Orgasmo femenino

NOTAS DE UN AMATEUR
Marco Tulio Aguilera
Artículo publicado en Playboy México 

Cuando comenté con algunas amigas y compañeras de trabajo la idea de escribir un artículo sobre el orgasmo femenino para Playboy, varias se mostraron extrañadas. Según ellas, Playboy siempre o casi siempre se ocupa del punto de vista masculino, aun más, del punto de vista machista. Una llegó a decirme: "Para Playboy las mujeres no son otra cosa que objetos de placer, bellas y tontas criaturas que ellos admiran de manera voyeurista". Otra me dijo: "Los hombres compran Playboy para consolarse de la fealdad de sus viejas". Y otra, aún más osada, dijo: "Con la aparición del sida, las ventas de Playboy deben haber aumentado. Ya los hombres no quieren acercarse a las mujeres. Prefieran masturbarse mirando a hermosas y desvergonzadas gringas, brasileñas o suecas de las revistas o teniendo aventuras imaginarias con las prostitutas que hacen de actrices en videos pornogáficos".
Sin atreverme a juzgar las opiniones de estas mujeres, y conociendo que Playboy México está interesado en publicar artículos de fondo y buena literatura, reiteré mi interés en hacer una especie de investigación de campo sobre el orgasmo femenino. Todas las mujeres entrevistadas --amigas, con quienes tengo confianza, dispuestas a hablar siempre que no se mencionen sus nombres (sólo una de ellas solicitó que se incluyera su nombre, para sentir la gloria de ver sus opiniones en Playboy) --accedieron gustosas; una, con pícara sonrisa me dijo:
--Yo no te puedo hablar de cosas científicas sino de mi pura experiencia y te aseguro que tengo cosas que contarte--. Robusta de pechos, inocentona, dispuesta a confesar todo, se cruzó de piernas y pidió que le preguntara lo que quisiera.
Dice que no ha conocido a otro hombre que no sea su marido. El hombre es --lo conozco-- bastante poco ilustrado, por no decir ignorante. Trabaja como chofer y parece poco hábil en asuntos eróticos. "De diez cogiditas --dice Rosario-- yo sólo obtengo un orgasmo". Le pregunto por qué. ¿Es que tú no te liberas o que tu marido no sabe hacerte el amor? Sonríe.
--Tal vez no obtenga los orgasmos que merezco porque mi marido no es el hombre indicado--. Y agrega—: -Mis orgasmos en la vida diaria no son muy intensos. En cambio, en sueños, los he llegado a sentir con mucha potencia. Sueño con mis compañeros de oficina y con personas que ni conozco.
El caso de Rosario es fácilmente explicable: no está bien atendida sexualmente, nunca ha tenido aventuras.
Súbitamente se detiene a meditar y dice:
--Sí tuve un novio que me acarició bien. Yo tenía orgasmos con él sin que hiciéramos el amor. Era un hombre atento, intelectual, un hombre con gran sensibilidad, muy diferente a mi marido.
Berenice también es secretaria, pero a diferencia de Rosario, ha tenido experiencia sexual gratificante, aunque no excesiva. Dice:
--Yo no fallo. Cada vez que hago el amor, tengo mi recompensa. Sexualmente, gracias a Dios, estoy muy bien servida. Me apasiona el jueguito del amor. !Aso!, culminar juntos es la maravilla del siglo.
Le pregunto qué siente.
--¡Qué no siento! Es como si de pronto me desbocara, se me van los ojos de lado, se me ponen en blanco, sudo frío, me agarro del respaldo de la cama porque siento que la tierra tiembla. Yo no necesito leer libros ni asistir a conferencias. Yo puedo escribir los libros y dictar las conferencias. ¡El punto G ! ¡Payasadas! Yo soy una bomba atómica. Donde quiera que me toquen exploto, gracias a Dios.
Pensaría uno al escuchar estas declaraciones que Berenice es algo libertina. En absoluto.
--Para tener orgasmo yo necesito amor, necesito mojarme el calzón con sólo recibir una mirada tierna. A veces un beso me pone al borde del orgasmo.
Dice haber tenido su primer orgasmo a los 17 años, lo obtuvo gracias a puras caricias, puros besitos.
--Yo era tan inocente que me dejaba hacer todo. Yo no agarraba nada, era muy repimida. Pero una vez que me sacaron el aparato y me lo pusieron en la mano no supe qué hacer. Yo no sabía qué era eso. Me educaron en un mundo de niñas y de monjas. Al principio, cuando tuve ese aparato en la mano, me asusté, pero luego le fui tomando confianza, gracias a Dios.
