HOY CUMPLO 17 AÑOS

EN SAN JOSÉ, COSTA RICA,  ¿1966?. Hoy cumplo 17 años. Después de la consulta retornó la tranquilidad a mi espíritu, que se había visto tan trastornado los últimos días. Dormí bastante y satisfice algunos deseos. Me levantaba muy tarde y almorzaba opíparamente en un restaurant  más cercano al hotel. Leía hasta las cuatro de la tarde en el Parque Central, comía y luego me iba a cine o a recorrer la ciudad. Un deber bastante molesto era ir a la botica a que me pusieran la inyección diaria. Un extraño insecto me había picado en Pueblo Nuevo y durante casi un mes una llaga mefítica había estado socavando mi pierna izquierda.  Aceptaba las inyecciones casi estoicamente; cada una de ellas significaba un día de libertad. No atendí las instrucciones del médico en el sentido de que volviera a consulta después de la primera inyección, me sentía bien, ninguna reacción negativa se había presentado, por lo contrario la llaga había empezado a secarse.
         Habiendo pasado cuatro días de estadía en la capital me sentía un poco aburrido, anoche me fui a recorrer burdeles. Si encontraba alguna mujer que me agradara podría ampliar mi experiencia sexual. Mi primera experiencia con la putica del Bar Tico había sido traumática e insuficiente. Tras visitar algunos lugares, llegué al Tío Sam, un sitio bastante elegante. Allí el ambiente europeo que me rodeaba y algunos tragos me dieron  ánimo para cortejar a una rubia madura y bien formada. Al llegar me había sentado en un reservado y miraba tratando de tomar actitudes de conocedor. Después de urdir el plan de acción unas veinte veces logré vencer la timidez. Invité a la rubia a bailar. Tomamos unos tragos. La gran estructura lingüística que había creado, la terrible elocuencia donjuanesca de que me creía capaz se vino abajo. A pesar de ello, forzándome al máximo, fui tomando confianza hasta llegar a la terrible proposición. La mujer, con la indiferencia de quien vende una caja de fósforos, me informó sobre el precio, el lugar y los demás detalles del negocio.
         Fuimos en taxi a su casa. En el transcurso del viaje estuve tan inquieTo que cuando llegué al lugar prefijado, estaba completamente desfallecido. Con precisión de obrero la mujer liquidó el asunto demasiado pronto. Apenas  si tuve tiempo de preguntarle sobre un tatuaje que tenía en el muslo. Me explicó que se lo había hecho el hijo de la señora de la casa donde actualmente estabámos. Más tarde me enteré con mis amigos que lo usual es  pedir repetición. Bueno, para la próxima.
         Esta segunda experiencia fue mucho más satisfactoria que la primera. Disipé ciertas dudas sobre el asunto que aún tenía, además de esto di un paso hacia el mundo de los adultos.

Marco Tulio Aguilera