DIARIO DE UN ESCRITOR SUS 17 AÑOS (MÁS MÁSCARA)

Capítulo XXII del Diario de ¿1966?, San José, Costa Rica.Hoy cumplo 17 años. Después de la consulta retornó la tranquilidad a mi espíritu, que se había visto tan trastornado los últimos días. Dormí bastante y satisfice algunos deseos. Me levantaba muy tarde y almorzaba opíparamente en un restaurant  más cercano al hotel. Leía hasta las cuatro de la tarde en el Parque Central, comía y luego me iba a cine o a recorrer la ciudad. Un deber bastante molesto era ir a la botica a que me pusieran la inyección diaria. Un extraño insecto me había picado en Pueblo Nuevo y durante casi un mes una llaga mefítica había estado socavando mi pierna izquierda.  Aceptaba las inyecciones casi estoicamente; cada una de ellas significaba un día de libertad. No atendí las instrucciones del médico en el sentido de que volviera a consulta después de la primera inyección, me sentía bien, ninguna reacción negativa se había presentado, por lo contrario la llaga había empezado a secarse. Habiendo pasado cuatro días de estadía en la capital me sentía un poco aburrido, anoche me fui a recorrer burdeles. Si encontraba alguna mujer que me agradara podría ampliar mi experiencia sexual. Mi primera experiencia con la putica del Bar Tico había sido traumática e insuficiente. Tras visitar algunos lugares, llegué al Tío Sam, un sitio bastante elegante. Allí el ambiente europeo que me rodeaba y algunos tragos me dieron  ánimo para cortejar a una rubia madura y bien formada. Al llegar me había sentado en un reservado y miraba tratando de tomar actitudes de conocedor. Después de urdir el plan de acción unas veinte veces logré vencer la timidez. Invité a la rubia a bailar. Tomamos unos tragos. La gran estructura lingüística que había creado, la terrible elocuencia donjuanesca de que me creía capaz se vino abajo. A pesar de ello, forzándome al máximo, fui tomando confianza hasta llegar a la terrible proposición. La mujer, con la indiferencia de quien vende una caja de fósforos, me informó sobre el precio, el lugar y los demás detalles del negocio. Fuimos en taxi a su casa. En el transcurso del viaje estuve tan inquiero que cuando llegué al lugar prefijado, estaba completamente desfallecido. Con precisión de obrero la mujer liquidó el asunto demasiado pronto. Apenas  si tuve tiempo de preguntarle sobre un tatuaje que tenía en el muslo. Me explicó que se lo había hecho el hijo de la señora de la casa donde actualmente estabámos. Más tarde me enteré con mis amigos que lo usual es  pedir repetición. Bueno, para la próxima. Esta segunda experiencia fue mucho más satisfactoria que la primera. Disipé ciertas dudas sobre el asunto que aún tenía, además de esto di un paso hacia el mundo de los adultos. Los últimos días de mi permanencia los pasé abatido pensando en la perspectiva de dejar la civilización para volver a la montaña.    El regreso a Pueblo Nuevo se me hizo muy doloroso, atrás dejaba las comodidades de la ciudad y los pequeños placeres que hicieron de la semana de convalecencia una semana fuera del tiempo. Varias veces en mi vida he hecho esto, dejar todas las responsabilidades a un lado, simplemente dormir y dejar pasar el tiempo. Era un placer casi morboso el pensar qué estaría sucediendo allá en Pueblo Nuevo, cómo se estarían los maestros afanando para dar sus clases, comiendo frijoles, durmiendo sobre tablas, alumbrados por velas, con el olor a tierra mojada y estiércol entrando por la ventana. Me alegraba el hecho de haber superado esta situación de angustia y de sentirme sano. En el camino hacia el pueblo recordé que ya no comíamos solo frijoles sino que teníamos una sirvientita indígena que nos cocinaba cuanto queríamos. Asociada o más disociada de la idea de los frijoles estaba la figura de Mercedes, rebosante de campesina frescura, todas las mañanas desde las cinco en sus ajetreos cocinando el desayuno y haciendo todas las labores. El recuerdo de esta novedad en la monótona vida de la escuela, agregado a otros sueños y perspectivas se fueron acumulando en mi mente, hasta formar una reserva de optimismo, que culminó con mi alegre llegada al lugar. Ni las recriminaciones del director de la escuela por el tiempo perdido, ni la llamada de atención por parte del jefe de la junta, León Víctor, ni las maliciosas alusiones de Layo fueron suficientes para hacer desfallecer el alto espíritu que traía. Las semanas de agosto transcurrieron alegres. Otro factor que hacía más llevadera la vida en el pueblo era la costumbre  del director Neftalí de viajar a poblados cercanos a emborracharse. Durante los primeros meses del año el director cerró la escuela todos los viernes a las tres para ir a  tomar desde esa hora hasta las primeras horas del lunes en la cantina de León Víctor. En esas ocasiones yo tenía que desaparecer si no quería soportar las necedades de este hombre que cada vez me parecía más desequilibrado. Libre de la presencia molesta de Neftalí podía dedicarme a disfrutar de la generosa soledad que si en un tiempo se me hizo insoportable ahora se me antojaba imprescindible (la presencia de Mercedes, que se entreveía por las junturas de las paredes de la cocina en las madrugadas, se me antojaba deliciosa. Su gracia, esa diligencia  llena a la vez de humildad y picardía me tenían cautivado. Por una generosa