SOBRE EL AMAZONAS Y MI GATO LUCA

20 de junio de 2012.  Sentado en la antesala de la Fundación Amigos de los Animales a la espera de que llegue la veterinaria que le ha de extirpar un ojo  al querido Luca, nuestro gato de tres meses, que fue arteramente atacado por el gordo gato gris de doña Nila, nuestra vecina cascarrabias. ¡Ah, pero que se guarde don gato gordo de ponerse al alcance de mi cauchera! No se crea bestia infame que carezco de experiencia en esto de escarmentar gatos insolentes, agresivos e insoportables. Hace veinte años le levanté de una pedrada un chichón en plena frente a un gato vecino, siamés el maldito, que se empeñaba en no dejarnos dormir. Mientras espero a la veterinaria,  escribo, ¿qué? Sobre el origen de Agua clara en el Alto Amazonas.  A la base de la novela está mi ya vieja obsesión por el agua más clara y salvaje que se encuentra lejos de la escoria ciudadana. También la idea de que algún día me gustaría entrar en una selva y desaparecer del mundo. En uno de mis viajes a Colombia, tal vez en el 2008, asistí a una reunión de amigos de mi hermana Elizabeth, La Nena, única mujer de la estirpe Aguilera Garramuño. Huraña al mundo de las convenciones, ecologista, bióloga, doctora, ciclista de montaña,  amiga de todo lo que encuentra de original y diferente, ha huido de los hombres durante casi toda su vida y cultiva un género de amistades que podríamos llamar heterodoxas. Vive en un apartamento en la Unidad Residencial Antonio Nariño en el que mantiene una limpieza de quirófano y un orden militar, de modo que los visitantes tienen que sujetarse a una serie de reglas ya conocidas e inflexibles. De todos los asistentes me sentí particularmente atraído por un hombre de larga barba blanca, ojos claros y permanente ironía, que me fue presentado con el pomposo nombre de Emperador de la Amazonia Colombiana, lo que, naturalmente, terminó por reconcentrar mi interés. Tras compartir un par de tragos de Aguardiente Blanco del  Valle, dejé salir mi síndrome de escritor, esa insaciabilidad bastante evidente que puede llegar a ser molesta. Comencé mi indagación con delicadeza mediante casi indirectas preguntas y cuando ya sentí que había la suficiente cercanía le dije, ah, Pedro Botero, no dudo que en tus andanzas por las selvas tengas muchas historias que contar, sí, claro, ¿y alguna historia de amor? ¿digamos con una indígena? No, mi amigo, no, soy hombre serio, respondió lacónico. Vaya modestia, Botero, dijo la Nena, quién sino Pedrito ha peinado el territorio del Trapecio Amazónico , cultivando una amada en cada maloca, ¿o no, Pedrito? No, claro que no, yo soy un eremita, un abstemio, un cenobita, dijo con ojos bandoleros. Y además un mentiroso, Pedrito, a ver cuéntale a mi hermanito escritor tus andanzas. Siguió insistiendo en su temperancia y sobriedad, al tiempo que ingurgitábamos e insaculábamos licor,  yo con bastante parquedad , hasta que finalmente ante la reiteración de mi pregunta, terminó por revelar que sí, sí había tenido un romance gitano, eso dijo, un romance gitano, con una indígena huitota. Entonces fue cuando me quité la máscara y dejé ver al mercenario de historias que llevo integrado: Mira, Pedro Botero, te propongo un trato: nos encerramos lejos del mundanal tú y yo para que me cuentes con detalle tu historia, yo la escribo en mi libreta mágica, y a cambio de tus confesiones te regalaré una colección completa de mis libros. Trato  hecho, nos aislamos de la reunión de heterodoxos y estuvimos varias horas, él hablando (respondiendo a mis preguntas, describiendo a la huitota, recordando) y yo escribiendo febrilmente. Al amanecer nos separamos. Me invitó a ir a su rancho en Villavicencio. Acepté su invitación. Allí continuaron sus historias: la de la indígena arrecha que se hacía feliz con un molinillo de chocolate, la del narco que perdió a su indígena amada por andar en sus trasiegos millonarios, la de la boa que se tragó a un hombre al que rescataron vivo después de 24 horas de estar en el vientre del animal, la del piloto que cayó con su avioneta en el más profundo Putumayo y duró vivo varias semanas atrapado por las latas de la nave, siendo comido por toda laya de alimañas hasta quedar en los puros huesos y sin embargo, ¡vivo!, fue encontrado, lo llevaron a la ciudad de Leticia, donde desde entonces se ha dedicado a limpiar el mundo a cambio de comida y refugio, que le dan todos con gusto mientras recuerdan su solitaria epopeya. En otra libreta tengo memoria de mi estancia en el rancho de Pedro Botero. Espero encontrarla y reproducirla.  Cuando regresé a casa escribí la historia, las historias de Pedro Botero, sentí que aquello no era suficiente, de modo que me di a la tarea de leer libros sobre la Amazonia, y más aún busqué la forma de escaparme de mis compromisos en la Universidad para hacer un viaje a Leticia e internarme en la Amazonia Colombiana. De ese viaje hice una crónica que fue recogida en varias revistas de México, Colombia y Estados Unidos. Y en una ocasión, llevado por uno de esos arrebatos formales que ni yo mismo entiendo, decidí fundir las tres experiencias (relatos de Botero, lecturas y crónica de viaje) y configurar una novela que fue la que finalmente alcanzó su publicación en la Universidad de Puebla. Pero antes recibió lo que he llamado cinco casi-premios: fue finalista en el Premio Juan Rulfo de París y Radio Francia Internacional así como en el Latinoamericano de Cuento de Puebla y en el Concurso Nosécuántos de España y recibió Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Novela Corta Rosario Castellanos. Ya lo he dicho: me han dado bastantes premios, ninguno verdaderamente cuantioso y con ellos he complementado mis sueldos y los de LL para tener una casa de modesto imperio romano, un par de autos que funcionan y algunos viajes. Nada extraordinario pero en general lo suficiente para ser feliz o por lo menos para no tener mucho que pedirle al mundo.
Todavía no ha llegado la veterinaria. Seguiré esperando. El pobre Luca, con su ojo podrido casi colgando fuera de su órbita, yace en su caja a la espera de su operación. Finalmente salió, parchado el pobre, y dormido por la anestesia.

Marco Tulio Aguilera