Vila-Matas y mi novela en proceso, Sin máscara frente al espejo


Hoy 13 de octubre de 2012, a las 6: 49 de la tarde terminé, con enorme alivio, la lectura de El mal de Montano de Vila-Matas, el insufrible. Más allá de las sensaciones y razonamientos que me produjo durante varios días el libro (la novela, más bien: una especie de itinerario de lecturas, plagado de citas textuales, en general subrayables) poco me queda: el libro podría reducirse a la siguiente frase: la historia de la humanidad es el relato hecho carne del gradual extinguirse del espíritu. Un Hegel al revés. Entendí: 1, que Vila-Matas anticipó mi proyecto de Sin máscara frente al espejo 2, que uno escribe para escribir y que eso es lo único que a uno como escritor le importa 3, que el matrimonio es un yugo y una cadena de la cual el escritor trata de escapar toda la vida 4, que en realidad uno siempre termina escribiendo un diario 5, que uno, si quiere ser un escritor, y serlo a fondo, sin piedad y sin aliento, no tiene otra alternativa que ser la medida de todas las cosas 6, y que si no lo fuera, se dedicaría a otro oficio. Y a otra cosa. Entrevista a mi amigo el novelista Tomás González: me entero que vive lejos del mundo, aislado, cerca del pueblo de Cachipay, al lado de un torrente de agua salvaje y cristalina, con tres perros, varios gatos y gansos, que su mujer, Dora, ya no vive con él, que Tomás ahora tiene por compañera a una campesina muy morena y muy paciente, que a dos de sus hermanos los asesinaron, que tiene gran éxito literario (El nuevo García Márquez, se titula, con muy poca originalidad, la entrevista en la revista El Gatopardo) y que sus novelas las han traducido a varios idiomas, me entero también que no quiere ver a nadie y que se ha armado de una filosofía de vida que le permite comprender con una sonrisa oriental la muerte, al violencia, la desgracia de vivir en un país como Colombia, donde suceden a diario las cosas más atroces. Hoy vi en la calle la siguiente escena: una mujer estuvo a punto de atropellar a un muchacho que atravesaba una avenida con aire soñador; la mujer se bajó de su brillante camioneta de esposa de nuevo rico, se plantó frente al muchacho y comenzó a proferir los insultos más atroces; el muchacho le recetó un puñetazo en plena jeta, que la dejó sentada en el arroyo; los que asistimos a la escena no quisimos intervenir: el muchacho se alejó caminando tranquilamente: poco faltó para que le aplaudiéramos. Hay en el anterior párrafo una especie de espíritu que me gustaría fuera el estribillo, leit motiv o razón o guía de ruta de todo lo que estoy escribiendo: pasar de un tema a otro, de una escena a otra, de un razonamiento a otro, sin transición: movido apenas por la contigüidad de las caprichosas descargas eléctricas que recorren mis redes neuronales.
"Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo" Sigmund Freud

Anoche vino a casa Alejandro Hermosilla, un español alucinado por México, abominador de su patria, practicante de los ritos sagrados de los antiguos mexicas, discípulo de una sanadora, Lupita, con la que consulta cada mañana los movimientos del día: Lupe, voy a visitar a un escritor colombiano pero no sé si me convenga, es un hombre muy agresivo, me parece peligroso, la gente le tiene miedo, dicen que el que le da la mano se mancha, Lupita, ¿crees que me convenga visitar a ese hombre? Lupita le respondió (luego Hermosillo me lo contaría): Ve con ese hombre, vas a aprender mucho, no creas lo que dicen de él, el colombiano es un maestro iniciático encubierto, muy encubierto. De modo que con la bendición de Lupita vino Hermosilla a casa. Ojos claros, anticuado peinado de medio lado, mucha grasa en el pelo,  ropa más bien barata, se trata (concluí) de un tipo semejante a MT: de los que no son capaces de callar lo que piensan. Ya había leído varios libros míos, ya había escrito un  largo ensayo sobre mi  Historia de todas las cosas en el que básicamente sostenía la idea de que a partir de la publicación de mi obra habría que reescribir la historia de la literatura hispanoamericana. El objetivo de Hermosilla era hacerme una entrevista (bien hecha, con conocimiento del tema, había advertido) para El coloquio de los perros.  La hizo. Una entrevista más bien convencional, demasiado distante y respetuosa. Lo interesante de su visita no fue la entrevista, ni el hecho de que se mostrara bien informado sobre mi obra y mi vida (hasta sacó a colación el asunto de la presunta violación) sino la casi increíble circunstancia de que en el término de  un par de meses no sólo se había leído cuatro o cinco libros míos sino 950 páginas de  Sin máscara frente al espejo (¡en pantalla!), de la cual hizo una serie de observaciones que me parecen bastante coherentes e incluso muy útiles para cuando me siente (el 1 de febrero del 2013) a corregirla, cortarla, recortarla, editarla, hallarle una estructura y, en síntesis, dejarla lista para su publicación: Dijo: 1. Me interesa fundamentalmente la relación del autor con otros escritores: me gusta la mala leche frente a unos, la nobleza frente a otros, los análisis íntimos de tus lecturas, 2, Me interesa la narración de tus aventuras como escritor, tus triunfos, pero sobre todo la descripción de las pequeñas miserias, las mezquindades, a las que se ve sometido Mistercolombias, 3, Me desagradan las historias de amor, me parece que te excedes en la exhibición de intimidades, 4, La presencia de la esposa como ancla, como presencia terrestre, como contrapeso a los sueños de gloria, me gusta, 5 Detesto cuando súbitamente metes artículos completos, que rompen la dinámica de la narración. 

Marco Tulio Aguilera

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