Erotikon frenáptero

La Universidad de Antioquia publicó, hace ya bastantes años, una antología hecha por su autoantólogo autor, de los que considera sus mejores cuentos, en los que el erotismo es tema dominante. También publicó un prólogo, escrito por el mismo personaje, a quien veo con frecuencia en el espejo. Rescato el texto del abismo de mi disco duro.
Prólogo al libro Erotikon frenáptero
No hay misterio alguno. La literatura está ligada a la vida de los escritores mucho más de lo que la mayoría de ellos quisieran admitir. Cada cuento, cada fragmento de novela, son trozos de memoria y corresponden a épocas de la vida bien determinadas. Hablan de los intereses y de la situación que  prevalecían  en los tiempos de su concepción. Es por ello que me permito —incurriendo en el inefable placer de hablar de mí mismo, como lo hizo también Ortega y Gasset, autor de la afortunada y certera frase— hacer unas anotaciones sobre cada uno de los textos que incluyo en esta antología personal —un absurdo  ab absurdum: las antologías deben ser hechas por lectores o estudiosos, no por sus propios autores, pero bueno ... errare humanum est y como decía san Pablo: “Bendito sea Dios que hoy sólo me he contradicho catorce veces”.  Es cierto: no existe nada que no se pueda justificar por medio de citas propicias. Tal vez ésa sea la más fecunda de las utilidades que pueda terner lo que se ha llamado cultura general, un baúl de sastre, que sirve para arreglar cualquier prenda espiritual.
“Historia de un orificio” (1970) es el primer cuento que fue publicado a nivel nacional, y que me diera conciencia de que era o quería ser escritor y no otra cosa —maratonista, violinista, basquetbolista o filósofo, que fueron mis primeras aspiraciones—. Lo escribí en Cali, durante mi época de estudiante de filosofía y participante en el taller literario de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Recuerdo que inicié su redacción tras la lectura de un texto teórico de Edgar Allan Poe (creo que fue “Filosofía de la composición”). Este cuento quise escribirlo mediante un método científico Apareció en el Magazín Dominical de El Espectador, luego en Cuentos para después de hacer el amor, cuya primera edición fuera hecha por La Oveja Negra, en la Biblioteca de Literatura Colombiana. “La piel más tersa” (1978) resultó de una mezcla bastante extraña: el ambiente de club nocturo —humo, música escandalosa, desnudistas sofisticadas— y los sacrificios humanos que practicaron los antiguos mexicanos. Es un cuento con alta carga erótica y gracias a él perdí mi primer trabajo en la ciudad de Xalapa. Eso sería en 1983. Resulta que en aquel tiempo yo era guionista, voz, efectos de sonido y productor de un programa en Radio Universidad Veracruzana, al que llamé como mi primer libro de cuentos, Alquimia popular. Eran dramatizaciones de cuentos famosos. Como por entonces ya me sentía famoso —desde mi primer texto me he sentido genial, y ello me ha impulsado a estar a la altura de la opinión que tengo de mí mismo—, decidí incluir mi cuento en la serie radiofónica (en ese tiempo bajo el título de “Las cuatro doncellas y el guerrero florido”). En la narración cuatro vedetes, deciden sacrificar a su administrador sacándole el corazón después de haberle dado una dosis grande de placer. A este cuento le debo mi llegada a Xalapa y la pérdida de  mi primer trabajo. Para escribirlo leí todo lo que hallé sobre sacrificios humanos y me documenté en las realidades no siempre alegres de los centros nocturnos. El cuento, en su versión original, titulada “La piel más tersa”, lo envié al Concurso de La Palabra y el Hombre, allí fue premiado, junto con un cuento de Sergio Pitol, y en la fiesta de entrega de premios, el señor rector, se puso una borrachera generosa y a instancias de los jurados del concurso, me invitó a trabajar en la Universidad Veracruzana. De modo que salí de Xalapa, con rumbo a Monterrey —donde trabajaba como coordinador de talleres literarios y esclavo de la Facultad de Traducción de la Universidad de Nuevo León— armado con dinero y envalentonado con la decisión de vender todas mis propiedades, liquidar un asunto de amor que ya llevaba varios años, meter mis cuatro chivas en en volkswagen Alimaña II —yo era Alimaña I por decisión de mis estudiantes—y venirme a Xalapa a recomenzar mi vida. Hoy cumplo 22 años de ese viaje y de esa decisión. No me arrepiento de ella. Para cerrar este capítulo diré que el rector no cumplió su promesa de darme trabajo y tuve que buscar por mi cuenta. Comencé a dramatizar cuentos para Radio Universidad y recibí un sueldo de lujo ... hasta que decidí poner a suspirar a cuatro actrices frente a un micrófono. El rector y el director de Radio escucharon el programa. Y nunca más volví a recibir mis sueldos de lujo. Entonces apareció el escritor Sergio Galindo y me salvó de la miseria: comencé a ser corrector de la Editorial de Universidad Veracruzana. Y aquí sigo: 22 años después, ya no en el cargo de corrector sino en el de investigador universitario, lo que en México quiere decir buen sueldo y todos los privilegios.
