Una historia con narcos

No puedo decir a quién le sucedió esta historia. Sólo estoy autorizado a reproducirla sin usar los nombres verdaderos: “Me encontré con un queridísimo ex compañero universitario. ¿Cuánto ganas al mes?, me preguntó después de hacer una especie de investigación minuciosa sobre las circunstancias de mi vida. Le dije veinte mil pesos de pesos al mes. Mi amigo, al que llaman Rascacielos por su desmedida y flaca estatura, siguió con su indagatoria: esposa, hijos, condiciones de vida. Respondí a todas sus preguntas sin reserva alguna. Triste vida, dijo, podrías mejorar si buscas buenas compañías. Luego me habló, de forma un poco ambigua de su organización. No aclaró nada de su organización. Simplemente es un grupo de inversionistas, dijo. Ridículo, agregó, ridículo, que una persona como tú lleve una vida tan mediocre; te voy a presentar al jefe de nuestra asociación comercial, estoy seguro que aprovechando tu good will y tu conocimiento de logística, puede hacerte ganar un millón de dólares en una semana. Vamos a verlo, me dijo. Fuimos al Hotel XX. Subimos al pent house. Mi amigo tocó a una puerta con un ritmo de evidente clave, algo como el ta ta ta tan de la Quinta Sinfonía. Cinco hombres armados nos revisaron. Permanecimos en una sala donde todo era de un blanco deslumbrante. Había grandes espejos. Permanecimos allí varios minutos. Sentí que nos estaban vigilando. Aparecieron tres morenas de esas que quitan el aliento, tres mujeres bestialmente hermosas, que me hicieron pensar en perros del infierno, tres perras que respiraban y transpiraban fuego. Traían bandejas, hielo, whisky etiqueta azul. Rascacielos vio mi turbación: Se llaman Fany, Luz Marina y Eva. Son tuyas. Puedes usarlas aquí mismo y llevártelas a la Suite Imperial. Ellas harán todo lo que quieras. Fany, Luz Maria y Eva respondieron a coro, casi cantando: ¡Todo! Sonó un timbre. Ya podemos entrar, dijo mi amigo, las chicas te estarán esperando aquí. Lo primero que vi fue sobre un escritorio pilas de medio metro de altura de fajos de dólares. En torno a ellos cinco mujeres contaban billetes, todas con minifaltas y tetas de antología. No se ocuparon de mirarme. Un hombre estaba observándome. Tenía un pistolón brillante y gigantesco sobre la mesa. Tenía los pies cruzados y subidos en el escritorio. Inexpresivo como un kilo de carne seca de res. La cara atravesada por una cicatriz que iba de la ceja derecha al mentón. Eso explica su inexpresividad, pensé. Un tipo de esos al que uno le entrega la billetera antes de que diga una palabra. Sin esperar a que me presentaran comenzó a hablar muy bajo, como imitando a Marlon Brando en El Padrino: Me dice Rascacielos que trabajas en XX, que conoces a mucha gente, que hablas inglés sin acento, que manejas XX y XX, que sabes de logística, que eres amigo del jefe de aduanas y de toda la chusma de la frontera, me dicen que eres buen artemarcialista. Le dije que sí a todo. Sobra decir que ya sabía a dónde iba el asunto. Tenemos en XX un negocito muy bien montado pero nos falta una persona como vos. Respeto lo que hacen, señor, le dije, pero prefiero no meterme en asuntos delicados, tengo mi familia, mi casa. Precisamente, dijo, porque tienes familia, hijos, una casita de miseria, estás obligado a ser cooperador con nosotros. Para ganar tiempo y sólo para probarlo le pregunté: ¿Qué tengo que hacer? Tenés que hacer todo lo que yo te diga sin chistar. ¿Todo? ¿Hasta matar? ¿A quién hay que matar? Todo: si te digo que mates a tu madre, vas y me la matas y me la traes en pedacitos. Te ofrezco dos millones de dólares mensuales si me cumples. No me asusté. Respiré profundo. Fingí asombrarme. La idea era que sintiera que yo admiraba su actividad y su sangre fría, que estaba impresionado por su actuación. No le dije que soy un hombre decente. Eso lo habría ofendido. La verdad es que tengo deudas y estoy jodido, pero soy un hombre manso, un hombre de familia; prefiero conseguir las cosas poco a poco, dije. ¿Y si le digo que si no acepta –el nuevo padrino intentó sonreír y le salió una mueca repulsiva--, antes de que llegue al estacionamiento tendrá una bala en la nuca? Lo miré directamente a los ojos, lo miré con el poder que aprendí del japonés Hiroshi Taninokushi, el que me transformó de gigantón flaco en Séptimo Dan de karate en el término de cinco años. El padrino dos me sostuvo la mirada sin parpadear. Apretó la mandíbula. Calculo que pasaron treinta segundos. Yo tampoco parpadeé, respiraba lentamente y a fondo. El tipo había contenido la respiración. Súbitamente se desinfló. Puede irse, me dijo, guardaremos la bala para otro, me parece que no vales el precio de la bala, eres un pendejo comemierda, un vómito de cerdo. Reprimí la sonrisa. Sabía que el padrino dos estaba pensando exactamente lo contrario. Se estaba tragando la lengua de coraje.Rascacielos, que había asistido a la escena, me sigió sin decir palabra. Trascendimos las puertas. Los guardaespaldas se apartaron silenciosamente. Las mujeres se alborotaron como pájaros sorprendidos en la espesura. Rascacielos las apaciguó con un manotazo al aire. No hubo palabras de despedida. Rascacielos me siguió hasta el elevador, me siguió a través del lobby del hotel, me siguió, unos pasos atrás por la calle. Sólo entonces me dio miedo, me comenzaron a temblar las piernas. Rascacielos me colocó una mano en el hombro y la espanté como a una mosca de caca. Insistió en acompañarme hasta el estacionamiento. En silencio. Antes de despedirnos dijo en voz muy baja, compungido: perdón, Gigantón. Varios meses más tarde me entré que a Rascacielos le habían incrustado treinta balazos, todos en la cara. Eso sucedió en pleno centro de XX. Cerca de la cancha de básquet donde juegan los vagos del parque de XX.

Marco Tulio Aguilera

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