casualidad los utensilios de la cocina los guardábamos en mi habitación. Debido a esto ella todas las mañanas entraba sigilosa tratando de no despertarme. Los fines de semana, aprovechando la ausencia de Neftalí, yo hacía ejercicio sin las enojosas y eternas palabras “¿ya estás haciendo tu gimnasia matutina?, hombre, no despilfarres tus energías, guárdalas para algo más provechoso” y como siempre yo le tendría que responder con sarcasmos “tan provechoso como tomar guaro terminar dormido sobre el vómito”. Yo estudiaba francés,  jugaba futbol con mis peores harapos o me iba a bañar desnudo quebrada arriba. Como es natural, en los ratos de ocio la fantasía, la mejor compañera del hombre, me hacía compañía. Con la felicidad de un niño de seis años me dejaba enmarañar dentro de mis laberintos: ¿Qué pasaría si....? La presencia de Mercedes, quien se entreveía por las junturas de la pared de la cocina durante las madrugadas, me mantenía en constante emoción, en una especie de deliciosa expectativa. Tendría acaso trece años, trabajaba  con una diligencia llena a la vez de humildad y de alegría. Su forma de dirigirse a mí, entre respetuosa y pícara, la hacía fuente de mis fantasías. Usualmente al abrir la puerta de mi cuarto se quedaba un segundo en el umbral. Yo simulaba estar dormido. Entreabría los ojos y la observaba. Cuando yo “despertaba” ella sonreía. Esta sonrisa matinal me tenía problematizado, ¿era algo natural?, ¿sería más bien una invitación? En mis divagaciones esta segunda probabilidad era más factible. ¿Y si yo me atreviera a decirle algo? Seguramente que ella no se enojaría. Lo más probable es que esto fuera lo que ella estuviera esperando. Pero si por el contrario yo estuviera interpretando mal, me vería en un lío de descomunales proporciones. Ya imaginaba el discurso de Neftalí, el señor de la moral oportunista: “El maestro auxiliar, abusando de la ausencia de mi persona, ha osado mancillar el sagrado recinto de la escuela local y la honra de este pueblo y el magisterio”. Un escándalo de éstos terminaría por complicar la situación y desteñiría la imagen que yo había creado de maestro bueno: “No toma, no es orgulloso, quiere a los niños, no persigue a las mujeres”. La balanza se hubiera inclinado más hacia la prudencia y “abstinencia” si la parte “afectada” o producto de mis lucubraciones no hubiera cooperado para alimentar mi creciente necesidad de una tercera experiencia: las sonrisas se hacían más abiertas, los cuidados más meticulosos. Por las mañanas  tardaba más de lo acostumbrado en sacar los utensilios de mi habitación; cuando yo no despertaba dejaba caer algún cubierto; en fin: a mi recientemente creado diablillo sexual lo estaban provocando más de lo soportable para que se manifestara. Y lo que en fantasías había creado se convirtió en realidad, claro con sus variaciones, siempre tan molestas. El sentimiento dominó a la razón, como lo diría Unamuno: una madrugada, lunes para ser más explícito, soplaron vientos en exceso favorables como para arriar las velas (mal marino sería si las hubiera plegado). Las cinco de la mañana en un el alba presagiosa, como de García Lorca, nadie en los alrededores. Neftalí a quién sabe cuántos kilómetros de distancia y Mercedes ahí, al frente, sonriendo (¿invitadora o simplemente amable?) Me levanté sin tomarme la molestia de ponerme el pantalón, me acerqué y la abracé. Le di un beso de preludio, ella correspondió en cierto grado (no del todo). Sucedió sin embargo lo que en de mis fantasías probabilísticas no había tomado en cuenta. Una de mis alumnas  de primer grado tenía la costumbre de venir algunas mañanas muy temprano a mirar por las rendijas, y lo hizo precisamente ese lunes. La niña no pudo evitar la exclamación al ver la escena demasiado íntima entre el maestro auxiliar y Merceditas. La niña de mis ojos como mujer del sexo femenino y animal razonador se separó bruscamente, corrió a la cocina y allí se encerró. De las dos posibilidades que antes del “acto criminal” había considerado me resultó la peor. Desde las cinco de la mañana hasta las siete permanecí encerrado en mi cuarto viendo pasar nubes negras. Cuando llegó la hora de clase cerré la llave de la razón y abrí la de la actuación: ¡a lo hecho pecho! Neftalí llegó tarde a clases esa mañana, con los residuos de su orgía de fin de semana. El problema por el momento estaba aplazado. Nadie le hablaría hasta el día siguiente. No hay necesidad de decir que la “fabulosa historia” ya la conocían los niños y sin duda alguna en poco tiempo la sabrían, corregida y aumentada, sus padres. El alud no lo detendría nadie. Por fortuna la fantasía es arma de dos filos y si sirve para meter a la gente en líos también sirve para sacarla, Así fue como antes del ataque ya tenía preparada la “defensa”. Realidad más un poco de fantasía es igual a poesía y al ser humano es muy sensible a ella. El juicio. La actitud que adoptó Neftalí estuvo de acuerdo con lo que yo esperaba. En lugar de tratar de ayudarme a salir del problema, hizo todo lo posible por hundirme. Citó a la junta de educación urgentemente “para tratar asuntos que afectan el buen funcionamiento y la moral de la escuela”, así decía en la nota que envió a los padres de familia.  Neftalí estaba triu

Marco Tulio Aguilera

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