La doctora nariz de cotorra

El día que compartí portada con Angelina Jolie.
Ver bajo "Nostalgia izquierdista".
Libreta del 83.  7 de diciembre.  Lorena Beatriz: 22 años, menudita (“Tengo cuerpo de niña, siempre me he sentido humillada por el tamaño de mis senos, parecen picaduras de zancudos”), nariz corva, ojos saltones, boca hermosamente trazada, doble (sorprendente) papada, sabia en asuntos del cuerpo, inteligente, servicial, minuciosa (tendió la cama con profesionalismo de recamarera de hotel de cinco estrellas, lavó los platos, organizó la mesa casi con cariño,  se le olvidó ponerle sal al arroz y ello fue motivo de un verbal intento de suicidio), se plegó  con dulzura a cuanto, sin violencias, con poco convincente verbo (Fuimos hechos para el amor, para el gozo, todo lo demás es estupidez, le dije) este seductor quiso sugerirle. Al principio reacia (“No señor, a mí no me gustan las aventuras, soy persona seria”. (“A mí sí, le respondí, me gustaría hacer el amor con todas las mujeres del mundo”). Luego aquiescente hasta el punto de desnudarse sumariamente en el mismo momento de entrar a casa (“A eso vinimos, ¿no es cierto?, sabes que siempre llevo prisa”). Besó sin tregua y sin límites. Gozó o pareció gozar varias veces sin restricciones. La primera vez me dijo: Es que me da miedo que me duela, soy demasiado estrecha. No hay mujeres estrechas, dije, lo que luego intentaría probar, sino hombres torpes. ¡Oh sabio gurú Maracuyá! Domimos abrazados. Los ángulos de sus huesos se me clavaban  acerbamente y supongo que los míos le reciprocaban. Al amanecer ella misma buscó con sus manos diminutas un nuevo despertar del capullo. Una vez que el naranjo estuvo en flor ella misma cabalgó las llanuras floridas hasta lograr y suscitar el placer.  Gritamos juntos. Leímos a dúo el Cantar de los cantares. Mientras yo tocaba el violín y luego iba a correr al Cerro Macuiltépetl, ella pasaba a máquina partes médicos en los que se reportaba occisos con cráneos macerados y cuerpos abiertos en canal sobre la mesa de autopsias. En  El Norte  de Monterrey  me dedicaron una plana entera.  En  El Día  apareció una ditirámbica reseña del libro.   9 de diciembre.  Hoy añoró la noche anterior en que dormimos abrazados, bañados en sudor.  ¿Duermes siempre desnuda?, le pregunté. Sólo con calzones, dijo, y ése es uno de mis traumas, que tiemble la tierra y yo deba salir con mis pechitos de zancudo al aire. Y es que Lorena Beatriz, la doctora nariz de cotorro, está acostumbrada a los temblores. En Oaxaca dormimos mecidos por temblores, cuando la tierra se estremece mamá grita: quédense en la cama, que es un valsecito criollo. Dice que duerme abrazada a una enorme rata de peluche. Pesa 49 kilos y mide un metro 59 con tacones.  Aportaciones de la doctora al lenguaje: “hacer sinapsis”: faire l amour; “despertar a bartholdi”:  sacar de su sopor a mi lingan estimulando a mi angelito. Mi rendimiento en la minimaratón fue aceptable. De todos modos me ganó mi amigo Othón, el celebérrimo mesero del Café La Parroquia. Cambié mi rata por una rata más grande, dijo LB. Muy cansada porque se estaba cambiando de casa, la echaron de la anterior por trasnochadora. Esta noche iremos a cine. Dice que tras la película tomará una ritalina para estudiar Forense. Tengo que sacar diez para pasar.  Mirándola dormir me digo, Dios mío, qué fea es, pero qué fea. Sin embargo (me disculpo) me cae bien. Es tan frágil que si se levanta bruscamente de una silla se marea y tiene que volverse a sentar y respirar a fondo. Y sin embargo le pone entusiasmo de velocista al asunto fundamental. Tras la carrera pesé 80 kilos. Tuve 120 pulsaciones por minuto. El estadio estaba lleno. Al llegar no vi a la doctora LB (recuerdo que a la llegada de la anterior carrera me esperaba Bárbara Blaskowitz). Hablé con algunos amigos sobre las incidencias de la carrera: un atleta en silla de ruedas bajando velozmente por Las Américas y gritando en plena gloria, ¡paso, paso que no tengo frenos y no quiero tenerlos! Finalmente vi a LB con mi billetera y mis ateojos envueltos en una servilleta. Estaba preocupada, supongo por el resultado de su examen de Forense. Siempre duermo frente a una pared, dice, me da miedo dormir sola. Y es por eso que todas las noches sales a buscar con quien acostarte, dije. Me miró asombrada. Supongo que eso es una broma, dijo, porque si no lo es…  aquí mismo termina nuestra historia de amor. Era obvio que nunca había hecho sinapsis recibiendo el regalito por detrás. Por eso fue que cuando tomé su cuerpo ligero y lo obligué gentilmente a ponerse de espaldas, tuvo un movimiento de extrañeza.  Sin embargo no se opuso. Y cuando sintió que el visitante tocaba a su puerta de servicio más secreta, se acomodó para darle paso al caballero. Pero, ay,  el acomodo fue más bien un  pegar el rostro a la almohada con el cuerpo arqueado de forma antinatural. Siendo ella tan pequeña, yo tuve que arquearme también, de modo que mientras el visitante se amoldaba al recipiente, mi tronco y mi rostro estaban en coloquio no del todo agradable con la pared. Quise retirarme pero la doctora de la nariz de cotorro protestó: A dónde vas, villano, termina esta escena de las cavernas, que esta pitecantropa está que aúlla. ¿Te está gustando? Entrecortadamente, de forma ininteligible, dio a entender quer todos los síntomas anunciaban un orgasmo pernicioso y conminuta. Dicho y hecho. La novedad del asunto la excitó tanto que permaneció varios minutos mordiendo la almohada, respirando fuerte para reponerse.