Berenice fue forzada a su primer acto por quien llegaría a ser su esposo. Convivió con él diez años y procreó varios hijos y durante su matrimonio dijo no haber tenido ni un solo orgasmo. Una vez se atrevió a tener una aventura con un hombre que la trató bien, y a partir de entonces abandonó a su marido y disfrutó de su amante, a quien le ha sido fiel.
El tercer caso es quizás el más interesante. Corresponde a una actriz semiprofesional, con una cultura general superior a la del promedio de las mujeres latinoamericanas. Tirana --llamémosla así-- paradójicamente sigue atada a su marido, aunque reconoce que es un hombre que no llena sus aspiraciones y que, en el plano sexual, es perezoso, poco imaginativo y machista. A pesar de ello, las respuestas de Tirana con respecto al orgasmo, son bastante agudas e ilustrativas.
--¿Qué es el orgasmo? --le pregunto.
--Lo más grande del gozo humano corporal que existe --responde.
--¿Lo puedes tener con personas a quienes no ames?
--Sí, claro. Lo puedo tener hasta con mi marido.
--¿Con qué frecuencia?
--Con la frecuencia que quiera-- dice. Luego agrega—:- Yo me tengo medida cuando estoy en celo: unos días después de la menstruación. Me pasa que veo a mis amigos y los quiero besar y abrazar. Miro a los hombres como si los quisiera devorar. Siento un hervor por dentro y necesito apagarlo, aunque disimule mi ansiedad con un exceso de cariño, con amabilidad, a veces casi con servilismo.
--¿Podrías definir de alguna forma el orgasmo?
--Sólo con imágenes puedo hacerlo. Es como cuando el agua rompe en hervor. Es como si yo montara en un caballo que va al trote, que se apresura gradualmente, cada vez más rápido, hasta que éste se desboca y ya no puedes parar hasta que caes en el deleitoso abismo. Pero yo me puedo controlar antes de pasar de esa raya fatal. Yo puedo alargar el asunto hasta que quiera. Si lo deseo puedo hacer que dure toda una noche. Cuando tienes un orgasmo de todos lados te sale vapor: de tus ojos, de tus pezones, de tu vagina. Y el post-orgasmo es increíble si estás con alguien que amas.
Al hablar sobre sus primeras experiencias dice:
--Mis primeras relaciones sexuales fueron por amor, pero no logré orgasmos. Tuve un novio que me manoseó, me tocó el clítoris y yo sentí algo muy grande, como un tren en marcha que se acercaba en la oscuridad y silenciosamente, pero lo suspendí--. Reflexiona. Continúa:
--A mí no me basta que me penetren. Yo necesito ayuda. Que me acaricien el clítoris. Y si no me lo tocan, yo me lo toco. Es por eso que prefiero cabalgar a ser cabalgada. Esta posición hace que mi muñequita clítoris se estumule y que yo sea feliz.
Tras haber hecho esta breve investigación de campo me ocuparé de mi propia experiencia. Ello con el objetivo de dar una perspectiva exterior. Mi conocimiento del asunto es no sólo vivencial sino literario. He asistido a unos cuantos orgasmos, algunos bastante particulares y sofisticados (acaso falsos). En dos casos, de mujeres relativamente parecidas (una maestra y ex-azafata costarricence; y otra abogada, mexicana, dispuesta a disfrutar de la vida hasta el fondo) que en el momento de alcanzar el éxtasis comenzaron a emitir imprecaciones, barbaridades, dignas de un marinero en derrota, en varios idiomas. Me ha tocado el caso de una mujer que siempre que alcanzaba el orgasmo, se ponía a llorar como si estuviera asistiendo al entierro de su madre. Esto es explicable, disculpable, incluso diríase normal, cuando el hombre ha llevado a cabo un amoroso y profesional trabajo sobre el cuerpo y el espíritu de una mujer a quien Dios no le había deparado antes más que patanes.
