MAS DE SIN MASCARA FRENTE AL ESPEJO

¡Qué bonito país! ¡Aquí todo se puede! Vaya sabiduría popular. Si Dios no existe, si no se manifiesta, si no se ocupa de su malhadada creación, pues… véndele tu alma al diablo. Los escritores acostumbramos ampararnos bajo las ramas de los árboles del espíritu más frondosos y seguros. Si me preguntaran cuáles han sido mis árboles posiblemente daría una lista relativamente larga de la que no podrían estar ausentes Dostoievski, Henry Miller, Rubem Fonseca; García Márquez no: de alguna manera lo considero un escritor menor, de grandes mayorías, sin fondo; y Bergson, Nietzsche, Schopenhauer, entre los filósofos, sin olvidar a Platón, a quien siempre recurro, y quien está casi en la piel de mi  Historia de todas las cosas. No debo olvidar a Freud, cuyos 25 tomos de obras completas empastadas en piel leí de pie, en la buseta que iba del Barrio San Fernando a Ciudad Universitaria en Meléndez, en las afueras de Cali. ¿Shakespeare? Sí, claro, pero por un poco de esnobismo intelectualoide y por esa malhadada tendencia a convertir cada frase en un dictum inapelable: siempre he tenido la idea de que el buen escritor, el escritor-escritor, debe poner en cada línea su alma: ni un valle, sólo cimas, todo esplendor; esplendor incluso en la miseria. Cuando terminé de escribir  Mujeres amadas  me dije: debo buscar para mi engendro un epígrafe que sea como el corazón de esta novela, una frase interesante, profunda, grave, inapelable. ¿Dónde hallarla? En Shakespeare, solamente en Shakespeare. Como acostumbro a lanzar balandronadas, que a veces responden a hechos hechos y en ocasiones son solamente inventos de mi mente afiebrada, adicta a los excesos, a las trascendencias dinámicas, como dice mi máneger (mi más acérrima crítica), les diré que espulgué todas las obras de Shakespeare en las que el amor era la ley mortal, en busca de esa cita que fuera la llave de la cerradura de mi novela. Repito: no sé si es cierto que leí todas  esas obras  de Shakespeare para buscar la ínclita frase. ¡Y la encontré! ¡Qué míseros errores cometió mi corazón cuando se creía más dichoso que nunca! La búsqueda y el hallazgo fueron a posteriori de la escritura de la novela. La frase da cuenta de que el amor (o lo que sea) que escenifiqué en esa novela, cuyo protagonista es Irgla, terminó siendo falso amor, fingimiento, embeleco, locura provisional. ¿Pero en verdad fue falso amor? Mientras duró ese amor o ese embobamiento, no del personaje protagonista masculino, L.A. Ramos, sino  de Marco Tulio Aguilera, quien explotó su vida (su fracaso amoroso) para escribir una novela, mientras duró ese amor, repito, yo lo sentí pleno, gratificante, novelesco, interesante, digno de ser vivido a fondo. Intentaré explicar por qué me enamoré de XX, a quien sin duda no le hará gracia encontrar su nombre verdadero en este testimonio que tarde o temprano abordará asuntos bastante incomodos: lo que están leyendo es, o pretende ser, en primera medida una novela escrita sin un solo punto y aparte, como un gran cerebro en el que todo está vinculado; en segunda pretende acercarse a la configuración de una elemental arte poética o ars narrativa: en tercera, será una descarada o cínica (tal vez sea lo mismo) autobiografía; en cuarta, alguien podría dejarla en los huesos mondos del chisme; en quinta, se ostentará como un tratado sobre el arte o desastre de vivir como bestia literaria) y también busca ser un escueto más no breve testimonio de una existencia extremosa, incómoda para los que la sufrieron como espectadores, sean parientes, compañeros de trabajo o bolas de billar que al rozar contra mi humanidad sufrieron algunas consecuencias (fastas o nefastas, por el momento lo mejor es no calificar). Evitemos por ahora rascarle a la vieja pregunta: ¿existe o no el mal? ¿Somos en realidad responsables de nuestros actos? Vayamos a asuntos menos graves, más terrenales. ¿Por qué me acerqué a XXX, mujer espectacular por su belleza, ridícula pos sus actitudes, de una elegancia tan extremosa en el campus  donde las chicas de su edad lucían pantalones vaqueros, gorras de la Jayhawks, sandalias de cuero, trenzas mal amarradas o rastas malolientes, mujer tan sofisticada que en cada instante los espectadores de su espectáculo interminable giraban las cabezas a un lado y otro, para ver dónde estaban los paparazis, el chofer galonado abriendo la puerta de un Rolls Royce o por lo menos dos o tres guardaespaldas de negro. ¿Quién era esa mujer de ojos persas? ¿La preferida de un gran visir, la amante del sultán de Brunei, una actriz italiana en busca de locaciones para la próxima película de Fellini (pero Fellini, por entonces, creo, ya estaba mascado lombrices)? No voy a volver a contar la historia, el argumento de  Mujeres amadas,  de nuevo. Ya está en la novela. Con gran éxito crítico, por cierto. Con alguna descalificación, también. Memorable la de un crítico mexicano, que se atrevió a postular a partir de mi obra la aparición de un nuevo género novelístico: el  sex fiction (aludiendo, naturalmente, a la considerable cantidad de encuentros sexuales que se escenifican en la obra).  