ASCO, DON JUAN SIN MÁSCARA

Espulgo unas frases de la biografía de Camus. Las hago mías:
“--¿Dios existe?
--No.
--Entonces todo está permitido”.
(De  Los hermanos Karamazov).
Camus: “No tenía a nadie a quien leerle una línea”. ¿Tengo que decir que me sucede lo mismo. Pasan semanas sin que nadie me llame por teléfono. Cuando cumplo años nadie me felicita. En el correo electónico no hallo sino basura. No visito a nadie. Nadie me visita. Decir que soy antisocial es un elogio.
Camus: “Para escribir se necesita un corazón puro”.  ¿Habrá, alma mía, corazón más contaminado que el mío?
Camus: “Cómo ser popular sin caer en la vulgaridad”.
Libreta de 1980.  Demasiado sexo: Concha, Bárbara, Yoya (sexo sucio), sueños perversos. Me aburro a mí mismo. Me doy asco. ¿Será que sólo tengo cabeza para  eso? Salto páginas. Coleccionista de mujeres como don Juan, como Camus, como Sade, como casi todos los hombres. ¿Qué hay de original en eso? Repito los argumentos de doctor Faustus: X detiene el flujo desordenado de mujeres fugaces, pone orden a mi vida, menosprecia mi arte, mis artes, mis malas artes. Yoya, machorra, sexo sucio, sólo goza cuando tiene aplastado al hombre mientras tañe su badajo con dedos de guitarrista y grita vulgaridades y  al final, casi frotándose las manos, dice, ya me eché otra guitaver al útero. Me pregunto cómo me pude rebajar a someterme a los dictados de semejante engendro. Ahora un asunto grave que debo afrontar: no debo ensañarme con los demás, con las mujeres que se me atraviezan en el camino, no debo situarme en una atalaya de asceta justificándome con argumentos, con falacias: que soy un santo varón estudiando los pecados del mundo, que soy un estudiante de la realidad, que soy un artista al que le está permitido todo, que de alguna manera soy dios de mi mundo, me apropio de él y hago lo que quiero. Según Bárbara soy un coleccionista, no me doy ni me entrego, todo lo contemplo desde afuera. Según Shaka practico una especie de culto a la experiencia similar al de los alemanes. Dice Bárbara: terminarás loco, te suicidarás, algún macho ofendido te va a asesinar, pero eso sí, no vas a terminar bien. Coneturo, usando las palabras y la actitud de Borges, que llegaé a ser un anciano bondadoso, querido y admirado por muchos, lleno de vigor, conservando, claro está, mi forma de ser cáustica, irónica o tal vez elevándola hasta lo insoportable. Y con horror y casi repugnancia me doy cuenta que comparto con Yoya varias actitudes: rindo culto a mi propio cuerpo, soy agresivo, evito involucrar mis sentimientos y le doy mucha importancia a los números: el número de yogadas, la amante número X, cuántos encestes  emboco, cuántos escalones hay. ¿Me atreveré a decir que soy un hombre bueno? Mientras leo tendido de espaldas, sobre mi pecho, se instala a dormitar Mishkin, mi gato, con los  ojos entrecerrados y su posición de esfinge, asiste a mi actual delirio chejoviano. Si esto no es intimidad, ¿qué podría serlo? Explico: en la vida tengo periodos. El actual es el que he dedicado a Chejov: recuerdo periodos de Henry Miller, Thomas Mann, Henry James, Rubem Fonseca. Todo lo anterior es síntesis de la libreta del 80. Mi gato actual se llama Luca, perdió un ojo en un enfrentamiento con el gato vecino (al que llevo varios días atisbando: tengo una resortera, cauchera lista, con una piedra que  le ha de romper su malhadada cabeza: desde la azotea vigilo: ya dos veces le he disparado, sin éxito).

Marco Tulio Aguilera