El instrumento del amor


Unas páginas de La insaciablilidad, novela que estoy escribiendo en un retiro espiritual de diez días en un remoto lugar de Mongolia.




Vio a Trilce, bellérrima, insidiosa, crudelísima, mordaz, incitante, sufriente, heroica. Las yemas de sus dedos estaban en carne viva. Llevaba doce horas de estudio ininterrumpidas. Se había retirado de las clases de danza sin dar disculpas y volvió al violín como a su único amante.
              —Estudio para no caer en la putería y la cretinez de todas las mujeres, para darle aire a mi espíritu, porque no hay nada en el mundo mejor que las caricias del arco sobre las cuerdas.
            Ventura estuvo de acuerdo. Nunca como cuando tuvo un violín en sus manos se sintió tan poderoso, tan libre de mezquindades.
            —El violín es el instrumento del amor —agregó Trilce—. Es el instrumento en el que dos partes del mundo se fusionan sin brusquedad, se unen, se confunden para producir las armonías más perfectas. El piano y todos los demás instrumentos para alcanzar sus fines son vulgares o demasiado grandes y viles, dependen de los golpes, de las agresiones y exigen esfuerzos musculares, más que sabiduría y destrezas. No hay continuidad, no hay fusión entre el cuerpo del pianista y las teclas, sólo lucha. Por eso huyo de los hombres, que consideran a las mujeres como instrumentos de sus fines y las tañen como campanas. Añoro a un hombre que me pueda tocar como se toca un violín.
             Hablaba no como la niña que recién se despereza, sino como una vieja y fatigada hetaira.
             —Hay momentos en los que me siento la preferida de Dios y odio a todos los seres humanos. No entiendo cómo pueden perder tanto tiempo.
            Ventura, escuchándola hablar, recordó la noche en casa del brujo y supo que allí, entonces, en el primer tomo de El Libro de su Vida, se había abierto una historia que tarde o temprano tendría su remate. Era cuestión de paciencia. Los juegos del tiempo y el azar se encargarían de poner las piezas en el lugar correcto. Los caprichos, los momentos de Trilce, coincidirían tarde o temprano con los designios del amoroso. ¿Cuál sería el papel de la señora B en la trama de hilos tan poco sutiles? 

Marco Tulio Aguilera

No hay comentarios:

Publicar un comentario