EN EL BAÑO

De mi Libreta de Contabilidad 1982. Nos metimos en la regadera. Permanecimos bajo el agua, yo con mi rostro encerrado en su guarida, sentado en el suelo del baño mientras Periquita estaba de pie, me lavó concienzudamente con Jabón Místico (que en realidad olía a Jabonsote, el que uso para lavar la ropa). Al despedirnos le dejé como recuerdo la manija ya inútil de la ventanilla de mi VW. Ahora, a las cuatro de la mañana escribo esto. Periquita ira a visitar hoy a su san Juan Bautista a la cárcel de Pacho Viejo.
                Y esa fue la primera y última vez que se dejó ver. Cuando regresé a su casa varios días después no quiso abrir la puerta. Y sólo me quedan retazos de sus palabras:
                --Yo he logrado eliminar por completo el sentimiento de culpa. Gozo con lo que me gusta y a la hora que quiero. Soy dueña de mi cuerpo y domino mi espíritu. Ahora estoy en la etapa del Siddharta que está estudiando los placeres del cuerpo.
                --No tengo metas. No me interesan. Quiero ser mediocre, una persona común, sin importancia. Sólo quiero ser feliz y hacer felices a mis amigos.
                Vive sola, trabaja en un periódico, actúa en papeles secundarios en obras universitarias, huyó de su casa a los quince años, vivió con el compositor de la sinfonía un año y con el pianista ruso dos meses. Dice que la primera vez que estuvo con san Juan Bautista hicieron catorce horas seguidas el amor. Habla de su coño como si se refiriera a una plancha super automática o a licuadora de varias velocidades. Dice cuando mi coño no quiere, no se moja por nada en el mundo. O mi coño sólo suelta su juguito cuando hay cariño y atracción física. Es chistoso oírla hablar así: su aspecto es el de una ingenua muñeca japonesa. Habla con un ceceo infantil. Quién iba a suponer que tras la máscara de adolescente casi impúber (debe de tener más de veinte años pero viste con perversidad de niña de monjas que al salir a la calle se sube el dobladillo de la falda hasta medio muslo y se cala medias calcetas de payaso hasta las rodillas) se ocultaba esa avidez erótica casi ninfo. Recuerdo que al final del segundo acto me apretó la bombardina como nadie lo había hecho. Me sometió a una opresión larga y dolorosa, de la que no podía liberarme. Su amor fue muy diferente al amor de Rowena que fue toda dulzura o al de la señora X, de una morbosidad terrible o al de la princesa totonaca que le sucedía casi de perfil, de soslayo, mientras recurría a gran cantidad de blablablá insustancial, al que le daba una importancia verdaderamente insufrible.
                Y eso fue todo con Periquita. La usé como personaje secundario en las aventuras del Doctor Amóribus. Fue una especie de amor de caricatura. Parecido al amor de Shaka la polaca adicta a Chopin.

Marco Tulio Aguilera