La poeta pantera

Foto de la portada de Newsweek en la que se anuncia
"Historia de todas las cosas, la nueva gran novela latinoamericana
(arriba a la izquierda)

El 14 de enero de 1982 hubo una reunión familiar en Cali. Allí volví a ver a Rolanda, la poeta erótica, con la que había hecho el amor hacía varios años. Tuve que empeñar el primer reloj Orient de mi vida. Nos habíamos emborrachado en una fiesta. Nos vimos en la Calle Quinta bajo un farol y decidimos darle gusto al cuerpo y celebrar nuestra amistad.  Nos metimos a un hotelucho de anuncio desteñido y habitaciones leprosas y al salir tuvimos que escaparnos del recepcionista. Abandoné mi reloj y dejé un mensaje: “Mañana paso a rescatar mi reloj”. Nunca volví por el reloj. La noche de la reunión en casa de mis hermanos le dije a Rolanda: quiero pasar esta noche, la última en Cali, contigo, porque posiblemente no nos volvamos a ver en muchos años. No me interesa, dijo la poeta con frialdad y salió acompañada por dos amigos. Sergio, sabio en asuntos de mujeres, comentó: No se preocupe, hermano, que ella va a regresar en media hora. Y así fue. Regresó y fuimos a  la Alameda. Allí, bajo las estrellas, volvimos a visitar el palacio un par de veces, pero fue algo difícil. Ella estaba cansada, aletargada, con aliento alcohólico. Yo hice todo lo posible para animarla pero ella seguía inmóvil. Me senté frente a ella con mis piernas a lado y lado de su cintura, la trabajé con el dedo del corazón mientras hablábamos. Le veía el rostro de color canela brillante a la luz de la luna y súbitamente se me pareció tanto su al rostro de su hermano, también poeta,  que a veces sentía estar magreando a Bardo Triste (así lo llamaban).
 --Me parece una situación extraña –dijo.
--¿Por qué?
--Estás frente a mí, mirándome y me acaricias; al mismo tiempo tienes la quijada apoyada en tu mano.
            --¿Como si estuviera haciendo un trabajo aburridor?
            --Exactamente.
            Me habló de su primer orgasmo, obtenido gracias a las caricias que se prodigaba con su prima a los doce años, me habló de los encuentros con el profesor de su esposo, me habló de un francés que la llevó a París, allí la sometió a ciertos placeres culposos y apresurados y luego le pagó el boleto de regreso a Cali. Finalmente me habló de sus encierros con un amigo de infancia.
--Haciendo cuentas a ti te toca el número cinco en mi lista, dijo.
            A las seis de la mañana la llevé a su casa. Entró de puntitas para no despertar a su esposo. Regresé al Barrio Alameda. Comí sobrebarriga en el restaurante Apolo y me fui a dormir.
            Qué corto es el amor, dijo Rolanda después del primer encuentro, antes yo creía que el amor, un acto de amor, duraba toda la noche y que era una batalla de la que se tardaba uno por lo menos dos días para recuperarse.

Marco Tulio Aguilera

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