Lo que era una descalificación, claro, como la afirmación de que el protagonista era muy parecido al seductor por antonomasia, al sexy playboy del cine mexicano, Mauricio Garcés, cuya infatuación le llevó a acuñar algunas frases célebres: “Dios sabe que tengo miles de razones para ser vanidoso.” “Les tengo una excelente noticia: Ya llegué!” “¡Ah no!, a mí que no me busquen porque no me encuentran!!” “Yo no soy presumido, ¿pero de qué sirve mi humilde opinión contra la de los espejos?” “Yo solo me dedico a hacer feliz a la mujeres”. De los comentarios que he recibido por mis libros, conservo más vivos y presentes los adversos. No olvido el que hizo el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, más que un comentario o una crítica o censura era una protesta. Una protesta porque mi  Breve historia de todas las cosas (título con que se publicó la primera versión en Buenos Aires) sin llegar a ser un plagio descarado, sí utilizaba técnicas, escenas, un estilo, muy semejantes de  Cien años de soledad.  Fue mi amigo el pirata Ignacio Trejo Fuentes quien afirmó que  Mujeres amadas  era una novela profundamente aburrida, de la que sólo se  salvaban las últimas cincuenta páginas. Hago énfasis en esta nota oscura para que no suene demasiado auto celebratorio el reproducir una frase de Guillermo Vega Zaragoza, poeta del Distrito Federal, quien dijo que ésta podría calificarse como  la novela amorosa de la década.   Fue publicada en 1988, la fecha en que nació mi segundo hijo, lo que fue registrado precisamente en la dedicatoria: A Sebastián Alejandro, quien llegó con esta novela bajo el brazo. ¿Qué es  Mujeres amadas?  Roland Barthes diría, si es que le interesara mi novela y no estuviera bien peluche: Mujeres amadas  es un discurso sobre el amor: un dis-curso: Dis-cursus   es originalmente la acción de correr de aquí para allá, andanzas, intrigas. En su cabeza el enamorado no cesa de emprender nuevas andanzas y de intrigar contra sí mismo (textual de Barthes: aclaro: mencionaré mis fuentes pero no usaré bibliografías ni notas de pie de página. Todo será este mamotreto menos un infecto tratado de lecturas pedantes). Barthes insiste en que el “sujeto amoroso” debe aparecer en primera persona: el sujeto amoroso habla de si mismo y de los efectos que el amor le ocasiona. Pero, ay, aquí es donde Garramuño comienza a despegarse de las tesis de Bartes y a alzarse sobre la costumbre: en su novela hay, en efecto una primera persona, el casi típico enamorado al estilo Efraín y María, el Joven Werther, pero, atención, súbitamente se instala una segunda persona que se despega del tono lírico y se lanza a hacer una parodia, L. A. Ventura, se transforma en el don Juan latinoamericano, el caricaturesco Garañón tumbalocas.,  Gracias a ello lo que podría ser inicialmente una típica novela amorosa, el bildungsroman de un sensible, sensitivo, adolorido enamorado, resulta ser una parodia del sentimiento, una burla a veces cruel, que contamina, descarga, desmitologiza, desconstruye tanto al sujeto amante como al objeto de amor. Pero, bueno, dejemos este tono clara y vergonzantemente academicista. (Sorprendentemente he podido escribir lo anterior en mi estudio. La casa, la enorme casa, la Mansión Garramuño, está vacía: mi nieta y mi hijo mayor ya fuera, muy lejos; el Gato, buscando trabajo; mi máneger querida, en la oficina. Yo con las patas levantadas escribiendo esto. Por la mañana fui a natación: 44 segundos en 50 metros libres… Siguen deteriorándose mis tiempos). Hubo un tiempo en que mi vida me planteaba una alternativa: o el violín o la literatura. Opté por la literatura. Era, es más fácil que lidiar con las semi corcheas y las siete posiciones y los armónicos. Hoy la vida me ofrece dos senderos: el deporte y la literatura. La diferencia es que ahora no soy tan radical: creo en la física cuántica: puedo estar en dos lugares a la vez y caminar por dos senderos al mismo tiempo. Las buenas novelas no se escriben para nadie que no sea uno mismo. Quien piensa en los demás mientras escribe se prostituye.

Marco Tulio Aguilera

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