LAS MUJERES QUE DESAPARECIERON

25 de diciembre de 1983. Fin de la primera versión de  Mujeres amadas. Comencé a escribir a las seis de la tarde, después de pasar el día dando vueltas como el famoso perro que se va a echar, relegando el instante de sentarme a definir  el último capítulo. Desperté a las diez de la mañana, salté cuerda, fui a jugar básquet (apenas tres partidos para no gastarme todo): no quería agotarme, quise pelear con el flaco de cara manchada que se colgó del aro y lo dobló, lo insulté y le lancé un puñetazo pero los compañeros me agarraron, luego comí en el mercado de La Rotonda y dormí dos horas. A las cinco estuve practicando mi lección de violín (llevo dos meses en la misma lección sin avanzar) y luego estuve tocando las piezas que recuerdo de mis viejos tiempos en el gallinero de San Isidro de El General (La leyenda del beso, Rapsodia Húngara Número  X…). A las seis de la tarde comencé a escribir. En realidad era reescribir, ya que el capítulo final había sido escrito hace dos años a manera de cuento. Lo que hice fue integrar el texto a la corriente de la novela, limar algunos lirismos empalagosos, incluir algo de diálogo (lo que es extraño en mi estilo habitual).  Ya se iba acercando la media noche. Como no quería enterarme de lo que sucedía afuera escogí cuatro cassetes, todos de Mozart para ponerlos a todo volumen y aislarme del mundo. No quería escuchar mariachis ni gritos de júbilo ni las campanas echadas al vuelo cuando Cristo naciera otra vez. Comencé a escribir con intensidad, poniendo cuerpo, alma y tripas en ello. Hacía un frío espantoso pero no me molesté en abrigarme. Tenía los pies congelados. A las 11:40 escribí la última línea. No hubo brincos de júbilo, bailes en soledad o celebraciones como en otros casos –el final del cuento de McCoy fue más escandaloso, casi me vuelvo loco—sino serenidad. Me vestí y salí a recorrer las calles. Estaban solitarias. No me di cuenta del momento en que sonaron las doce. Fui al Palladiun Discotec pero  había nada. Conduje mi auto hacia la casa de Bárbara y allí estuve al frente,  espiando las luces de su ventana, sintiendo algo de pena por mi soledad. Fui donde mi compadre Gacimarrero pero la verja estaba con candado. Luego a la casa del Grillo y a la del libio Trigueros. Todo estaba apagado. Tantas mujeres pasaron por mi vida ese año de 1983 y de ellas no quedaba sino lo escrito. La doctora Lorena Beatriz desapareció sin dejar rastro.


Marco Tulio Aguilera