Meditaciones sobre el éxito literario

Éxito. Habiendo rebasado los 63 años de edad me he preguntado si: 1, ¿he tenido éxito, 2, ¿qué es el éxito? Y en caso de haberlo alcanzado, ¿qué sentido tendría? Primero habría que preguntarse si he escrito libros que tengan algún valor y sentido, no sólo para mí sino para algún grupo de lectores que se considere respetable. Si el éxito fuera el aplauso de un grupo de personas, tendría que responder que sí he tenido éxito y no he tenido éxito. En Medellín varias personas recitaban mis cuentos de memoria, desde varios puntos del planeta me han escrito niños para agradecer mis cuentos, revistas de muchos países destacan mis obras. El punto más alto o quizás más importante de mi existencia podría haber sido la presentación de mi novela Historia de todas las cosas en Barcelona. ¿Hubo éxito? No, definitivamente no. En el salón de El Corte Inglés habría acaso veinte personas, de las que habría que descontar los cuatro presentadores, el maestro de ceremonia y mi esposa. De modo que fueron apenas catorce o menos. En la segunda fila había cuatro ancianitas, de esas que son habitúes, que asisten a las presentaciones de libros porque no tienen otra cosa que hacer. Al lado de ellas, un hombre de edad madura. Eso sí: las cinco personas prestaron una atención concentrada. Y no sé si compraron los libros. De modo que no firmé ni uno. ¿Éxito? No. Fracaso. No hubo ni un escritor, ni un periodista, ni una cámara. Nadie del ambiente intelectual de Barcelona se presentó. Publicidad solamente hubo en la página virtual de La Vanguardia: una íngrima entrevista, donde despotriqué contra los concurso literarios de las grandes empresas editoriales y dije que la gran literatura se estaba produciendo en Latinoamérica. Lo que de paso me granjeó algunas animadversiones de los escritores con los que me reuní en Madrid. Escritores que se reunieron más que todo para gorrearle una cena al editor de Trama Editorial, que corrió con los gastos. Ahora: el otro extremo del éxito: la publicidad manipulada. En México o más circunscritamente en el provincial ambiente de Xalapa se difundió la idea de que la presentación de la obra había sido un acontecimiento. Un tercer ángulo: la calidad. No me toca a mí juzgarla aunque con frecuencia lo hago y en general no bajo la calificación de mis engendros por debajo del fácil epíteto de obras maestras. Todas y cada una. Si excepción. Los comentarios, en general de amigos, han sido, tremendamente ditirámbicos. De modo que sí hubo un éxito aparente, un éxito fingido. Pero, ¿importa esto? Más que todo para el ego del autor. Lo que se ha dicho de esa novela no se ha dicho de ninguna en muchos años. En la Feria del Libro de Xalapa vendí casi cien ejemplares de Historia de todas las cosas y cien de Mujeres amadas. Los firmé todos. Se los puse en las manos a los lectores desprevenidos que pasaban por el stand de la Veracruzana, los promocioné sin escatimar autoelogios. Otro extremo: en San Isidro de El General mi éxito fue auténticamente apoteótico: di conferencias, hasta tres diarias, con auditorios llenos, rubriqué el libro de los visitantes ilustres, firmé ejemplares piratas de mis libros, recibí de nuevo, tremendos elogios, se me ofreció una hectárea de bosque en las estribaciones del Cerro de la Muerte si aceptaba residir en el pueblo, poco faltó para que me erigieran estatua, y no dudo que algún día lo hagan. ¿En términos monetarios hay éxito? No, claro que no. Al año recibo derechos de autor fundamentalmente por mi libro de cuentos infantiles (he vendido aproximadamente 35 000) y ello no monta ni un sueldo mensual que percibo de la Universidad Veracruzana. Pero, bueno, hagamos una pausa: de lo que se trata en realidad no es de ganar mucho dinero y recibir aplausos sino de hacer lo que quiero y de ser feliz con ello. ¡Qué rico y ganando!, gritaba una prostituta vocacional de San Isidro mientras fornicaba entusiasta y deportivamente. Yo también puedo repetir ese grito: ¡Qué rico y ganando! Y en este caso puedo decir que sí he triunfado, he impuesto mi ley. Aunque tengo el casi unánime rechazo de la institución cultural oficial de México, de muchas ferias del libro, de parte de instituciones académicas y literarias debido a las frecuentes declaraciones lapidarias contra los santones y sus poderes, y debido también a mi casi lapidaria sinceridad (Decir la verdad es de mal gusto, le dijo un lector al escritor Óscar Collazos), sé que muchísimos escritores y críticos son lectores frecuentes y entusiastas de mis obras, pero la mayoría no se atreverían a ocuparse de mis obras pues sienten que de alguna manera quedarían manchados por mi leyenda de apestado. ¿A quién se le ocurre decir que Carlos Fuentes y José Revueltas son malos autores, que los libros de Fernando del Paso son indigestos, que García Márquez es autor de cuentos de hadas? Pues, obvio, yo mismo he levantado los muros que me aíslan del mundo. Mario Miguel Ojeda dice que yo soy un outlier y un outsider. Lo que me satisface. Mis conferencias en Xalapa en general consiguen buena asistencia en los sitios donde grandes nombres fracasan. He escrito más de 30 libros y no vivo de ellos. He recibido más de 20 o 30 premios y no tengo fortuna. Tengo lo básico y algo más, pero sobre todo, libertad. Ah, pero hago mi capricho: voy al básquet, nado, protesto acerbamente cuando veo vulnerados mis derechos. En las mismas narices del secretario académico de la universidad dije que mi institución me trataba como a una sirvienta: yo, siendo el más viejo y el de más trayectoria en la Editorial, soy el que tengo la peor computadora, el peor escritorio, yo, que le he dado casi 35 años de mi vida a la universidad, ¡snif!, soy sistemáticamente ninguneado y negado. De lo que se trata es de hacer las cosas bien. Y creo que yo las he hecho bien, incluso en los casos en que mis libros han sido completamente ignorados. ¿Éxito? ¿Quién lo quiere? Si el éxito implica ser acosado día y noche, como lo es García Márquez, ¡saco! Mejor perro bajo la escalera: perro escribiendo lo que quiero como quiero y en el momento que quiero. Las grandes obras no las han hecho los mansos sino los tercos, los obstinados, los ególatras, los egoístas, los que soslayan su vida familiar, los esquizofrénicos, que viven al otro lado del abismo. ¿Las uvas están verdes? May be. Quizás cuando me den la noticia de que he recibido el Premio Tusquets u  otro gran premio (siempre estoy escribiendo obras maestras y esperando grandes premios, ingenuo u optimista que soy) yo cambie por completo. No olvido que cuando mi novela El amor y la muerte era una de las dos finalistas del Premio Alfaguara, Marisol Schultz me preguntó: "¿Está usted preparado para lo que representa este premio: viajes por 30 países durante un año, acoso de la prensa, constantes recepciones, conferencias, poco sueño?" Le respondí: desde que comencé a escribir a los 17 años estoy preparado.

Marco Tulio Aguilera

No hay comentarios:

Publicar un comentario