ACUSADO DE VIOLACIÓN. MÁS MÁSCARA FRENTE AL ESPEJO

Año 1964: estoy, está, el casi adolescente MT, trabajando como maestro rural en Pueblo Nuevo de Punta Arenas, Costa Rica. Todavía no logra asimilar el amniótico cambio (de ser un bachiller recién egresado del Liceo Unesco de San Isidro de El General a convertirse en un atorrante que pasa todas las mañanas en devaneos amorosos en el parque o jugando básquet en la cancha del Prado o leyendo a escondidas en los túneles bajo la casa en el Barrio Alto y luego, a instancias de su encantadora madre, “la voz nocturna del Valle de El General” verse de pronto aislado del mundo en un pueblo de alta montaña al que se llega después de dos horas en bus, dos horas caminando hasta el río Grande de Térraba, gritar ¡bote, bote, bote!, larga espera, luego atravesar el anchuroso torrente llevado por un Caronte silencioso sobre una barca deleznable frente a un mar de remolinos y espumas, después sufrir dos horas la empinada cuesta con las maletas al hombro), cómo aceptar con resignación abandonar los sueños de esplendor y grandeza, la natural, encantadora por entonces quizás, megalomanía de los 17 años, para sepultarse en un pueblo que ni pueblo era: apenas una casa, un granero y la tienda de jefe, León Víctor, la cancha de fútbol, la escuela, todos en la cima del mundo con un paisaje de picos de montañas flotando sobre nubes. Ambiente propicio para un Buda, no para un casi adolescente con todos los dioses y diablos, íncubos, súcubos, héroes y heroínas de novelas encerrados en su cuerpo. Allí estuve cumpliendo malamente las labores de maestro, hoy no vamos a estudiar matemáticas, el día está muy lindo, vamos a salir a cantar sobre el horizonte, y ahí iba MT sonriente, jolgorioso, con su coro de niños y niñas, unos indígenas, otros blanquísimos evangélicos, criaturas de siete, ocho, nueve años, una hermosa rubia de 14, cantando, cantando, mi trompo es de cedro no puede bailar o, caballito nicoyano o Cosa Rica es mi patria querida, ya no me acuerdo, ahí iba MT, con sus coro de infantes felices, y desde el balcón de la escuela Efraín, el director, obeso, antipático, y súbitamente, seductor en las noches de guaro y soledad, Marquito, estamos solos, si tú quieres nos podemos hacer compañía, ¿qué puede haber de malo en la amistad y el cariño de dos hombres abandonados en estas lejanías?, somos personas civilizadas, sin prejuicios, mira tú que lees tantos filósofos griegos (maletón fenomenalmente grande lleno de libros había cargado sobre sus hombros el nuevo maestro en cada uno de sus ascensos desde el río a la cima de Pueblo Nuevo) debes saber que Sócrates, el más grande de los filósofos disfrutaba de sus sanos amores juveniles de varón. Y por otra parte MT, como un  vigoroso corcel tan brioso que hasta exudaba vapor por los poros, cargaba como una cruz de plomo un poderío tan grande como el del Grande de Térraba entre las piernas y no había forma de ocultarlo, sueños tormentosos, presencias de adolescentes en su puerta antes de que apareciera el sol, hicieron que un día, un día, se atreviera a tender la mano hacia una criaturita cerril, apenas llegando a la pubertad, y no llegó a tocarla, pues antes se descubrió el asunto, se organizó un juicio tumultuoso para juzgar al nuevo maestro por violación o tentativa de violación. Al frente del jurado  estaba Efraín, el director de la escuela, Júpiter tonante, súbitamente convertido en inquisidor, con verbo inflamado. ¿Consecuencias? MT no fue absuelto pero tampoco condenado. ¿Razón? Todos los maestros son iguales, perversos, borrachos, inmorales y si echamos a don Marquitos (mucho cariño había ganado MT en el pueblo, amigo de todos era, cargaba bultos, salía a tumbar árboles, acompañaba a la carreta del maíz con un gordo maestro de la vida picando los bueyes con la pértiga, jugaba fútbol, hacía caminatas largas e inagotables con sus amigos los indígenas, montaba caballos apenas domados, recorría los horizontes los fines de semana y hasta se atrevió a defender a Betito cuando peleó a puñetazos con el jefe León Víctor), cómo despedir al maestro Marquitos si nunca hubo uno tan bueno, tan amigable, tan largo platicador al lado del fuego que se gastaba las horas hablando nonadas con la sirvientita del jefe, con los peones, con Layo el insolente hijo de León Víctor. Juro que no recuerdo haber tocado a la niña, me defendí en el juicio, contraataqué señalando a Efraín como el verdadero corruptor, el ebrio consuetudinario, el demonio, el que me persiguió con un puñal la noche de guaro en que quiso forzarme a cohabitar con él de mala manera. Y un día, en plena feria del pueblo, después del juicio, mientras MT hacía las veces de cantinero, bebió, bebió, bebió, hasta literalmente perder la razón y