Una mujer puede llorar de emoción o agradecimiento, una mujer puede llorar porque siente una plenitud como antes no la había sentido. O puede llorar para ocultar su incapacidad de entregarse. O por lástima de sí misma. O por reconocer que está en la cama o en la vida de un hombre que no la merece. O por mil razones. Una verdad es que las mujeres tienen razones que los hombres no entienden; otra, que cada mujer tiene su propia forma de orgasmo, y si unas sienten que se les mueve la tierra, otras simplemente experimentan un leve rubor, relajamiento y ganas de dormir.
Hay mujeres a las que les favorece el racionalizar sus experiencias sexuales, el llevar cuentas de sus orgasmos e incluso ponerles puntuaciones de uno a diez. Muchas de estas mujeres llevan un diario detallado de su vida erótica. Otras, prefieren mantener su vida sexual en el limbo del misterio y entregarse al furor de los fluídos espirituales y físicos. No se puede decir que un tipo de mujer sea superior a otro, aunque en términos estrictamente racionales, es una ley que aquello que más se estudia, se conoce mejor. En contra de esta opinión se levantaría una objeción histórica y acaso un poco machista: las mujeres generalmente no se dejan guiar por la razón, sino que se entregan a la intuición, a lo que podríamos llamar la sabiduría de sus naturalezas.
En asuntos eróticos la comunicación es básica: según los Sarrel "la capacidad para compartir con la pareja sentimientos y pensamientos acerca del sexo es el factor más altamente relacionado con una buena relación sexual... Los que gozaban de un buen nivel de comunicación hacían el amor más a menudo y tendían a estar más satisfechos con frecuencia".
Más extraño que el llanto en el orgasmo es el caso de una mujer que en lugar de llorar al alcanzar el deleite del cuerpo, se ponía a reír de forma descompuesta. Esta experiencia, definitivamente extravagante, la registré en mi novela Mujeres amadas (Plaza y Janés, Colombia; Universidad Veracruzana, México) --y espero que los indulgentes lectores disculpen el inefable placer de citarme a mí mismo. Copiaré el párrafo in extenso para ejemplificar mi percepción no del orgasmo femenino, sino de un orgasmo femenino:
Cuando nos acercamos a la plenitud lo hacemos frente a frente, los ojos en los ojos. Veo brillar sus dientes intensamente blancos en contraste con el rosa pálido y húmedo de sus labios. Veo el umbral vivo de su boca y siento la cálida caricia de su aliento y pienso que es su alma la que emana y baña mi rostro. Contemplo como en medio de un resplandor sus ojos, más vivos que nunca, entregados a la delicia de su propia belleza. Siento su cuerpo tenso como un arco flexible y sin embargo poderoso, intuyo que ha llegado el momento del vuelo de la flecha, tomo sus nalgas con mis manos, las acuno abarcando sus hemisferios, palpando en ellas al mundo, cierro los ojos tratando de conservar en la memoria de las tinieblas luminosas todo el resplandor de ese cuerpo que ha alcanzado su momento más feliz y bello, me entrego por completo, me doy sin restricciones. El cuerpo de Irgla permanece rígidamente aferrado al mío, agarrotado en una especie de extraña desesperación, su respiración se ha suspendido, retiembla su pecho y vibra contra el mío al galope de su corazón. La crispación se prolonga, me turba, pero no me atrevo a intervenir en la sucesión de incomprensibles metamorfosis que deben estar acaeciendo al otro lado de mi piel. Su cuerpo se desmadeja, se desarticula, no con el alivio del hallazgo y la satisfacción, no con el goce que proporciona la solución final, sino con un abandono doloroso. Tiembla. Vuelve a crisparse. Los estremecimientos retornan sin el placer rítmico de los rescoldos, acompañados por intentos de contener algo indecible que pugna por manifestarse. Irgla emite una pequeña carcajada. La entiendo, la quiero entender, como una forma de alivio, como una manifestación de júbilo y liberación. Sé que quiere decir algo pero noto que todo su cuerpo se opone, se rebela contra una explicación. Sigue riéndose. Ríe dolorosamente, a pesar suyo. Lágrimas corren por sus mejillas. Sus puños están apretados, encerrados en sí mismos, ajenos a mí. Entierra su rostro en mi hombro y continúa riéndose. No hay nada que yo pueda hacer excepto esperar.


