Sólo por hoy: Primeras páginas de Sin máscara frente al espejo

Ya me he enviciado tanto con este blog que he tomado la decisión de publicar las primeras páginas de la novela que hoy comencé a escribir. No creo que vaya a seguir publicando TODO lo que escriba, por razones diverasas, entre ellas que no quiero involucrar algunos temas que sólo serían soportables dentro de cinco o seis años, cuando decida pubicar la novela.

SIN MÁSCARA FRENTE AL ESPEJO


He dado más vueltas que un perro antes de echarse pero finalmente estoy aquí, escribiendo la primera frase de… esto, que me resisto a definir, calificar o centrar en la mira. Ni una palabra más. Me acerco todo lo que puedo al borde del abismo y me lanzo. Un científico español de cuyo nombre no puedo acordarme descubrió que los recuerdos no están localizados en zonas específicas del cerebro sino que se hallan distribuidos, y no sé si la palabra es la adecuada, en redes neuronales. Pescarlos sería entonces como intentar definir una locomotora a partir de un tornillo o como localizar el cadáver de un gato negro en un cuarto oscuro. Me parece que fue Descartes el que dijo que el alma está localizada en la silla turca, algo como una diminuta zona del cerebro. Estoy sentado frente a mi lap top en el tercer piso de la USBI, en la misma silla en la que terminé hace apenas un año El sentido de la melancolía.  Sigue inédita y pienso que seguirá así por una per de años. Es indispensable encontrar un rumbo, lo sé y tal vez valga la pena regresar a neurólogo español para que me ayude: como no hay un centro, como no hay un punto localizable, como la mente humana es tan compleja como el universo, simplemente tenderé las manos en la oscuridad y veré qué atrapo. El perro terminará de echarse tarde o temprano. Vivo en una ciudad azotada por la violencia, el un estado en el que aparecen apilados 35 cadáveres al frente del World Trade Center, en un país en el que no es extraño ver una mano aflorando de la tierra y al tirar de ella se descubrirán diez, veinte, treinta, cincuenta cuerpos mutilados, un  estado en el que la ley es más peligrosa y corrupta que los criminales más recalcitrantes. No es infrecuente que los turistas abran las puertas corredizas de sus hoteles de cinco estrellas en el Puerto de Veracruz, extiendan los brazos, cierren los ojos dejándose tomar por la brisa, y al abrirlos vean una cabeza cercenada de su tronco, con los ojos registrando el flashazo de la muerte atroz, inútil, sin gloria, sin sentido alguno. Cuando pensé en escribir  esto,  que pongo en cursivas por razones que intuyo el ortodoxo lector comenzará a entender pronto, me pregunté: ¿a quién invocar? A Dios no, naturalmente. La responsabilidad de lo que voy a escribir, esplendores, abismos, crímenes es exclusivamente mía. Ah, crímenes. De entrada voy a confesar uno que fue inevitable, espantoso, asqueante. Aunque ya hice una confesión pública frente al mundo, pienso que casi nadie lo valoró en su justa magnitud. Asesiné a una madre y a sus diez hijos. ¡Esperen! No cierren este libro. No soy un asesino serial convencional y no es ésta una novela negra. Concédanme dos páginas de tregua. Una, al menos. Esperen. Voy a buscar el texto en mi blog. ¿No lo conocen? Se llamaba Descabezadero, pero a partir de la vulgarización de las cabezas separadas de sus troncos en nuestro Estado, he decidido cambiarle de nombre. Ahora se llama Ácrata frenáptero. Y habría que aclarar por qué, asunto del que no me voy a ocupar: está bien el negocio ése de las redes neuronales, pero no quiero abusar de ello. Si uno se cree todos los embelecos de los científicos, terminara por volverse irremediablemente loco. No me gusta la expresión, “loco” pero me sirve para que nos entendamos. Yo estuve dos veces loco: en mi adolescencia, hace más de cincuenta años, y ahora, en mi madurez, hace cinco años. En el primer caso fue clasificada mi afectación como esquizofrenia precoz. En el segundo tuve por lo menos diez diagnósticos: encefalopatía, depresión mayor, fuga psicótica. Y más. Ya escribí una novela sobre mi primera locura.  