La crueldad del nadador metido a jurado de premio literario


22 de julio de 2012. A mi izquierda, en una espacio libre de mi estudio (tercer piso, soledad y silencio absolutos, al frente colgando de un clavo mi violín apolillado, los diplomas de mis premios favoritos, la cartelera con mis papeles recordadorios, la televisión pantalla plana, el ventilador, libros en todas las paredes) hay una pila con  56 manuscritos desechados de novelas del concurso José Eustasio Rivera (en sus portadillas he escrito:  crueldad inaudita, partes mal cosidas, flojo, errático, estilo torpe y con retóricas retorcidas, niño de ocho años mata a su padre mientras éste cabalgaba a su madre, ciencia ficción elemental, ágil, interesante pero cursi y torpe, costumbrista, adjetivación alambicada "lo miró absorto y  estupefaciente”)  chispeante diálogo intrascendente,  pobre, muy mal escrito, no tiene una puta idea de cómo se usan los signos de puntuación, vulgar y discursivo, palabrería en dos tomos (550 páginas), mensajista, turístico, cuenta la violación de una prima en un parque de Bogotá, impreso con un lujo casi ofensivo pero escrito con las patas, prosa escabrosa, cursilería poética femenina, chilena: sobre galanes juniors,  flojo,  sobre un inadaptado, sacerdote guapo que tienta a monjas lujuriosas, recreación de la Ilíada en 600 páginas: escrita como fábula infantil, vida universitaria en Colombia: huelgas, pedreas, Marx, etc., mal escrito, insustancial, secuestro en Bogotá. Y en una caja, al lado de la cama, las quince novelas sobrevivientes, algunas prometen lecturas muy agradables, otras están escritas con fineza, hay una con umpecable estilo del siglo XVII, hay una (breve) que parece escrita por mi amigo Daniel Ferreira, hay una novela negra escrita por un argentino. Hace dos días recibí cinco (onerosas, escribiría Borges) cajas que fueron traídas por UPS desde Neiva, Colombia, tuve que pagar 448 dólares de derechos aduanales. Espero que los organizadores del concurso me regresen el dinero. Todo (a excepción del básquet y la natación) lo he suspendido para leer: he leído por lo menos tres capítulos de 71 novelas en dos días. Es una actividad agradable y apasionante. Cada vez que desecho una novela (arrojándola a un lado sobre una caja con un aire de diva hastiada del asedio de los caballeros de frac) me siento como un cruel y sonriente verdugo que goza viendo escurrir la sangre de los cuellos nítridamente cortados de tantos escritores (aspirantes a escritores, aclaro): imaginar que alguien gaste cinco años de su vida para terminar un mamotreto de 500 páginas y después un escritor (viejo, curtido, despiadado como yo) lea las primeras páginas y luego, ¡paf!, a  la vil basura. ¡Bien merecido lo tenían por pretenciosos!  ¡Cómo se atrevieron a  aspirar a 20 000 dólares sin haber siquiera aprendido a usar las herramientas básicas: ¡a la basura! ¡Vaya insolencia e ingenuidad! 

Marco Tulio Aguilera

2 comentarios:

  1. ¡¡¡súper!!! En algunas ocasiones la crueldad es necesaria, y más para aquellos que se autodenominan novelistas.

    ResponderEliminar