Tal manifestación, algo extraña, sin duda, a partir de ese primer orgasmo, se vuelve a repetir a lo largo de la relación entre el protagonista y su amada. Y estas carcajadas se vuelven tan frecuentes en el acto amoroso, que el hombre termina por acostumbrarse a ellas . Esta forma de manifestar (de anunciar y desencadenar y suceder) el orgasmo es atípica --no diré anormal, pues en tal caso todas las mujeres resultarían anormales: cada una de ellas tiene una forma de comportarse durantre el orgasmo--. El de Irgla, la protagonista de Mujeres amadas no es, para decirlo claramente, un orgasmo sano, sino un orgasmo arrancado a pesar de la mujer, un orgasmo al que ha llegado la mujer después de superar su pernicioso concepto del pecado. ( Los detalles de esta relación sólo podrá investigarlos el sufrido lector en la novela.)

Nada como la libertad, el sosiego, el saber que al día siguiente no habrá prisas, nada como el amor, para disfrutar un buen orgasmo, y, claro, sus secuelas, el post-orgasmo: ese entregarse dulcemente al sueño, abrazados a un cuerpo conocido, cuyo olor y calidez nos adormece, nos hace sentir en familia. Las aventuras pueden suministrar emociones intensas, pero fugaces y que culminan en el vacío y la desilusión. Así como se disfruta más y se aprende más de una obra de arte, también del amor satisfecho, corporal y espiritualmente hablando, se desprende una vida equilibrada: un buen sueño, relajado, y un feliz despertar, que permiten afrontar las dificultades de la vida diaria con una sonrisa.

El orgasmo de mi vida

A las entrevistadas hay que ablandarlas para que suelten sus secretos y revelen sus misterios. Lucrecia, una hermosísima criatura que apenas está entrando en la madurez, pero que conserva un hermosa inocencia en la mirada, después de dos o tres preguntas convencionales, a las que respondió de forma adocenada, nos soltó un bello párrafo que llamaremos "el orgasmo de la vida". Todas las mujeres que gozan del amor lo han tenido: es un orgasmo sísmico, conmovedor, que parece anular a todos los anteriores y que acaso recuerde durante el resto de su vida. Pero comencemos por el proceso de ablandamiento. El diálogo fue más o menos así:
--¿Qué es para ti el orgasmo?
Lucrecia se queda mirando el techo.
--No sé qué decir.
--¿En qué circunstancias has tenido tus mejores orgasmos?
--Lo que facilita que me llegue la luz es que me quiera mi hombre. Cuando me quiere mucho es más fácil.
--¿Por qué?
--Porque no es lo mismo tener relaciones con una persona vacía, que tenerlas con una persona con quien te identificas, con quien has vivido y a quien conoces. Hacer el amor con un desconocido sería como caminar por un bosque desconocido: avanzaría con miedo y no disfrutaría de las bellezas naturales.
--¿Qué sientes durante tus orgasmos?
--Es como una ansiedad de salirme de mí misma, pero como que no tengo el valor de hacerlo. El orgasmo es una liberación de mí misma.
--¿Cuántos orgasmos al mes?
--Si acaso cuatro, con suerte, porque las circunstancias no lo permiten. Sin embargo, cuando voy de vacaciones, y me encierro unos días con mi esposo, puedo tener dos o tres al día. Y así seguir todas las vacaciones hasta batir los mejores records.
--¿Cuándo son tus orgasmos más intensos?
--Después de mucho tiempo de no hacer el amor y de no tener a mi amado cerca. Cuando tienes a tu esposo lejos, el mismo afecto hace que tus relaciones sexuales sean más completas. Es como cuando abusas de un alimento. Te empachas.
--¿Piensas que hay alguna diferencia entre el orgasmo masculino y el femenino?
--Para los hombres el orgasmo es muy fácil, porque los hombres lo ven más como una cosa fisiológica que amorosa. Por ejemplo yo, si no quisiera a mi marido, no podría tener nada con él.
Y esto nos lleva a un tema muy interesante: el de la diferencia de naturaleza entre el hombres y la mujer.
--Para mí no se trata de un desahogo fisiológico, sino espiritual. Sí, el orgasmo es una entrega fisiológica, no lo dudo, pero es más que todo espiritual. Después de un orgasmo sientes paz, tranquilidad, satisfacción, autenticidad. Es como darse todo, darse sin trabas, sin nada.
--¿Recuerdas alguna ocasión en que hayas tenido un orgasmo muy intenso?
Los ojos de Lucrecia se iluminan.
--Mira, la verdad es que mi esposo y yo no tenemos tiempo ni paz para hacer el amor. El trabaja, yo trabajo. Los niños van a la escuela. Yo estudio, él tiene un horario muy pesado. Un día decidimos que ni él ni yo iríamos al trabajo. Llevamos a los niños a la escuela y nos quedamos solos toda la mañana. Abrimos las cortinas, entró el sol, que daba directamente sobre la cama. Nos desnudamos y nos comimos mutuamente horas y horas. Luego hicimos el amor de una forma bellísima. Yo recuerdo el brillo del sol en los ojos de mi esposo cuando me miraba después que hicimos el amor. Cuando cerraba los ojos la chispa de luz desaparecía. Mi esposo gritó ¡te amo, te amo!, como nunca lo había hecho y yo me sentí inmensamente feliz. Creo que ese fue el orgasmo de mi vida. Querría volver a vivir toda mi vida desde niña para repetir ese instante.