Se llama  El juego de las seducciones.  Fracaso de ventas, tres o cuatro reseñas benévolas, un alto elogio de parte de Álvaro Mutis. También escribí una novela sobre mi segunda  locura: se llama, bueno, ya la mencioné hace 500 palabras, ahora está en un concurso en España, un concursito, con apenas 6000 euros de premio y con un nombre pomposo: Premio Internacional de Novela Rey Juan Carlos de España. Creo que esta novela es una obra de arte. Lo que no es novedad: llego a considerar que todo lo que escribo es una obra de arte. Pasa el tiempo, se publica, recibe o no buena crítica, luego me olvido y me pongo a escribir otra  obra de arte.  Las vueltas del perro, la red neuronal, disculpen. Estaba hablando de mi escalofriante crimen: una madre y sus diez hijos. Esperen. Voy a buscar en mi blog el texto alusivo. Se llama “Testimonio de una masacre” y dice así: No me juzguen antes de leer este texto completo, queridos lectores, por el crimen múltiple que voy a confesar. Éste no es un relato ficticio sino la narración verídica de la masacre que perpetré hace dos días. Sí, debo decirlo: me arrepiento del acto atroz, pero también debo decirlo: era absolutamente indispensable para la supervivencia de mi familia. Quiero apurar el trago lo más rápidamente posible y que se entere el mundo de lo que un hombre que ha pasado casi toda su  vida por decente y mesurado (aquí debo hacer un paréntesis al margen del texto del blog: nunca he pasado por decente y mesurado, como se irá viendo a lo largo de esta narración, si no es que ya mostré mis credenciales ¿morales?) puede hacer cuando es acosado por el destino. Al grano, y me encomiendo a Dios para que me favorezca con la comprensión de mis amigos y contemporáneos: asesiné a una madre y a sus hijos recién nacidos. Lo hice a sangre fría yo... Marco Tulio Aguilera, un escritor relativamente conocido y un académico de la Universidad Veracruzana, y tengo que decir (de nuevo) que me arrepiento profundamente de lo que hice y que sé que tendré que pagar por ello. No pagaré en esta tierra sino en algún plano que no conozco. Las leyes de la tierra no tienen estatutos para castigar una masacre semejante. Comenzaré por los antecedentes. Mi querida esposa fue despertada antenoche por la caricia que en el rostro le estaba recetando con su cola una enorme rata. Yo no estaba a su lado en ese instante sino recluido en mi estudio, recinto consagrado de pecador solitario y genio autoconvencido al que sólo yo entro, que me permite aislarme del mundo por las noches. Mi esposa y mis hijos emprendieron la persecusión del enorme rodeor y terminaron acorrándolo en el baño, donde permaneció encerrado el resto de la noche. Ni mi esposa ni mis hijos quisieron perpetrar el crimen, debido a la natural aversión que le tienen a las ratas.Fui yo entonces el que me debí echar a las espaldas semejante atrocidad. Abrí con mucho cuidado la puerta del baño y vi una escena repulsiva y a la vez conmovedora: una tremenda rata de color pardo y pelambre erizada estaba sobre la moqueta del baño, temblando, con sus obsesionantes ojillos negros mirándome no sin rencor, pues me sabía su enemigo y su potencial asesino. A su lado diez cuerpecillos rojos y lampiños, con los ojos todavía cerrados, agitando sus patitas. Miré con asco y gran ternura a las diez diminutas ratitas recién nacidas y por lo tanto indefensas.Cerré la puerta y me senté en la sala de arriba a reflexionar. Mi primera intención fue capturar a la rata y meterla a una jaula con sus diez retoños, adoptarla como mascota y permitirles a todos vivir una vida plena. Comuniqué esta posibilidad de mi nieta y ella, aunque sentía el natural asco por la rata madre, dijo que estaba dispuesta a apoyar mi propósito e incluso a alimentar a la nueva familia que se adjuntaría a la nuestra. Contra tal posibilidad se levantó como una erinia mi indignada mi esposa, quien, implacable, exigió exterminio total. Mi hijo menor, cuando le