HISTORIA DE TODAS LAS COSAS EN EUROPA Y FOTOS DE GABO EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS 85

Historia de todas las cosas, de Marco Tulio Aguilera Garramuño, la novela grande
FÉLIX LUIS VIERA
Artículo inluido en la revista de literatura hispanoamericana otrolunes, que se publica en berlín y madrid
Terminar la lectura de una novela y sentir deseos de tomarla de nuevo, extrañar sus personajes, comprobar la necesidad de llamar al autor para agradecerle, quizás sean tres de los “síntomas” que nos avisan que hemos leído algo fuera de serie. Y si pasan los días y sentimos igual, entonces uno se atreve a firmar, definitivamente, que ha leído algo fuera de serie.
Sé que asumo una alta responsabilidad al exponer lo que expongo en el párrafo anterior. Pero lo sostengo. Y trataré de demostrarlo. Y quien me conozca sabe que me puedo equivocar, pero no miento.
San Isidro de El General es un pueblo o ciudad pequeña que existe en Costa Rica, pero ya no existe como tal, como pueblo o ciudad; ahora es una gran y totalizadora parábola que se inaugura en la literatura hispanoamericana. Marco Tulio Aguilera Garramuño (MATG) se apoya en las enjundias de San Isidro de El General (SIEG) y desde ahí levanta, fabulación mediante, el vuelo no para inmortalizar esta locación, sino para darle una nueva vida, una dimensión que es historia, idiosincrasia, levante y caída de toda una cultura, un modo de hacer, un juicio en pro y en contra de una civilización, la latinoamericana del pasado siglo. Atiendan: dije latinoamericana, y lo sostengo.
Panóptico o caleidoscopio, según se mire, la historia de SIEG es trabajada desde adentro, desde la entraña, por un narrador que puede ser el evocado en la obra, Mateo Albán, o el Loco, o don Garrapata, o un sinfín de otros contadores que corren por sus 515 páginas. Resulta una hazaña concretar tal infinidad de personajes y darles formas, respiros, antecedentes, consecuencias y desenlaces en medio de una tómbola narrativa que plantea, más bien, una novela sin trama. Sé que me contradigo con esto último, pero al menos yo, en una obra cuya argumentación es soberana y contundente, no hallo la trama —no el hilo de la trama, que eso es otra cosa—por ningún lado. Los que sepan de estos asuntos, que investiguen, ahí se lo dejo de tarea.
Arrastrar con uno los personajes de un novela —creo que hasta siempre— es una de las razones por las que nos sentimos agradecidos de una lectura que nos ha entretenido, informado, formado, instruido, divertido, conmovido hacia la tristeza, el humor, la reflexión. Gloria entonces para el negro Vladimiro, su Niña Blanca, su interminable camada de negritos; para el noble Zaratrusta, nacido para la inmolación; para el paticorvo Palomo, padre de la dispersión e hijo del victimario y víctima sargento Robustiano; para Californio el simple, ——siempre acompañado por su fiel Anastasia—, hijo de ese paradigma  de la frustración que es el músico incomprendido Rey David y que al final de la novela nos dará una lección de condición humana, de esperanzas, y a la vez, un ejemplo —o será el autor quien lo hace—de lo que es un cierre literario a la altura de circunstancias clímax; para las cuatro bellas Fernández; la Costurera Flaca; la siempre flamante, al parecer, Sietecolores; el obcecado dentista Camilo Pérez; el inclemente negociante Denario Treviño; Epaminondas, cáustico, críptico; Bonderhouse, amor contra natura; la Negra Celina, brillo único; Sebastián Pereira, estoico pero encabronado ante la adversidad; la beatitud de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa; Benjuil Mnemjián, dueño “de las cosas que existen (…) (y) de las que sin existir existen”; el inolvidable Samuel, creador de esa manera prodigiosa de expresión denominada el “samueleo”; Jaime Po, el más bello; la Malandra, tal vez una de las no contabilizadas hijas del sargento Robustiano; el inefable Betóben (así, con el acento en la o) Charriaga; el optimista, intimidante  padre Soto; el padre Clímaco, efusivo; el negro Termidor, que siempre aparece digamos arrinconado, como si nos indicara el autor que este personaje reflexiona, reflexiona; los Estudiantes y los Intelectuales, personajes colectivos, simbólicos.