El aspecto científico

Sigmund Freud habla de lo que él llama <>. Y lo define como el que se logra solamente mediante la penetración del pene en la vagina. Otros autores como Lonnie Barbach y Masters y Johnson, consideran que orgasmo es orgasmo, no importando cómo se logre. En ciertas circunstancias una buena felación o un buen trabajo bucal aplicado a la puerta del placer, dan como resultado orgasmos cataclísmicos. Hay algo de sentimiento de culpa en algunas personas que se sienten mal si no logran sus orgasmos mediante la tradicional introducción. No hay peor enemigo de la plenitud que los sentimientos de culpa. La cama debe ser territorio de libertad. Si no lo es, la relación amorosa puede tornarse tormentosa.
Hay mujeres que logran el orgasmo sin estimulación física, solamente con el recurso de la imaginación, pero éstas son apenas el 1% del total. Hay quienes hablan del orgasmo clitoridiano, que es el que se consigue mediante la estimulación del clítoris. Algunas mujeres lo consideran inferior en calidad al vaginal. Al respecto dice Barbach que "los orgasmos clitoridianos siguen soportando la maldición de la creencia de que son indicio de un desajuste psicológico y la evidencia de un problema profundo y fundamental, y se clasifican con la etiqueta de inmaduros y neuróticos".
Whipple y Perry, sostienen la hipótesis de que dos caminos neuronales distintos gobiernan al orgasmo, y que es por ello que hay una división entre las mujeres que alcanzan sus mejores orgasmos por la vía clitoridiana o por la vía vagina.
Sin embargo los orgasmos no sólo se logran mediante la estimulación del clitoris o la vagina. También por medio de la imaginación, o de la estimulación de los senos, se pueden conseguir. Singer, por ejemplo, ha clasificado siete tipos de orgasmos, dependiendo de la zona que se estimule.
Por otra parte, hay básicamente dos modelos de sexualidad: el masculino y el femenino. Hasta casi el presente, los machos son los que han impuesto su concepción de la sexualidad. Los hombres tradicionales entran en las mujeres a saco, sin prudencia, sin preparativos o juegos previos, y las mujeres deben ceder a este ritmo descortés, y apurarse a tener sus orgasmos, so pena de quedar insatisfechas, despiertas y marginadas.
La versión femenina de la sexualidad solamente se ha manifestado en años recientes, con la aparicion de mujeres dispuestas a hablar sobre sus necesidades. No sólo han hablado en el plano científico, sino en el testimonial y literario. Simone de Beauvoir, Isadora Duncan, Virginia Woolf, George Sand han contribuido a difundir una nueva concepción del erotismo en el que la mujer tiene un papel activo, creador. En el pasado el hombre se satisfacía a costa de la mujer. Llegaba, desnudaba y vencía. <>, como escribe Barbach. En la actualidad las mujeres exijen reciprocidad: no sólo el hombre ha de tener su orgasmo, sino que debe propiciar el de su compañera.
Zilbergeld y Ellison dividen el ciclo de la exitación y la reacción sexual en cinco partes: 1) deseo, 2) excitación, 3) preparación fisiológica, 4) orgasmo y 5) satisfacción.
"Cuando la tensión sexual aumenta --dice Barbach--, el cuerpo se tensa cada vez más. A algunas mujeres les empiezan a vibrar las piernas, otras tensan manos y pies, en algunos casos puede arquearse la espalda o la pelvis, o todo el cuerpo puede moverse arriba y abajo, en movimientos circulares". Es claro que en tales circunstancias, el cuerpo femenino ya no es movido de manera voluntaria, sino que obedece a impulsos incontrolables. La mujer se entrega, se deja ir, porque no tiene otra alternatiiva.
A medida que se acerca el orgasmo, hay una vasocongestión muscular: la sangre se concentra en el músculo que rodea la vagina --llamado PC, abreviación de "músculo pubococcigénico"---- y produce una hinchazón. El tamaño del orificio tiende a reducirse. Como resultado de esto nos enfrentamos a una paradoja, a una lucha de dos contrarios: por una parte el cuerpo exige la penetración y por otra parece querer impedirlo. Esto representa un reto, tanto para la mujer --cuyo carácter contradictorio, antitético, misterioso, se ha cantado y reprochado tanto-- como para el hombre. En esta lucha de querer y no querer, de alargar los ritos previos, de acercarse al abismo sin decidirse a saltarlo, es donde está el encanto, la maravilla y los peligros del orgasmo, esa expresión indescifrable que une al ser humano con el animal, al cuerpo y al espíritu.
Pero en sí, ¿qué es el orgasmo, independientemente de la poesía y la filosofía? ¿Qué es el orgasmo en términos fisiológicos? Responde Barbach: "El orgasmo es el reverso del proceso fisiológico de aumentar el placer... y supone la repentina liberación de la sangre que se ha acumulado principalmente en la zona pelviana, y que ahora fluye de nuevo hacia el resto del cuerpo". Y en efecto, así lo sienten tanto el hombre como la mujer: como una acumulación de energías que luego se liberan.
"Es como si --comenta Clarisa, ex modelo y ahora vendedora de seguros-- yo fuera una represa que se va llenando de agua, hasta que el agua llega a un punto en que ya no puedo contenerla, se rompen los diques y yo quedo vacía, aliviada, relajada". La metáfora es precisa, casi científica: todo el ser --no sólo la sangre-- se va llenando de tensión represada, la tensión crece, crece, hasta que ya se hace insoportable, y la presa revienta: el orgasmo se manifiesta como el desbordamiento de las aguas del ser, y arrasa con todo; las tinieblas habitan de nuevo sobre las aguas, que se aquietan cuando han encontrado su nivel.
Es tan particular, tan personal la manera en que cada mujer llega a su orgasmo y cómo se manifiesta ésta, que Hartman, Fithian y Campbell denominan a esta individualidad la huella dactilar del orgasmo.

