Voluptuosidad. Thomas Mann

Pero antes noticias sobre el Concurso de Cuento Sergio Pitol en la FILU
http://www.uv.mx/filu/noticias/ganadores-del-premio-nacional-al-estudiante-universitario/
20 de febrero de 1980. Hay en mi lectura de Doctor Faustus una especie de dolorido sentimiento del deber: la idea de estar leyendo una obra grande, importante, de más de mil páginas densas, llenas de elucubraciones metafísicas y de todo tipo. Una obra como quisiera que fueran las mías (todas mis obras). Sin embargo (la de Mann) es muy diferente a lo que yo en general he escrito: el protagonista de Mann tiene ideas elevadas, ideales, si se quiere, muy espirituales, muy germánicos, distintos y quizás superiores a mis “ideales”, que pareciera me impulsan a buscar en las mujeres más sus cuerpos (el vórtice infernal de la voluptuosidad) que sus espíritus. 
En cierta medida me causa repulsión un espíritu tan puro, tan impoluto, como el del protagonista Leverkhun, un espíritu tan distinto al mío, que es carnal y terrestre a veces hasta el hartazgo. Hallo sin embargo una disculpa o una justificación en esta frase de Mann: "Un matiz de amor aparece en cuanto el instinto lleva un rostro humano, aunque sea el más anónimo, el más despreciable". Y es aquí donde encuentro una esquina de justificación: en mi búsqueda y hallazgo de cuerpos, de la sucesión de cuerpos femeninos que transitaron por mi vida, yo espiaba la aparición del espíritu, de eso que hace que una persona diferencie a una criatura en particular, de la sucesión de seres que pasan frente a los ojos, por la ventana de la vida. Atisbando por la ventanita del túnel de Sábato he pasado mi vida a la espera de que haya alguien con quien me pueda comunicar, llámese alma gemela o simplemente compañera de viaje… que encontré, no dudo, en LL, mi Beatriz, la que me hundió y me sacó del infierno. (Me falta hablar de mi novela más sufriente, oscura, terrible: El sentido de la melancolía).
En la página 13 escribo: Me cuesta trabajo conciliar el sueño. El fuego interno sigue bullendo por horas y horas. No importa que haya desplegado una actividad de maniático: ir a la oficina, corregir galeras, comer frugalmente, ir a jugar básquet, leer, escribir a máquina, ver televisión, ir al concierto, donde más que escuchar  fui a ver a Adriana X interpretar el Réquiem de Mozart: el cuello delicado sustentado una cabeza de diosa eleática con un rostro perfecto que reflejaba la música celestial de Mozart en su último momento, su cuerpo danzando en casi inmovilidad con una gracia impresionante. Ir a cenar a La Tavola, regresar a casa, leer, tenderme en la oscuridad, aguardar con gran regocijo y una gran certeza el instante en que las tinieblas den paso a las imágenes. Esperar que de la oscuridad, a partir de una chispa, se abra la grieta que me permita acceder a ese mundo nocturno. Sentir que todo en la vida tiende  a una ignota armonía que quizás se asemeje a la muerte. Todo es una búsqueda imposible de paz, me digo. La paz es armonía con el mundo. Pero el  mundo es lucha. El sonido más insignificante me retorna al otro mundo, a ese que está afuera, a ese mundo que no soy yo y que por lo tanto es la guerra. La guerra y la paz: eso es la vida. Imposibilidad de conciliación. Y sin embargo…

Marco Tulio Aguilera

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