexualidad subdesarrollada, que rinde culto al machismo. La poeta laureada es un espectáculo: viste primorosamente y siempre usa un sombrero estrafalario, como de reina de Inglaterra. Dice usarlo en todas las ocasiones en que está la literatura involucrada en su vida. Dice que a ella la admiran y la respetan los miserables de Colombia y los extranjeros, pero que los colombianos la desprecian, que en las recepciones diplomáticas los grandes caballeros dejan sus actividades para rodearla y hacerle la corte. La poeta de alto vuelo (poeta azafata la llamo) tiene su propio taller literario y demuestra con evidencias que está interesada en que todo el mundo reconozca su talento. Me entregó un mazo de fotocopias en las que se la ve hablando con personalidades del arte. En la sala de su casa hay un retrato de ella hecho por Guayasamín, firmado y con florida dedicatoria. La poeta dice que sus recitales en Europa han sido grandes, sólo comparables a los conciertos de Stauss, y que se han hecho con traductor simultáneo. Afirma que nadie la entiende en Colombia, que su sensualidad es muy grande, que su belleza hace perder el aliento a los hombres, que en una reunión de reinas de belleza la gente nunca mira a las reinas sino que la miran a ella.En el taller leí textos míos desde mis cuentos iniciales hasta los últimos en los que el erotismo es central y las mujeres llevan la voz cantante. Me percaté que de alguna forma los que escribí en el pasado son mejores que los actuales, lo que es preocupante. En general les gustaron mis textos y en algunos casos noté que los participantes estaban excitados, emocionados, conmovidos. Hubo largas sesiones de lectura y no apareció el aburrimiento. En otro taller, el de Isaías Peña, encontré a un público receptivo y entusiasta. Vendí muchos libros y me llené los bolsillos de dinero. Durante toda mi charla noté que un individuo tenía una expresión de profundo desprecio, el individuo parecía detestarme y no se ocupaba en ocultarlo. Súbitamente levantó la mano y sin esperar que le diera la palabra dijo que yo escribía para concursos, que yo era un mercenario, que había degradado la literatura a mercancía. Le dije que lo importante era si los textos resultaban convincentes o no, sin ocuparse de sus premios o de si el autor mostraba mucho interés por el dinero, tenía caspa o era un pervertido. Califiqué de hipócritas a muchos escritores que se dan baños de pureza y que juran jamás haber participado en un concurso o mandado sus manuscritos a una editorial. A mí me gusta el dinero, y lo digo abiertamente, como lo decía Dalí. Si le caigo mal a alguien no es problema mío. Le respondí agresivamente: lo que importa es si lo que uno escribe vale o no. Lo que haya en torno al texto, antes después o alrededor, es chisme. ¿Sabía él que Beethoven cobraba personalmente las entradas a sus conciertos, que Paganini puso su violín al servicio de un casino, que Donoso vendió sus libros personalmente, que García Márquez participó en varios concursos? No hay que exigirles a los escritores purezas, divinidades, actos grandiosos: los escritores son simples seres humanos. Y aparte de ello es más digno vivir de la literatura que de la mentira, de la apariencia, de la hipocresía, como hacen muchos escritores que venden su pluma a políticos o a causas torcidas. Cuando una pluma se pone al servicio de la supervivencia personal, de su familia, de la felicidad del escritor y de sus lectores, es una pluma digna. Fin.

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Marco Tulio Aguilera

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