Un poco de filosofía

El orgasmo es la forma democrática, al alcance de todos, que los seres humanos comunes y corrientes tienen para alcanzar algo similar al éxtasis de los santos, en el que ellos creen ver a Dios (y acaso lo vean y lo sientan). En el orgasmo las mujeres --más que los hombres-- alcanzan a intuir, a concebir la esencia de lo que es el amor, la entrega absoluta, la fe total en el compañero de lecho. Y ello sucede precisamente en ese instante en el que un grito sale de lo más profundo, íntimo y sutil del ser humano: !Te amo! !Te amo! Y ello sucede en el mismo instante en que el cuerpo se vacía en otro cuerpo, se diluye, se desvanece, se consubstancia, se mezcla y todo el ser sonríe aliviado, para después entregarse al sueño y a la mañana siguiente amanece con ánimo para afrontar las adversidades del mundo .
El orgasmo es la visión previa del paraíso y nos ayuda a sobrellevar los fragmentos de infierno que nos toca soportar día a día. Sin duda el ser humano sería infinitamente más desgraciado, más neurótico, despótico y miserable, si careciera de la posibilidad del orgasmo. En el orgasmo el ser más desgraciado alcanza alturas sublimes, y el prepotente se reconoce débil, vulnerable, dependiente. El orgasmo es una especie de pequeña muerte: la mejor muerte, la que proporciona el placer. El orgasmo nos otorga el sentimiento de que en realidad hay pocas cosas en el mundo material que superen el valor íntimo de la comunicación. El orgasmo compartido es la muerte de la vanidad y el reconocimiento de que existimos en el mundo como parte de una totalidad, no como individuos egoístas y destructivos. Quien aprende a cooperar con el orgasmo de su compañera o compañero de lecho, aprende a ser generoso en todos los planos de su vida. Quienes son felices en el lecho tienden a ser felices fuera de él, y a transmitir su felicidad al mundo que los rodea. 

Marco Tulio Aguilera

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