CONTRAPARADOJA (SIN MÁSCARA...)

El día que me quise morir: la contraparadoja. Anoche después de buscar mi auto durante varias horas tras salir de la FILU, caminar y caminar repitiendo, fatigando, diría Borges, las mismas calles, decidí llamar a mi esposa y confesarle: Peque, creo que me robaron el auto. En realidad el que respondió el teléfono fue el Gato, quien sólo respondió, ah, sigue buscándolo, pa, seguro olvidaste dónde lo dejaste estacionado, y siguió mi Gato jugando su maquinita de matar orientales. Quién era, preguntó L, mi papá, dice que perdió el coche, y siguió jugando a matar orientales (el Gato ya consiguió trabajo: es cajero de Bancomer, se levanta temprano, no desayuna, regresa a casa a las seis de la tarde, come cualquier cosa y sigue jugando a  matar orientales hasta que le da sueño). L sí calibró la gravedad del asunto (no porque hubiera perdido el coche, sino porque ese hecho podría hacer que se me botara la canica de nuevo, dijo), me urguió a  que pusiera la denuncia inmediatamente, a lo que respondí mejor me ayudas a buscarlo otro rato y, claro, no me lo habían robado, simplemente estaba a la vuelta de la cuadra, tan inocente mi cochecito rojo. L suspiró, cada vez peor, dijo, ya viene el señor Alzaimer. No, le respondí, amada dama: el caso es que soy como Albert Einstein, que se encontró a su hijo en el metro de Nueva York y le preguntó cómo te llamas. Ya enfundados en mi flamante Polo, cuarenta mensualidades de 5000 pesos, fuimos a celebrar el hallazgo al Ixtacamaxtitleco y estando sentados engullendo una generosa ración de tacos de chicharrón, que veo a mi dueña alzar las cejas y mover las órbitas de sus ojos, pupilas incluidas, con un rumbo bien determinado, gesticulación que no entendí hasta que ella dijo ya de plano obvia: ¿No lo reconoces?, enfilé mis ojos hacia donde apuntaban los suyos y vi a mi querido psiquiatra, el doctor Morales, el que me sacó del segundo hueco (aunque el mérito mayor fue de L, quien me dijo: ¡Ya  no más antidepresivos, ansiolíticos, calmantes, cabroncito, pórtate como hombre!): estaba mi loquero con su facha bastante deplorable, mal vestido, poca elegancia, los mismos zapatos con suela de hule, hasta con aliento alcohólico (eso me lo descubrió L después), lo saludamos y le dije ¿recuerda doctor que estaba escribiendo una novela sobre mi caso? Sí, me respondió, me mandaste el archivo y lo leí. Pues esa novela va a estar dedicada a usted. Sonrió tenuemente, como el que ya no espera alegría alguna de la vida. No sé por qué de pronto L trajo a la mesa de tacos un recuerdo: Una vez Marco estaba sentado a la mesa del comedor, con la cara entre las manos y los codos sobre la tabla, diciendo me quiero morir, me quiero morir,  entonces, dijo mi dama, yo traje el polvo matarratas, coloqué un vaso de agua y le dije, pues si te quieres morir, prepárate un trago, te despides de mí y te lo despachas. ¿Y qué cree que hizo  Marco, doctor? Me dijo: ¿de veras quieres que me suicide?, y yo le respondí, no querido, el que se quiere morir eres tú, así que adelante, al cliente lo que pida. Marco estuvo mirando el vaso un rato y luego dijo: la verdad es que no me quiero morir, nada más quería saber qué ibas a hacer, quién soy yo para oponerme a la voluntad de un genio como tú, concluyó la sabia terapeuta, más sabida que quince doctores de la ley. El doctor Morales volvió a sonreír débilmente y dijo: eso es lo que en psiquiatría llamamos antiparadoja.

Marco Tulio Aguilera

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