Los cuentos de Zuleta

El primer cuento del libro Todos somos amigos de lo ajeno (Alfaguara, Colombia, 2010), cuyo título es “Barcelona”, ya lo conocía pues los seleccioné hace varios años para una antología que tuvo la mala fortuna de caer en manos de lectores (dictaminadores) bastante atrabiliarios: uno de los lectores recomendó que se eliminaran seis cuentos; otro lector recomendó que se eliminaran los otros seis… de modo que la antología –si hubiera de acatar las iluminadas directrices de los lectores-dictaminadores, habría quedado reducida a un prólogo, escrito por este servidor. (Nota marginal: estoy convencido que los lectores-dictaminadores de la mayor parte de las editoriales son escritores frustrados, que por simple y villana envidia, sólo aprueban lo mediocre y aceptan, ¡entusiasmados!, lo mediocre. Razón bastante verosímil que nos podría explicar el porqué de la indudable decadencia de la auténtica literatura).
Regreso: el primer cuento del libro en mención se llama “Barcelona”: aúna a la atractiva peripecia de un latinoamericano que sobrevive en Barcelona, una escritura efectiva, sin retóricas o alambicamientos. Trata de una aventura de supervivencia y amor (o deseo) que podría dar pie a una estupenda película de Woody Allen.
En el segundo cuento hallo un desequilibrio entre una anécdota atractiva (la de un hombre imaginativo que vive en la calle) y un tratamiento que linda peligrosamente con lo cursi-poético. El personaje, que podría haber alcanzado una elevación poética, se pierde en un tratamiento  que me parece alambicado.
“Escribano del agua” es magnífico: por su temática y tratamiento me recuerda a algunos relatos de Arreola y otros de Borges  --lo que evidentemente no planteo como demérito sino a manera de situar el relato en coordenadas conocidas por los lectores (por los lectores que todavía quedan sobre la faz de la tierra)--: situado evidentemente en la ciudad de Cali plantea la existencia (bastante verosímil) de un mundo en el que nadie sabe redactar y todos quieren pasar por escritores. Sátira de los talleres literarios, de los cuerpos académicos, de las señoras de sociedad que quieren ser autoras y de todos los grupos de analfabetas disfuncionales que medran no sólo en Cali sino en el resto del mundo, el texto de Zuleta es ejemplar. Y a más de ello, bastante divertido.
“La última carta” es un espléndido relato en el que el azar y el amor, a más de una sutil dosis de erotismo, configuran una buena pieza literaria (que, como en un caso anterior, me hace pensar en la calidad cinematográfica de algunos textos de Zuleta). Otros elementos atractivos: un personaje femenino con algo de misterio, la influencia de los chinos en los casinos y los tentáculos de la mafia rusa que llegan hasta el Valle del Cauca.
“Cuando vuelvan van a ver” es el relato (ya tópico) del latinoamericano que va a París a cumplir con el destino de los artistas que quieren triunfar en Europa. Bueno texto.
“Tinta fresca” es un cuento maestro, en el que se muestran las dotes de Zuleta para los textos de tipo policíaco (dotes que también es posible vislumbrar en  “La última carta” y “Escribano del agua”): los titulares de la nota roja de un periódico escandaloso, un maestro de ajedrez y la poesía se vinculan de forma armoniosa para configurar un buen texto de filiación detectivesca.
Se notan buenas lecturas de Poe, Chejov y Borges.
Un buen cuentista es un garbanzo de a libra. Estamos ante uno. Un libro con varios buenos cuentos buenos, es excepcional. Un libro con todos los cuentos buenos, casi imposible. Estamos ante el primer caso. Hay varios textos que no me parecen a la altura de los anteriores.


Marco Tulio Aguilera

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