cayó en un estado crepuscular que lo obligó a estar encerrado en el cuarto anexo a la escuela, y Efraín, que te pasa Marquito, ya tienes que salir, hay que dictar clases, tienes que comer, llevas cinco días sin salir. Y ahí permanecía mi cuerpo de 17 años echado en la cama maquinando, imaginando, viendo en las noches caballos blancos correr por la cancha de fútbol y un día simplemente el maestro Marquitos se metió en la selva y allí permaneció sumido en estupor, muy lejos del mundo, mientras León Víctor y la gente de los alrededores lo buscaba en el monte, ¡don Marquitos, don Marquitos, dónde está!, y así mirando pasar el agua más clara a la orilla de un arroyo incorrupto permanecí no sé cuánto tiempo y un día regresé a mi cuarto anexo a la escuela, metí mis tres cosas en la maleta y eché a caminar, dos horas bajando hasta el río, grité por última vez en mi vida ¡bote,bote, bote!,  llegué a la otra orilla, otras dos horas de ascenso, llegar a la carretera, tomar un autobús, escoger asiento de ventanilla, sacar la cabeza y dejar que el aire veloz azote mi rostro. Luego llegar a casa en San Isidro de El General, arrojarme a los brazos de mi madre y decirle mamá, me volví loco en el pueblo, mamá, estoy loco, LOCO, y echarme a llorar. Después un año de encierro, alucinaciones, drogas salvajes, inyecciones, visitas a psiquiatras, finalmente abandono del muchacho triste que no quería ver la luz. Todo eso y más lo conté en  El juego de las seducciones, novela que tuvo un palidísimo paso por el mundo, dos o tres reseñas, no muy entusiastas. Novela que tardé 19 años en terminar, para la cual estudié ciencias de comportamiento, psicología, psiquiatría, mitología, releí todo Dostoyevski, y que finalmente salió en la editorial del gordo Jiménez, Editorial Leega, empresa que sucumbiría muy pronto, hundida por los excesos del Trimalción, y sucumibiría después de haber tenido un escandaloso éxito con mi libro más aplaudido,  Cuentos para después de hacer el amor. Pero no. En mi mente lúcida no tengo, en ninguna de mis redes neuronales, en ninguna circunvolución, en ninguna sinapsis, en ningún cajoncito del bargueño de mi cerebro existe una escena de posesión, delicada o violenta o trabajada, de la adolescente indígena. No puedo aceptar la paternidad de ese hijo que dicen está sumido en la cárcel acusado de ¡violación! Muchos, muchos años después, en el 2009, después de casi cuarenta años de haber vivido mi iniciación en rituales de adulto en la vida en Pueblo Nuevo de Puntarenas, recibí un correo electrónico de una desconocida: Don Marquitos, quizás usté no me recuerde pero yo sí, porque, antes de morir, tengo un cáncer terminal y mi plazo de vida es de tres meses, dijo el doctor, quiero revelar el gran secreto de mi vida y no me quiero ir a la tumba sin revelarlo: yo tuve un hijo suyo, yo soy Clementiana Trucupoy, la mujer de raza indígena que usted conoció cuando era maestro el escuelita del ranchito de Pueblo Nuevo. Y hasta una foto me mandó del muchacho y su estatura. Un metro ochenta, ojos verdes. Exacto, me dije, a mi querido Gato. Pero aun así lo niego, ¡lo niego! Yo no me acosté con Juanita, no lo hice. Y aquí regresó a mí la razón que me dio Mario, el conductor de la camioneta japonesa en San Isidro de El General: Don Marco, ya no le dé vueltas al asunto: ese muchacho es hijo suyo, le resultó de un acostón con la niña Juanita Trucupoy. Y pienso: de verdad hay que considerar que no siempre los recuerdos coinciden con la verdad histórica: en muchas ocasiones el recordante arregla las memorias a su conveniencia, maquilla, mejora, miente. Eso lo escuché en una conferencia de este señor español, no recuerdo su nombre. Y aun así insisto: no puedo aceptar esa paternidad. Y de pronto surge mi otro yo, quizás mi yo oculto: ¿Y si no lo aceptas, por qué fuiste a buscar a ese hijo como Juan Preciado buscó a Pedro Páramo? Enormes abismos hay en mi vida que me vinculan con el averno. He aquí otra caracterización de esto que estoy escribiendo: un descenso al infierno de mi memoria: sin piedad, sin mentiras, sin reservas: ¿masoquismo? ¿Quién se puede preciar de haber dicho la verdad? ¿Toda la verdad? Está haciendo un tremendo calor. Las aspas sucias del ventilador de 30 pesos comprado en el Mercado de Pulgas Leizagui baten el aire a un metro de mi cuerpo que yace sobre la cama, con la espalda apoyada en los almohadones en mi estudio. Anoche hubo otra balacera. El promedio de decapitados diarios en México es de entre diez y veinte. Nuestro gobernador dice que en el Estado hay seguridad y confianza, progreso, optimismo, todos los días abre los brazos y exhibe una gran filacteria que reza: “Cada día una obra”.

Marco Tulio Aguilera

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