EL EGO, EL MACHO DEPREDADOR Y HAWKING (MÁSCARA)


Hoy: camino como señora que acaba de salir de parto, mis dos manos en la región lumbar. El viernes pasado jugué bajo la lluvia y el domingo fui a jugar ya con el dolor de ciática. ¿No entiendes que ya tienes 63 años, Garrik? (La rafflesia arnoldii, es popularmente conocida como flor-monstruo. Se encuentra en las selvas de Sumatra, sus pétalos llegan a tener de un metro y a  pesar hasta un kilo. Otro buen nombre para La Nauyaca). Todo quedaría en una presunción de macho depredador si yo (o mi protagonista, Ventura) no hubiéramos tratado de encontrarle un sentido, el sentido, a la especie de manía coleccionista de mujeres, en general ejemplares raros, pero (creo) no fue algo tan elemental y digno de un macho inmaduro o adolescente con sueños de don Juan: se trataba más en el fondo que en la superficie, de encontrar algo como un big-bang, un suceso trascendente, fundacional o una ruptura en mi vida, algo que me sacara del natural narcicismo que ha regido mi vida: encontrar en el mundo que existe algo fuera, algo allende mi persona: no solamente un  reflejo digno, a mi altura o quizás mejor, sino un ser, un ser exterior, una estrella de magnitud suficientemente poderosa como para que yo, el gran ego, pudiera girar en torno a ella y sin embargo seguir conservando mi esencia, mi ser espiritual, en síntesis, buscar el amor, que si  mueve el cielo y las estrellas también debería moverme a mí, que por más grande que me crea, debo reconocerme parte de la enorme inconmensurable creación. El universo, dice Hawking, tiene miles de millones de galaxias en las que hay miles de millones de estrellas en torno a las cuales giran miles de millones de planetas. Y esto es lo que podemos saber hoy de alguna manera: falta saber que si existen miles de millones de universos paralelos en los que acaso se repliquen con ligeras variaciones cada uno de los seres que habitamos en este universo contingente en el que nos ha tocado vivir.


Marco Tulio Aguilera

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