Por compartir la opinión de Antonio Ortuño estoy reproduciendo este artículo aparecido en Letras Libres. Hace varios años envié una carta al FONCA expresando muchos de los argumentos que utiliza Ortuño... con lo que se demuestra que nada ha cambiado en este sistema de becas mexicano. Arriba el link con mi carta. A continuación el artículo de Ortuño.

http://mistercolombias.blogspot.mx/2010/12/contra-el-sistema-nacional-de-creadores.html

Fonca: mecenas rico de pueblo pobre
Son subsidios, estímulos o instrumentos de cooptación? Las becas del Fonca han beneficiado a miles de creadores. ¿La cultura nacional se ha beneficiado con ello? Antonio Ortuño, novelista y reportero, plantea estas y otras preguntas para entender un tema que desata pasiones encontradas.

¿Es una obligación del Estado otorgar apoyos económicos a los creadores de arte en un país, como México, en el que gran parte de la población sufre carencias materiales y en el que pareciera que existen asuntos que deberían atenderse con mayor prioridad? ¿O es, precisamente por ello, un deber estatal apuntalar con recursos a ciertos artistas destacados con necesidades pecuniarias (o pedagógicas) y ayudar, de paso, a que su trabajo pueda ser reconocido y apreciado por sus conciudadanos? ¿No es, acaso, una obligación gubernamental educar a la ciudadanía y fomentar las artes? ¿Recibir “estímulos” oficiales compromete a sus beneficiarios con un gobierno y sus acciones políticas y los convierte, de algún modo, en sus cómplices o al menos en una de sus caras “presentables”, o una cosa no tiene que ver con la otra y el apoyo es un derecho de los artistas en su calidad de ciudadanos? ¿Por qué hay creadores en México que parece que nacieron becados?

Las diferentes convocatorias que emite el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), mecanismo que forma parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), suelen ser motivo de controversia en el medio intelectual mexicano. Las opiniones que se vierten sobre su existencia y los pormenores de su operación suelen estar tajantemente enfrentadas. Para algunos, los apoyos del Fonca son directamente un esquema de cooptación a los intelectuales. Después de todo, los episodios de cooperación y sometimiento ante el Estado por parte de no pocos integrantes de la intelectualidad en México cuentan con robustos antecedentes desde tiempos de la guerra de Reforma, a lo largo del Porfiriato y el proceso revolucionario y durante los decenios de presidencias priistas en el siglo XX y panistas del XXI. Con respecto a la cultura, el Estado en México jamás dejó de jugar, para muchos, el rol del “ogro filantrópico” paciano. En palabras del escritor Paco Ignacio Taibo II: “La lógica del Estado mexicano es ofrecer para cooptar. El Estado tiene esa lógica castradora, todo lo que da lo cobra en favores.”1
Para otros, la iniciativa de apoyar con dinero federal a los creadores es apropiada pero queda sujeta a favoritismos que la desdibujan (y que suelen concentrar las polémicas específicas sobre el tema: se acusa a A o B, funcionarios o integrantes de los comités de selección, de favorecer a C o D, aspirantes, debido a que son sus amigos o sus pupilos o porque se les supone recomendados por personajes destacados de los “poderes fácticos”). Como reconoce el novelista Fernando del Paso, quien formó parte del Consejo Directivo de la institución: “Es inevitable que algunas personas que no lo merecen sean favorecidas.”2 O como establece el narrador Alberto Chimal, con humor, en su blog: “Hay numerosas historias de aspirantes y jueces corruptos, de apoyos que se dan a quienes no lo merecen, y muchas son, incluso, ciertas. Pero no recomiendo intentar sobornos, cohechos ni nada parecido: siempre existe la posibilidad de que el jurado que va a leer el proyecto de uno sea honesto...”3
En la otra esquina están quienes sostienen que el Fonca ha permitido la formación y difusión del trabajo de varias de las principales figuras intelectuales y creativas del país y con ello justifican su existencia. El Fondo, opina el crítico Christopher Domínguez, “no es una graciosa concesión del Estado, sino el resultado de una vieja demanda de la comunidad intelectual del país [...]. Para hablar solo de literatura [...] la inmensa mayoría de los escritores mexicanos de valor (desde los más jóvenes hasta los eméritos) hemos recibido, al menos en una ocasión, los apoyos”.4 Sin el Fondo y sus convocatorias, opina la escritora Carmen Leñero, “la pobreza espiritual del país sería evidente”.5 No falta, incluso, quien lo repute como un mecanismo que ofrece un refugio a los creadores frente la tiranía de los mercados del arte y los vaivenes del interés del público, como el ensayista y narrador Gabriel Wolfson: “Ser un creador del Fonca me permite escribir sin pensar en agradar a ningún editor ni agente. [Los estímulos] abren un pequeño espacio de investigación mayor para la escritura en un momento de autoridad mayúscula y sexy del mercado editorial.”6 No obstante, Wolfson matiza: “Las becas del Fonca, o el Fonca mismo, son problemáticos, sin duda, y hay que discutirlos.” El poeta Óscar de Pablo va más allá y en una columna para la revista Vice asienta: “Sin apoyo público al sustento de los creadores, el arte sería (aún más) monopolio de la clase ociosa. Las becas y premios a la creación artística son como los aumentos salariales y las prestaciones laborales: pueden ‘cooptar’ a algunos, pero sin ellos no sobreviviría ninguno.”7
Con ironía ambivalente, Edmundo Valadés escribió en 1994 en El Nacional: “Al Sistema [Nacional de Creadores] lo considero algo insólito en el mundo; aunque quizá haya existido algún indicio en la Rusia comunista...”

