LA LISTA DE DON JUAN (MÁSCARA FRENTE AL ESPEJO)

Y considerando el momento actual, lunes 14 de mayo a las cinco de la tarde, en el que he dado vueltas y vueltas de perro sin echarme a escribir desde el sábado, en el que más que escribir copié de mi blog, he de decir que sí, soy muy perezoso. Privilegio todo antes que escribir: ir al básquet, donde me lesioné por jugar bajo la lluvia, hacer trámites  del coche, leer Correr el tupido velo, de la hija de Donoso, leer Doctor Faustus, echarme en la cama a dormir horas y horas escuchando conferencias sobre el origen del universo, todo lo privilegio menos escribir. Tragedia: al gato Lucas, mascota de mi querido Gato, hijo menor, el feroz gato de nuestra vecina doña Nila le sacó un ojo. Nunca había visto al Gato tan conmovido, ni siquiera cuando a LL le sucedió lo peor. Mi máneger y mi hijo llevaron a Lucas al hospital veterinario. He estado aplazando lo que podría llamar las dos genealogías, que corresponden a dos tiempos históricos en mi vida: AdSL, y AdLL.  Mujeres amadas  iba a iniciar así: Antes de que llegara a mi vida la serpiente Nayaca pasaron por mi vida gran cantidad de mujeres, criaturas aladas, pequeños engendros, angelitos maquillados, insaciables entidades, auténticas o fingidas ingenuas: de las que recuerdo a… a La Cabezona, querida y chispeante mujer casi adolescente, que en una parada de autobús tomó mi mano y la puso sobre su hermosísimo seno y me dijo, ¿sientes como palpita mi corazón? (ay, y ese mismo seno sería extirpado muchos años más tarde y a mí me tocaría palpar su ausencia, precisamente por los días en que compartía hotel con José Donoso, ¿año 1985? );  la deliciosa mulata María Elena, con la que remontábamos el río Pance hasta quedar solitarios y desnudos horas y horas en sesiones maratónicas de limpio sexo (nunca hablamos de amor y creo que eso nos facilitó liberar las energías de los cuerpos sin reconcomios); una niñita que tendría catorce o quince años y que me visitaba en el apartamento en el segundo piso del Grill Las Escalinatas: rubia, ligeramente regordeta, en apariencia inocente pero en realidad calculadora, guardaba su tesorito pues sabía que de él dependía su futuro, sólo permitió puros besos y besos y besos puros y nunca pude ponerle las manos encima; otra niñita, esta sí abiertamente perversa, que siendo novia de mi hermanos Moris, comenzó sus jugueteos con los otros cinco hermanos, se encerraba con el terribón de Sergio, de casi dos metros de músculos, una toalla apenas amarrada a su cintura y allí, etcétera, no sé, de lo que sí tengo memoria es que en un parque,  a plena luz del día, solamente soslayada por un arbusto flaco, sacó mi artillería y le dio cariños y mimos; ¿quién más? Ah, Marilú Ostertag, alta como un junco del Nilo, bella como un engendro del Greco y Cot, si tal cosa fuera posible, sabia en psicologías, nos conocimos en la Biblioteca de la Universidad del Valle en San Fernando, le escribí una carta, la califiqué como Minotauro Estético, belleza que embiste, y  a partir de entonces santificamos todos los espacios de la ciudad de Cali con besos, besos, besos, hasta que  me enteré que se iba a casar con un gringo panzón que siempre vestía ropa deportiva. ¡Ah! Carmen, la vendedora de dulces, que tenía su puesto de ventas a la entrada de la residencias universitarias y con la que batimos el record al hacer trece veces el amor en un fin de semana, mientras su hijo, de tres o cuatro meses de nacido, dormía a nuestro lado. Recuerdo que Carmen cantaba yo soy rebelde porque el mundo me hizo así, porque nadie me ha tratado con amor. Hubo otras: Heddy Honigman, poeta peruana, espantosamente fea, con una pelambre aparatosa, que tras un acto de adoración en nuestro primer encuentro en el Hotel San Francisco en Bogotá, quedó perlada de perlas (y dejemos así la redundancia, pues me parece que da cuenta de lo poco místico o romántico de la escena). ¿Hay más? Por el momento no llegan, pero llegarán.
Para terminar les ofrezco un link de un artículo de MT en Newsweek en  español http://newsweek.mx/index.php/Omnivoro/william-ospina-cronista-de-la-amazonia.html

Marco Tulio Aguilera

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