CUENTOS DE INFIDELIDAD EN PUEBLA


El libro  Cuentos de infidelidad de la escritora veracruzana Leticia Luna Varela será presentado en la Casa del Escritor en Puebla el próximo viernes a las 6 pm. Los presentadores serán la periodista Alemacchia Gómez Machia (ver foto a la izquierda) y el escritor Alejandro Badillo, personajes heterodoxos e irremplazables de la escena cultural poblana.
La académica costarricense Yadira Calvo, autora del libro Éxtasis y ortigas, uno de los más lúcidos estudios de la condición femenina a lo largo de los siglos, al referirse a la obra de Leticia Luna Varela dice en el Prólogo: “A mi modo de ver,  en los   Cuentos de infidelidad, hay una voz disidente, cuestionadora,  “disgustada de la realidad”. Se trata de que, como dijo  Alfonso Reyes, a la literatura “nada que sea humano lo es ajeno, y cuanto existe es humano para el hombre”. 
Eso explica por qué nos parecen tan familiares las situaciones y personajes que discurren por las páginas de este libro: parejas basadas en la disparidad, con hombres  gozadores de privilegios y mujeres hartas de subordinaciones.  Claudio, Joaquín,  Ramiro, Patricio… escritor, juez, profesor, lo que sea, en el fondo todos pobres diablos que pierden el mundo y el amor y la paz doméstica porque, como a ese escritor  protagonista de Un matrimonio feliz, les rascan el espinazo y les hacen creer que son genios;  o porque, como Ramiro,  en Vestido negro para una noche de vendaval, ven a la  esposa “como una niña molesta” a la que tienen que mantener entretenida” mientras  ellos  solucionan “sus problemas metafísicos y trascendentales”.  Junto a estos personajes masculinos, Lina, Roberta, Petra, Bieka, Carola… no son más que mujeres defraudadas dispuestas a fingir, a buscar paliativos a la decepción en la botella de tequila, en el abrazo efímero,  en la confidencia inútil, en la paz del sueño sin despertar.  La mayor parte de ellas viven como Lina en La sonrisa de la Monalisa,  bajo el lema “no hagas lo que quieres sino lo que debes”, hasta que caen en la  cuenta de que si el deber va contra el querer, puede que no sea algo bueno.
En una clara alusión al desdichado eufemismo que denominaba “reinas” a las amas de casa, sumisas y abnegadas como querían curas y filósofos y hombres de a pie, Patricio,  en Carola, llama “reyna” a su esposa,  pero la trata como a una sirvienta según el más puro ideal comtiano de los sexos como clases: la clase afectiva, al servicio de la clase intelectual. Así, Patricio,  miembro de la primera clase por derecho de testosterona,  manda a la esposa: “Pásame unos cubiertos, reyna plánchame las camisas”. Y ella, claro, “obedece al instante” porque sabe lo que las mujeres saben.  Pero sabe  también que su matrimonio “se acabó, con Dios y misa dominical y bostezo de sermón”, aunque no se acabe oficialmente en parte porque el sueldo de ella “no alcanza”.  En consecuencia, busca un sucedáneo del amor en una aventura extramatrimonial, que tampoco alcanza para hacerla feliz y además la expone  al poder de un macho que, al más puro estilo del corrido mejicano, si la descubre,  “con la mano en la cintura y doblado de la risa” le  pegaría tres balazos”. 
Mempo Giardinelli  afirma que “el destino de un cuento, como si fuera una flecha, es producir un impacto en el lector”. Cuanto más cerca de su corazón se clave, “mejor será el cuento”.  Y para eso “debe tener la capacidad” de ser un espejo en que nos veamos.  Aceptando estas dos metáforas de espejo y flecha,  está claro que no es necesario ver nuestra propia imagen en el relato. Basta reconocer  nuestro entorno para que esa flecha se nos acerque al corazón. Por eso   Cuentos de infidelidades nos deja el recelo punzante de si será que cuando dos personas se casan,  más bien se casa solo una; de que el amor por siempre  tal vez es solo mientras tanto; y que  para las mujeres, como dice cierto refrán indio, “corazón seducido, cuerpo esclavo”.
Creo que por eso nos resultan tan familiares las esposas desengañadas de esta obra,  simuladoras de  lo que no hay,  y  los esposos dominantes creyendo ser lo que no son.  Como afirma María Ángeles Maeso, “las palabras son fuentes de visión. No crean la realidad como suponen algunos fanáticos, pero ayudan a verla”.  De hecho, hoy nadie parece dudar de que los relatos de Dickens ayudaron a ver el dolor ajeno y a sensibilizarse hacia él,  que La cabaña del tío Tom  ayudó a ver  el pavor de la esclavitud  más que muchos tratados abolicionistas. Incluso Lynn Hunt propone que las crónicas de torturas y las novelas epistolares “produjeron cambios en la vida social y política”; es decir, ayudaron a ver iniquidades, y esa visión a la larga contribuyó a extender los derechos humanos.  Y es que, como afirmaba Camus, el arte no es un gozo solitario. Es un medio para  conmover al mayor número de personas, ofreciéndoles una imagen privilegiada de los sufrimientos y de las alegrías comunes”. Por eso conmueve, por eso evoca, por eso transforma.
Pero también creemos con Mempo Giardinelli,   que escribir un cuento es “como  tirar una botella al mar con un mensaje adentro; hay que hacerlo con fe en que alguien lo recibirá”. En verdad, con esa fe de mensaje embotellado se escribe siempre cualquier cosa que se escriba; con esa fe se publica, y, en el caso de obras como esta de Leticia Luna Varela, posiblemente también  con la esperanza  que encierra  aquella frase de Bertolt  Brecht: “Puesto que las cosas son así, no deben seguirlo siendo”. 
                                                           Yadira Calvo, Universidad de Costa Rica

Marco Tulio Aguilera