Descripción: http://www.letraslibres.com/sites/default/files/imagecache/revista-content/ortuno01-02-600pix.jpg
FONCA: mecenas rico de pueblo pobre 2

La historia
¿Cuándo y con qué fines aparecieron los “estímulos” del Fonca?
Su antecedente más directo fue una propuesta para la creación de un “Fondo de las artes” elaborada por el ensayista y poeta Gabriel Zaid, y presentada en la revistaPlural8 a mediados de los años setenta. La propuesta apareció como un desplegado firmado por numerosos intelectuales de la época (entre ellos Arreola, Benítez, Chumacero, Elizondo, Campos, García Ponce, Ibargüengoitia, Leñero, Monsiváis, Pacheco, Paz, Poniatowska, Pellicer, Revueltas, Rulfo, Usigli, el propio Zaid y varios más). En ella, se le planteaba al Estado la creación de una entidad autónoma que concentrara los presupuestos destinados a la promoción del arte de diferentes dependencias pero que, a la vez, no formara parte de la administración pública, siendo regida por una junta de gobierno de “notables”. Otro punto era la necesidad de descentralizar la vida cultural, por lo que se proponía que al menos la mitad del presupuesto se destinara a creadores de los estados. Finalmente, presentaba una serie de mecanismos para transparentar el uso de los recursos: “Todos los subsidios otorgados estarán sujetos a escrutinio público, a través de una lista donde se indicará quién recibe cuánto para hacer qué. También serán públicos los ingresos de la junta, los jurados, visitadores, el administrador y el personal administrativo.”
El texto era categórico al advertir: “Hemos sido testigos, en nuestra época, de la reaparición del prejuicio bárbaro que atribuye al Estado poderes especiales en el campo de la creación literaria; también hemos sido testigos de sus nefastos resultados, lo mismo en el campo del arte que en el de la moral: obras mediocres y literatos serviles. Esta observación es aplicable a las otras artes no verbales, como la música, la pintura, la escultura y la arquitectura.”
Casi quince años después, en 1989, el Conaculta fue creado mediante un decreto. No nació, como se propuso en aquel proyecto de los setenta, como un organismo autónomo sino como una estrategia de gobierno. Era el primer año de la presidencia de Carlos Salinas de Gortari y el Consejo fue presentado ante los medios como parte del paquete de reformas y medidas de “modernización” (apertura al comercio internacional, apoyos a la exportación, venta de paraestatales, renuncia, en suma, al papel central del Estado en la planeación y promoción económica) que, según su promotor, harían transitar al país del “nacionalismo revolucionario” hacia un modelo que bautizó como “liberalismo social” y que presentaba como “síntesis de la Reforma y la Revolución”.9 En su primer informe de gobierno, Salinas delineaba las finalidades de su proyecto cultural: “Se creó el Conaculta para impulsar la libertad de creación y difundir las manifestaciones culturales étnicas, populares y regionales. [También] se ha creado un sistema de becas y reconocimiento al talento artístico.” El Estado, pues, como “impulsor” de la libertad de creación. ¿Pero la libertad de un artista no se define, precisamente, ante el poder representado, antes que nadie, por el Estado?

Marco Tulio Aguilera

No hay comentarios:

Publicar un comentario