            “Olor a cuero” nació de la lectura de una noticia periodística en la que se daba cuenta de la violación de una actriz brasileña. En Cuentos para antes de hacer el amor (Plaza y Janés, 1995) apareció bajo el nombre de “Vida de artista”. Mi imaginación le puso carne y circunstancia al esquema.
            “El llamado de la bestia” también apareció en el libro antecitado, y fue convertido en obra de teatro por el Grupo Matacandela de Medellín. Muchos años después sigo aplaudiendo a ese grupo de próceres de las tablas. Ellos utilizaron el título de “Viaje compartido” e hicieron una fusión entre mi obra y una de Andrés Caicedo, de quien leí su Viva la música en manuscrito, acostado en un patio de cemento en una casa sin un sólo mueble, que rentaba en el barrio San Antonio.
            “Arrepiéntete pecador” explora los límites entre el amor y la insaciabilidad —tema que me seguiría interesando durante muchos años y que desarrollaría en mi serie novelística El libro de la vida, de la que sólo se ha publicado en Colombia la primera novela, Buenabestia. En México, en el 2002 aparecerán los volúmenes II y III: La hermosa vida y La pequeña maestra de violín.
            Escenas de la vida conyugal es un relato en tres actos, y fue publicada en el libro Juegos de la imaginación, por la Universidad de Puebla. Toco allí temas delicadísimos concernientes al matrimonio, a la rutina, a la ruptura de la rutina, a la pornografía y el cristianismo.
            La noche de Aquiles y Virgen, que pretendía ser un cuento naturalista, erótico y pornográfico, en el que se relata una noche de amor de dos personajes que se pretenden artistas del sexo, resultó ser humorístico y de alguna forma tierno. En la última línea el cuento, se vuelve, doméstico. Es un cuento que ha gustado a muchas personas, a pesar de ser algo brusco.
            Juegos de la imaginación explora los intríngulis de la represión y el amor, de la fidelidad y el sentido de la aventura, de lo que sucedería si dos personas desconocidas que se encuentran fortuitamente se atrevieran a vivir sus fantasías. Es un texto simpático, que pasó una prueba difícil: la de ser leído en inglés por su tartamudeante autor, traduciéndolo directamente del español, ante un auditorio internacional en la Universidad de Indiana en Pensylvania.
            La historia completa de Ranita es una de las aventuras del Doctor Amóribus, personaje de mi novela Buenabestia. Ranita fue recordada con tanta frecuencia por los lectores de la novela, que decidí sacarla del volumen y dejarla vivir independientemente en un relato.
            La historia de Sally Random corresponde a mis investigaciones en el campo de la afectividad femenina. Estas investigaciones fueron llevadas a cabo en el Centro Banff para las Artes, de Alberta, Canadá, donde me obsequiaron la felicidad absoluta de dos meses de soledad en una cabaña en medio del bosque. Sally —que era mesera en la cafetería de la Unidad Residencial— encontró en mí a La Gran Oreja  que toda mujer aficionada al amor anda buscando. Sally estudió español con el objetivo específico de leer la historia de sus indagaciones amatorias en un libro.
            Aunque todos estos cuentos hay una dosis de erotismo, de juego de los cuerpos y los espíritus, no considero que éstos sean cuentos eróticos, sino simplemente cuentos. Lo que me importa no es la exaltación de los sentidos y el aturdimiento, sino el disfrute y la comprensión —oscura, como debe ser— del velo que separa al amor del erotismo, al erotismo de la pornografía, a la pornografía de la estupidez. Me interesa el placer como tema y como forma. Quiero que mis cuentos se lean con intensidad, que no haya vacíos de sentido o de retórica en ellos, que sean pura esencia. Acepto que estoy atrapado en el tema y que pocas veces escapo de él. Como Borges y como tantos otros, parece que siempre estoy escribiendo el mismo cuento. El arte estriba en que los lectores, a pesar de saberlo, sigan queriendo leer lo que escribo. A fin de cuentas cuando uno va a la cama con una mujer —lamento que las mujeres sean el límite de mis opciones amatorias; de otro modo mi espectro de experiencias sería mayor y en mis cuentos se hallaría más variedad— también sabe lo que va a hacer. El arte está en la forma y sus variaciones.