Gloria digo para los personajes citados en el párrafo anterior —y los tantos que faltan— en el sentido literario, por sus valores literarios, puesto que en la historia contada, unos son buenos-malos, otros malos-buenos, ninguno maniqueo.
MTAG apunta a la tesis de su novela desde las primeras páginas, pero es la 381 cuando la redondea: “… no se trata de entender el mundo sino de disfrutarlo”. Aunque, claro, yo agregaría que disfrutarlo se relaciona con aprender de él, como nos ocurre con Historia de todas las cosas, un libro que puede resultar asimismo una especie de breviario: por donde quiera que usted lo agarre puede empezar a leer sin problema, y queda enganchado. Una novela de la cual el lenguaje —a veces rayano en la oralidad, siempre de una creatividad suprema y en ocasiones arrollador— merece un análisis independiente; lo merece, no lo olviden los que saben de esto (fíjense por ejemplo en el símil, la hipérbole, la inestimable ganancia de las metáforas conde, la revalorización relativa del estilo picaresco, el trastoque  de la semántica, el tempo, el ritmo, la candencia). Una novela donde prima la sabiduría, y en la que la sapiencia, vasta, solo aparece cuando es menester y en dosis asimilables; una novela, un breviario, decía, un “manual de vida” que de ningún modo se apoya en lo fantástico, y menos en lo mágico, sino en la fábula  o la fabulación de lo posible, en la exageración o la minimización para darnos las claves de la esencia; una novela portadora de un humor que nos levanta del asiento en ocasiones y en otras nos hace mirar hacia nosotros mismos, y pensarnos; un turbión que en una y otra página parece indicarnos que estamos leyendo un largo poema narrativo; el ingenio puesto en lengua de narradores que replican creo que a todo lo existente, ya sean religiones, costumbres (esos novios tomados por sus dedos meñiques), gobiernos, idiosincrasias, etnias, doctrinas, historiografías, tradiciones literarias y artísticas, etc.
Para su mal, unos y otros han querido pegar Historia de todas la cosas con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Tonterías, no porque ambos autores sean colombianos o en fin por causa alguna deben hacerse comparaciones, o más bien competencias en este caso. Es ridículo. Estas comparaciones siempre son insensatas. Pero, en mi opinión, la novela del Premio Nobel es básicamente impresionista, e Historia de todas las cosas muy lo contrario.
De los capítulos más sobresalientes de Historia de todas las cosas, advierto al menos cinco que a mi juicio pertenecen a un escritor grande (así se suele decir, grande): Páginas: 263-275 (donde además se recaracterizan a varios de los personajes principales); 309-319 (donde además se alcanza un poder descriptivo excepcional); 373-392 (donde además varios de los personajes son “reciclados); 393-408 (donde la poesía se manifiesta intensamente y el gran negro Vladimiro marcha hacia el  ocaso); y el capítulo final, una oración en favor del arte, del humanismo, un cierre en alto y a la vez coda que me trae a la memoria, únicamente por su poderío narrativo, aquel final que alcanzó Emilio Zola en Germinal.
Suerte para Historia de todas las cosas que ha podido contar con una edición bellísima (Trama Editorial, España, y Educación y Cultura, México) que incluye una portada muy precisa y de sumo impacto, así como con un interior donde hallamos alto gusto en la letra y la página toda.
Bueno, sé, me han dicho, que Historia de todas las cosas tiene su origen en una primera versión, escrita y publicada hace como cuarenta años, titulada Breve historia de todas las cosas. No me interesa aquella versión, para nada. Jamás la buscaré y mucho menos leeré una de sus páginas. En este caso no me interesa el origen de la luz, sino la luz en sí misma.
Publicado en: OTROLUNES, Revista de Literatura Hispanoamericana en Euopa. Sección a cargo de Recaredo VeredasLibrario
http://www.otrolunes.com


El autor, Guillermo Samprio y el escritor cubano Félix Luis Viera


Marco Tulio Aguilera

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