Voluptuosidad

Agosto 17 de 2012. Cualquiera pensaría que a mi edad (62 años) debería tener mi lanza en astillero, como Alonso Quijano. No, niet y nein. Sigo como un sol en ebullición: permanentes explosiones nucleres.Ya daban las dos de la mañana y no podía dormir.  Visitaciones en los entresueños me dejaban incitaciones incompletas. El demonio de la concupiscencia no cesaba de molestarme con sus fuegos fatuos hasta que tuve que apagarlo con ayuda de una enjundiosa rubia que saqué del infierno, del ninfario, del harem de internet. Invariablemente, cuando tengo que recurrir a estos primeros auxilios orgánicos, al día siguiente me siento apagado, pero pronto me recupero. Hoy al despertar ya siento superada esa fugaz visita al infierno  al pensar que no soy sólo fragilidad frente a las fuerzas oscuras, sino que en mí habita otra entidad , una entidad superior que está escribiendo una larga tragedia en la que trato de cifrar la vida del artista, con sus miserias y esplendores. ¿Por qué me abandono a estas solitarias y míseras efusiones? Mi querida Anacoluta, a partir de lo que sucedió, ha perdido el gusto por los pequeños paraísos de la sensualidad y yo respeto las decisiones de su cuerpo. Ya no es la Afrodita que conocí y disfruté en los primeros años, ahora es la simpática Anafrodita que se ocupa de otras actividades. Dice Giovani Papini: “La tentación a Jesús en el Huerto de lso Olivos es, según los evangelistas,  como una vela de armas antes de lanzarse a la conquista de las almas”.


Regreso a la doctora nariz de cotorro, mi doctorcita Lorena Beatriz (¿Beatrice?): llamó por teléfono. Informó haber estudiado toda la noche gracias al café y a las ritalinas. Dijo que al amanecer llegó a su casa a dormir pero que no pudo a causa de ruido de los autos bajando la cuesta de Sebastián Camacho. 15 de diciembre de 1983 (dos años antes de la llegada a Anacoluta a mi vida). Terminando el año a tambor batiente. Recogiendo fuerzas para retornar a  La otra mujer  o  La vuelta al mundo en ochenta mujeres.  Mi único gasto de aguinaldo: 3500 pesos en cassettes de Paganini, Bach, Vivaldi, Mozart, Rossini, Haendel. Hoy noche con neblina densa me obligó liberar a (no entiendo lo escrito en la libreta). Puse el Concierto para violín número 1 de Paganini y estuve bailando frenéticamente: pasos elegantes, giros, saltos, demi plies, estiramientos, recuerdos de mi paso fugaz por la Academia de Yocasta. Fui esbelto ninfo y  bacante poseído y delirante altazor, volé de la cocina a mi habitación y de allí a la sala, desfallecí de amor y de pena estirando mis músculos al máximo y luego me dejé poseer por el demonio del violín (de nuevo: sin consideración por los vecinos).  16 de diciembre.  Me levanto para el último día de trabajo del 83 como una bestia luminosa. Me baño, me afeito (¡me afeito!,  ¿estaré enfermo?), desayuno, suena la Sinfonía Concertante de Mozart. Todo bien. Hasta un pequeño amor (a esta hora la doctora nariz de cotorro ya debe estar terminando su examen y estara iniciando el proceso, la ceremonia sagrada, de dormir varias noches de ritalina. Loquilla. En La Parroquia conocí a un loquito que dice llamarse Ramacharaca: usa turbante y siete perfumes. Me invitó a comer hongos. Acepté. Fuimos al Teatro del Estado.  Durante la Obertura de La Flauta Mágica vi que el director de la sinfónica escribía con su batuta en el aire un texto que los ejecutantes iban leyendo. Me di cuenta que era cierto porque en el instante en que giró la batuta y puso un punto final en el aire todos callaron. Respiré a fondo. Me sentía poderoso. Durante la Sinfonía de Mozart no sé cuántos en Sol Mayor se me ocurrió que podría subir al escenario y decirle al primer violín quítate de ahí, que ahora me toca a mí. No lo hice.  Luego salió la crotalista Sonia Amelio, la que hizo exclamar a un célebre director de orquesta  ¡es la nueva Isadora Duncan! Interpretó con las castañuelas, vestida de Estatua de la Libertad,  Las damas del buen humor. Sus brazos y su torso eran prodigios de armonía, aspas de molinos de viento. Cuando terminó la interpretación Ramacharaca se puso de pie y aplaudiendo y pataleando como un orangután grito jueputa, jueputa, que sopa de esencias, chinga su madre, esa Sonia se fornica en las esencialidades de las malparidas musas.Y así siguió durante todo el concierto diciendo en voz baja sus ocurrencias: que no existen los feos,  que qué tal que volara un buitre sobre el escenario, que la Sonia Amelio debía tener un tremendo control de esfínteres, que el ojo es el que le pone la belleza a las cosas, que esa noche estaba dispuesto a pecar con hombre mujer o bestia. Cuando terminó la sinfonía de Mendelsson dijo:

Marco Tulio Aguilera

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