expresé mis reservas ante tal atentado contra una madre y sus hijos, simplemente dijo: "Padre: es la ley de la vida: hay que exterminarlas".Quise apelar al buen corazón de mi esposa y le expuse mi noble proyecto: "Mira, chuleta amada, que la rata estaba en tu cama porque estaba buscado calor para dar a luz a sus hijos. No tengo corazón para cometer esta masacre. Me comprometo a cuidar a esa familia lejos de tus ojos". (No voy a exagerar diciendo que me puse de rodillas pero sí he de decir que mi alma sí estaba de hinojos). Mi esposa fue tajante: "O ella o yo. Tienes una hora para terminar este asunto. Si no exterminas a todos esos bichos asquerosos me voy inmediatamente de esta casa". (El carácter de mi esposa es tajante, sus decisiones irrevocables, no habla en vano, la limpieza y el orden están por encima de Dios). De modo que busqué la forma menos cruenta para cumplir con el tema masacre de madre e hijos. Fumigué a la rata madre con un spray venenoso, esperé que muriera y regresé. La rata seguía viva, respirando dificultosamente, su mirada más rencorosa que nunca. Se sabía destinada a la muerte. Suspiré como debían suspirar los verdugos a las puertas de la Bastilla, sabiéndose implacables y sin embargo necesarios. Metí a la rata en una bolsa de plástico y junto con ella a sus hijitos, todavía agitando sus inermes patitas. Metí la bolsa dentro de otra bolsa de plástico. Sumergí la bolsa en una cubeta de 20 litros de pintura Comex. Con agua, claro. Acabábamos de pintar la casa. Esperé media hora. Me recluí en mi estudio a meditar y a pedir perdón al Dios de las ratas.
Regesé a donde estaba la cubeta. Tomé la bolsa y me deshice de ella.
Anoche tuve horribles pesadillas. He aquí el relato de mi crimen. No espero compasión ni perdón. Lo hice por el bienestar físico y mental de mi familia. A costa de mi conciencia”. Hasta aquí el texto del blog. Que no conmovió a nadie. No hubo ni un comentario. Otra vuelta del perro tiene que ver con Thomas Mann. Ya iba para allá cuando se me atravesaron las ratas. Cada vez que escribo una  obra de arte busco a un santo patrón. Como soy megalómano gestiono andamios a mis semejantes.  (Abomino de las cursivas pero por lo pronto me permiten burlarme de mí mismo cuando me dejo arrastrar por la adicción a lo trascendente). Mi primera obra de arte se apoyó en, tomen aire: Cervantes, Homero, Joyce, los evangelistas, Dante y Shakespeare. Ja. Ya habrá tiempo para hablar de esta…me resisto a repetirlo, pero no tanto,  obra de arte.   Pues para ésta que tienen ustedes en sus manos, ya no hay forma de eludirlo, es una novela, pedí la ayuda, un poco más modesta, de Thomas Mann, y particularmente del texto que llamó La novela de una novela.  En este texto, en ocasiones árido y autocomplaciente, Mann relata las circunstancias en que escribió Doktor Faustus.  Y yo, como genio de segunda (no olvido que mi primer maestro, Gustavo Álvarez Gardeazábal me definió como “un mediocre que trabaja”, calificación que no me desagradó porque quizás sea fiel y en el fondo, muy en el fondo, yo sea bastante modesto) decidí apropiarme de su proyecto, pero de una manera un poco más ambiciosa: no voy a escribir la novela de una novela, sino la novela de todas mis novelas. Un libro que pecaría de autocomplaciente si hiciera lo que hizo García Márquez en la primera y única parte de su autobiografía,  Vivir para contarla: elogiarme sin medida ni compasión por el lector, soslayar las zonas obscuras. No, no voy a hacer eso. Voy a hacer lo que propuso una famosa vedette cubana. Voy a contar mi verdad. Que la verdad es relativa. Esa es otra vuelta del perro. Uno no recuerda lo que en verdad sucedió sino lo conviene. Eso lo dijo el sabio Punset hace años y lo repitió Gabo, con un poco de mejor estilo. Me gustaría no decir ni una sola mentira en este libro pero me parece que eso es imposible y es voy a decir por qué. Se los voy a decir con un texto de mi Ácrata frenáptero.


Marco Tulio Aguilera

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