SUCEDIO EN EL HOTEL TEQUENDAMA (MÁSCARA...)


Tras las deliberaciones en Cali, nos trasladamos al Hotel Tequendama en Bogotá para las ruedas de prensa. Allí se me adjuntó una chiquilla: regordeta, rubia, descaradilla, se prendió de mi brazo, después de una reunión de los escritores con los alumnos del Colegio Stella Maris, yo ya leí tu novela, Marco, y me gustó, sabes, yo quiero ser escritora, me sorprendió la confianza con que me trataba, Donoso me miraba entre extrañado y pícaro, ay, Garañón, caes en cualquier trampa, la verdad yo no sabía qué pensar, tenía algo de ninfa escapada del ninfario, apenas acababa MT de liquidar el asunto con Alejandra (le regalé mi placa de oro y le dije adiós, como hacía tantos, ¿cuántos años?, quizás  cinco años, cuando salí de Colombia rumbo a Lawrence) y ya tenía a esa infanta como pez piloto, hacía latir sin duda el corazón escondido de aprendiz de sátiro, no sé si ya había inciado sus primeros ardores pero se portaba como una Mesalina, y cuando terminó el evento me despedí de todos, pensando que la criatura aceptaría la despedida, cosa que no sucedió, tomada firmemente, casi de manera conyugal de mi brazo, ella también se despidió de todos, y ahí me ven, al honorable miembro del jurado del Concurso Jorge Isaacs, tomando el elevador con la dulce e inquietante compañía de esa que aún no llegaba a su plena madurez. Lo primero que hizo al entrar a la habitación de cinco estrellas del Hotel Tequendama fue decir casi esquemáticamente, por fin solos,  se despojó de su exclusivísim blazer Liz Clairbone, quedando en una tenue blusa que más que velar destacaba el latir de su seno frutal y en una breve falda sastre de tablones escolares que no llegaba a cubrir el inicio de sus largas medias caladas, se deshizo la trenza única, lanzó las zapatillas de medio tacón contra las profusas lámparas sin atinarle a ninguna (por suerte, me dije, adivinando ya desde ese momento que el lío era más grande de lo que había imaginado). ¿Y qué hizo después? Comenzó sacar cosas de mi  maleta y a arrojarlas sobre la cama mientras musitaba ajá, lo suponía, claro, prefectamente previsible (así dijo, prefectamente previsible), parecía medio sonámbula estar buscando algo muy previsto, y cuando halló precisamente la libreta de la que estoy copiando este texto y cuando vio  en la primera página Diario del 18 de mayo de 1982 al 1 de marzo de 1983, dijo caricaturescamente ¡eureka!, y comenzó a leer. ¿Qué hacía MT en ese ínterin? Naa, absolutamente nada, nada más que mirarla. Se sentó frente al espejo, al lado de la ventana y leyó en voz alta: “Primavera del 82: Sólo escribir en el momento en que sienta la absoluta necesidad. Sólo escribir lo que me produzca sentimientos intensos de nostalgia… Yo siempre estoy dispuesto a pelear. Sólo falta que encuentre a una persona que quiera hacerme frente…Dijo que el problema era que mis personajes no existían. Que sólo yo hablaba… En casa de Bárbara Bláskowitz hubo tragedia sentimental… Me encontré con Concha Chacón, mi princesa papanteca. El espectáculo natural de sus saludables tetas no podía ser ocultado por la armadura casi medieval de un heroico portabustos… Esperar que de la oscuridad, a partir de una chispa, se abra la ventana que me permita acceder al mundo nocturno. .. 5000 metros planos en 21 minutos 54 segundos”. Y aquí gritó, ¡vaya, un superhéroe!  Y siguió leyendo: “Mi imaginación, en general loca, se ha desbocado. Pienso que soy la gran figura de la literatura latinoamericana… Me lavé la picha con aceite La Patrona”.  (¡Comienza la acción!, exclamó). Luego leyó los fingimientos de amor con Rowena Sunset Peláez (¡El diablito tiene su corazoncito!, gritó). Después de dos horas de lectura solamente interrumpida por las exclamaciones volteó a mirarme y dijo: ¡Que mujeriego, Dios mío, qué mujeriego!, se cubrió el pecho con las manos y dijo teatralmente, mirando a todos lados como la ratita que busca escapatoria, ¿ahora quién podrá salvarme? Luego compuso el gesto y asumiendo el papel de diplomática investigadora preguntó: ¿Le molesta al señor escritor que siga leyendo sus intimidades? Fingí indiferencia: La criaturita puede hacer lo que se le dé la gana, siempre que salga de esta habitación antes de que lleguen las autoridades y me acusen de estupro. Entonces leyó, ahora de forma melodramática el reencuentro con Alex, Alejanda, el relato de la pérdida de su pecho izquierdo, el sufriente acto de amor o barata nostalgia en el Hotel Intercontinental Cali, y comenzó poco a poco a ponerse seria, tan seria que terminó llorando: ¡Cómo pudiste hacerle eso a Alejandrita! Eso fue un acto atroz, escritor, pero ¿sabes qué es lo peor? Que hayas querido pagar la destrucción de su vida con el símbolo de tu gloria literaria. Era el momento de acercarme a ella y explicarme, explicarle. No me toques, no me toques, eres malo, dijo. Permaneció un rato respirando profundamente, luego rió de manera desaforada (ese fue el momento en que pensé que me hallaba ante un caso que ameritaba atención psiquiátrica, y qué hice? En lugar de llamar a la recepción a pedir que se llevaran a una loquita que se había metido a mi cuarto, me dediqué a exhibir mi corazón de Doctor Amóribus, consultor erótico y sentimental.  Cuando estuvo tranquila permitió un fraternal acercamiento, un leve beso en las mejillas,  le acaricié la rubia cabellera y entonces dijo: ¡Alto ahí, Micifus! A partir de ahí no supe qué hacer y dejé que  el asunto siguiera los cauces que el destino quisiera. Señor, dijo, quiero hacerle una solicitud antes de retirarme. Claro, hija, claro (era evidente que podría ser mi hija: ella 14, yo 33, como en una canción de Leonardo Fabio). Quiero que el señor me deje escribir unas paginitas en el libro de su vida. Interpreté sus palabras metafóricamente y ello me llevó a la siguiente conclusión: Ahora sí estoy metido en el lío fundamental, el nudo gordo. Pero no: lo que quería era escribir en mi libreta de contabilidad, escribir literalmente. Y esto escribió. Voy a sintetizar: La noche transcurría ineluctablemente y el ambiente se hacía pesado…El cobarde trataba de tocarla pero ella seguía rígida. Le acariciaba el cabello como de trigo limpio… Se miraban al espejo, él le acariciaba las mejillas con el dorso de sus dedos, ella hacía mm, mmm, mmmm, jumm Ella comenzó a pensar que aquello era un sueño. Se asomó a la ventana y pensó qué hermoso será pararme en el borde, abrir los brazos y volar. ¡Suicidio, Supermán, sálvame! Adorminscrowldt! Me llamo la Reina Cristiana y no haré travesuras.  Hablaron de hacer el amor y no hicieron ni mierda. Ella prented la TV y él busca otras cosas que hacer, ya no quiere acercarse, está asustado, quiere que la princesa abandone el templo, ya no quiere salvarla de su espantosa virginidad. ¡Mujeriego! ¡Dios mío, qué montón de mujeres! Alguien debería decapitarle su mala cabeza. Ella se dio un lívido baño, abrió las llaves de la tina, al tina se llenó de H2O caliente, morirá la hetaira sagrada como los nobles romanos. Se desnudó. Vio a través del sutil vapor que el hombra la miraba haciendo rebotar su imagen contra el espejo, se sumergió comenzó a soñar que un hombre con dientes separados, barba y anteojos le hacía el amor, se miró desnuda bajo la insuficiente complicidad del agua que la hacía MÁS  gorda, el hombre se convirtió en agua y le hizo el amor y ella, la princesita, sintó un cataclismo tan terrible que estuvo al borde del desmayo y tras él sólo le quedó un ardor espantoso en el cuerpo, la taquicardia y la angustia. Jesús, no quero arrepentirme de las cosas que hago pero tampoco quiero arrepentirme de las que no hago. El hombre seguía sentado frente al espejo. Ey, my friend, qué se siente tener a lady Godiva en un cuarto del Hotel Tequendama y no poder hacerle el amor. ¿Por qué.por qué no entenderá que no puedo, no puedo aunque lo deso. Si lo hiciera sólo lograría sentirme basura y lo más posible sería que intentara de nuevo suicidarme.

Marco Tulio Aguilera