            Queda por aclarar un tema relativamente brusco. Cada vez que me someto al juicio público de mis lectores —yo no le tengo miedo al público, no soy tímido ni sufro por la idea de que mi intimidad pueda a ser invadida— no falta la persona que pregunte qué opina mi cónyuga de lo que yo escribo. Generalmente respondo de la siguiente manera: “Cuando accedí a ceder mi mano en matrimonio, le dije a mi futura administradora: ‘Querida, debes saber que éste es mi segundo matrimonio. El primero fue con la literatura’”. Y si mi esposa quiere ejercer juicios mortales sobre lo que yo escribo, le vierto cariñosamente al oído las siguientes palabras: “Si quieres tener la fiesta en paz, no te metas con lo que escribo, no le rasques ni emprendas imaginaciones. Puedes ponerme a lavar platos o a pelar cebollas, puedes pedirme el cheque quincenal o poner a la entrada de casa un reloj checador ... pero no vayas a juzgar desde el punto de vista moral lo que yo escribo. Acepto críticas formales, elogios o vituperios, nunca reproches”.   
¿De dónde salen todas estas historias? Si no de las experiencias personales —en muchas ocasiones limitadas por cierta prudencia antiliteraria—, sí de la curiosidad del autor, y de su capacidad de diálogo con mujeres que habitualmente están dispuestas a hablar, siempre que sepan que su anonimato será guardado. Las mejores situaciones para las confidencias son los encuentros fugaces entre personas que suponen no se volverán a encontrar jamás. Recuerdo que en un avión rumbo a Colombia una señora extremadamente ejecutiva y bella me contó casi a quemarropa la historia detallada de  su primera infidelidad con su instructor de aeróbicos. También recuerdo que mis compañeras de oficina en la Editorial de la Universidad Veracruzana accedieron a contar sus más  recónditos secretos y placeres con tal de aparecer en las páginas de Playboy, revista donde acostumbraba escribir hace varios años.
            Ahora trataré de aclarar una vieja relación que en mi cerebro se ha establecido entre la literatura — particularmente, el cuento— y el erotismo. La literatura y el erotismo son fuentes de goce, de placer y de satisfacción, tres palabras que parecen designar las mismas sensaciones pero que tal vez no lo hagan. En el juego erótico el placer se halla no precisamente en el desfogue apresurado, sino en la tensión contenida, que retrasa la liberación de energía. Así es la literatura, una especie de juego que le propone el escritor al lector: Amigo, te reto a que te acerques a mí (a mi texto), te reto a que lo disfrutes, lo descifres, lo asimiles, lo compartas. Un buen escritor tiene que ser un buen amante, si no lo es, nuestro lector simplemente cerrará la puerta del libro y se irá a gozar con otro, que le ofrezca más dones. El escritor tiene que dar sensaciones nuevas, atractivas, peligrosas, alejarse de lo convencional o tratarlo de tal forma que esta convencionalidad se vea iluminada por una nueva luz.
            Una nota final: mi amiugo Gustavo Álvarez me dijo en cierta oportunidad que lo que yo escribo —esas cosas de amor, erotismo, esas historias de encuentos y desencuentos, las descripciones minuciosas del espíritu femenino, los vericuetos de las relaciones— no le interesan a Colombia, dijo que hay cosas más urgentes. Me atrevo a disentir: todo lo que contribuya a quitar de Colombia esa obsesión por la muerte, que es un hecho cotidiano y despiadado en nuestro país (aclaro que sigo siendo colombiano y que esta colombianidad tercxa después de casi 30 años de estar en el exterior es un acto de fe) puede contribuir a que algo cambie en ese espíritu colectivo. Vivir una gran pasión es una forma de derrotar a la muerte. Ojalá que cada uno de mis cuentos constituya una gran pasión para mis lectores.
                        Xalapa, 12 de Diciembre de 2001

Marco Tulio Aguilera

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