Diario del jurado de un concurso de novela



Agosto 2012. Si mi ama no me invita a ir a caminar al Macuiltépetl me hubiera quedado en mi cuatro tendido en la cama boca abajo, boca arriba, de lado, sentado en mi sillón posturopédico con  las patas sobre el escritorio, leyendo las tres novelas que siguen vivas, de las 71 que me mandaron de Colombia. De todas las novelas leí tres capítulos. Miento: a algunas las tiré a la basura tras leer dos páginas. A medida que me sentía seguro de su mala calidad, cursilería, insoportable retórica, pedantería, vulgaridad, carácter convencional, sosería, erudición exhibicionista o simple insulsez, las iba pasando de una caja a otra. Sentía un placer casi morboso al tirar hermosos volúmenes de casi 400 páginas, empastados en piel, con temáticas dignas de Corín Tellado, o al arrojar lejos folletines de historias en las que aparecían maletas con trozos de cuerpos humanos, o noticias de secuestros o de asesinatos atroces o retratos de villanos caricaturescos. Ayer mismo deseché la novela de un español ñoño y la de un argentino que lucía ostentosamente su lunfardo y sus ancestros europeos, y también la novela de un pícaro colombiano que se hacía pasar por un argentino simpático.
            Llegaron cinco cajas de diez kilos cada una hace cuatro días, tuve que pagar 440 dólares por asuntos de aduana. Ahora las novelas desechadas forman dos pilas de metro y medio de alta cada una y he pensado poner una tabla sobre ellas y fabricar un librero. Hace un calor del carajo y tengo el ventilador grande a todo volumen. Ayer fui al básquet después de 20 días de vacaciones. Jugué al inicio torpemente y luego comencé a encestar hasta convertir el 60 por ciento de las anotaciones de mi equipo. No jugué muy fuerte y sin embargo todo el día de hoy estuve caminando como hembra recién parida. También he ido a nadar. Mis tiempos se han deteriorado con repecto a las competencias de Aquabel Veracruz del año pasado. En este momento me quedan sólo tres novelas vivas: la de una argentina sofisticada que cuenta la pérdida de su paraíso personal por culpa de los militares, la de una especie de extranjero muy a lo Camus, que se ve involucrado en asunto de narcos, con desmembamientos y pozos de ácidos hirvientes en los que se lanzan los trozos humanos y la de de un joven escritor frustrado que odia a García Márquez, ama a Bukowsky y persigue a una putilla que se niega a entregarse, pues “lo que necesita es un hombre que la ame, no un cerdo que la folle”. De Grolenlandia se desprendió un trozo de hielo del tamaño de la isla de Manhattan.
            Y varios meses más tarde: resulta que premiamos la novela Tríptico del desarraigo y resulta que no es de una argentina sino de un argentino, Pablo Hernán Di Marco, un joven bastante  modesto y con gran talento, a quien a partir del premio he decidido apoyar en lo que pueda.

Marco Tulio Aguilera

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