Día siete en Colombia

Llego tan cansado de hacer vida social (a lo que no estoy nada acostumbrado) que apenas puedo hacer enumeración de eventos.
Mi hermana me llamó petulante. Me gusta la palabra. Pero aclaró: "Has progresado: hace años no dejabas hablar a nadie. Todo el tiempo te la pasabas hablando de ti".
Nueva conversación con editores. Parece que hay interés.
Regresé al Gimnasio Moderno a recuperar mi cédula de ciudadanía que había dejado olvidada.
Se prepara una reunión de escritores en una finca cerca de Cali en mi (in)merecido honor. Estarán varios amigos: Gabriel Ruiz, Medardo, escritores de la Universidad del Valle, ex compañeros.
El encuentro con mi maestro Gustavo Álvarez finalmente no se concretó: él está en Cartagena, yo estaré en Cali.
Cena en casa del matemático, amigo del escritor anónimo y su dama. El matemático vive en una casa que parece la de Usher o la mansión de El obsceno pájaro de la noche: tiene una tremenda tranca detrás de la puerta de entrada y otra en la sala; duerme al lado de un machete. Tiene todos los libros del mundo y una colección de objetos extrañísimos: damajuanas de cuero, lanchas del Amazonas, mil frascos de diversos tamaños.
Se habló de literatura. El escritor anónimo me estuvo investigando sobre mi novela El sentido de la melancolía. Me preguntó: ¿Qué pondrías como epitafio en tu lápida? Le respondí: Aquí yace un humilde al que todos consideraron ególatra.
Fui a Plaza y Janés: en lugar de aceptar las minucias por derechos de autor que me correspondían pedí que me dieran algunos de mis libros: me dieron treinta: Mujeres amadas, Los placeres perdidos, Cuentos para antes de hacer el amor y Cuentos para después de hacer el amor. Parece que regresaré a México con los mismos 40 kilos de sobrepeso con los que llegué. Mañana saldré rumbo a Cali a las siete de la mañana.

Marco Tulio Aguilera

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