Segunda parte de Sin máscara frente al espejo

No voy a abusar de los sufridos lectores: reproduciré pocas páginas de la novela que estoy escribiendo. Esto que leerán es parte de lo que escribí hoy

Pero antes les dejo el vínculo en el que se anuncia la presentación de mi novela Historia de todas las cosas en el DF el próximo jueves 23 de febrero
http://mistercolombias.blogspot.com/2012/01/el-25-de-febrero-se-presenta-historia.html

Otra vuelta del famoso perro tiene que ver con Thomas Mann. Ya iba para allá cuando se me atravesaron las ratas. Cada vez que escribo una  obra de arte busco a un santo patrón. Como soy megalómano les pido prestados andamios a mis semejantes.  (Abomino de las cursivas pero por lo pronto me permiten burlarme de mí mismo cuando me dejo arrastrar por la adicción a lo trascendente). Mi primera obra de arte se apoyó en, tomen aire: Cervantes, Homero, Joyce, los evangelistas, Dante y Shakespeare. Ja. Ya habrá tiempo para hablar de esta…me resisto a repetirlo, pero no tanto,   esta obra de arte.   Pues para la que tienen ustedes en sus manos, ya no hay forma de eludirlo, novela, pedí la ayuda, un poco más modesta, de Thomas Mann, y particularmente del texto que llamó La novela de una novela.  En este texto, en ocasiones árido y autocomplaciente, Mann relata las circunstancias en que escribió Doktor Faustus.  Y yo, como genio de segunda (no olvido que mi primer maestro, Gustavo Álvarez Gardeazábal me definió como “un mediocre que trabaja”, calificación que no me desagradó porque quizás sea fiel y en el fondo, muy en el fondo, yo sea bastante modesto) decidí apropiarme de su proyecto, pero de una manera un poco más ambiciosa: no voy a escribir la novela de una novela, sino la novela de todas mis novelas. Un libro que pecaría de autocomplaciente si hiciera lo que hizo García Márquez en la primera y única parte de su autobiografía,  Vivir para contarla: elogiarme sin medida ni compasión por el lector, soslayar las zonas obscuras. No, no voy a hacer eso. Voy a hacer lo que propuso una famosa vedette cubana. Voy a contar mi verdad. Que la verdad es relativa. Esa es otra vuelta del perro. Uno no recuerda lo que en verdad sucedió sino lo que le conviene. Eso lo dijo el sabio Punset hace años y lo repitió Gabo, con mejor estilo y más escándalo mediático. Me gustaría no decir ni una sola mentira en este libro pero me parece que eso es imposible y se los voy a decir por qué. Se los voy a decir con un texto de mi Ácrata frenáptero. Pero antes quiero reproducir éste: “Escribo en el vuelo de Mexicana rumbo a Costa Rica. Ayer en el Centro Deportivo Tenexpan en Ixtaczotitlán, estuve desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, bajo un sol de canícula, viendo partir auténticas hordas de nadadores, desde niños de cuatro años con sus tablas, hasta ancianos de más de ochenta, que orgullosos al final de la jornada exhibirían cuatro medallas, una por cada estilo. Yo conseguí, como se puede ver en la anterior entrada de este blog, dos medallas: una de plata (¿de plata?) y otra de oro (¿de oro?); la primera en cincuenta metros libres, con un tiempo de 37 segundos, y la segunda en cincuenta pecho, con un tiempo de un minuto dos centésimas. ¿Mérito? No mucho y no poco. No mucho, porque hubo pocos participantes en mi categoría (de más de sesenta años); no poco, porque le gané una competencia al señor Brothers, segundo en los Juegos Panamericanos del 2000. Y la verdad es que me lancé a la piscina a participar en pecho con pocas posibilidades, pues generalmente no entreno este estilo, pero ya en la piscina me entró una especie de fiebre del oro y comencé a pedalear duro, y a cada brazada decía me decía ¡oro, oro, oro!, con el resultado que le saqué tres segundos al señor Brothers y pude colgarme la medalla áurea. Malditas cursivas. Quienes me conocen saben que soy un lujurioso de los premios y me los critican –particularmente el rector de la Veracruzana me ha dicho: “No sé por qué esa obsesión por los premios, Marco. Eres un buen escritor… ¿No te basta con eso?”. Pus no, Raúl, soy así desde que me conozco y los que me quieren, que son pocos pero gente respetable, me perdonan este maldito vicio de buscar premios literarios… Al que a partir del año pasado agregué el vicio de las medallas en natación. Ya tengo cuatro. Comencé un poco tarde, pero ni modo. La culpa la tiene una lesión que me alejó del básquet, mi otro gran vicio. Ya con mis dos medallas, en lugar de regresar a Xalapa, decidí quedarme en el Hotel Trueba en Orizaba. Caí dormido a las ocho de la noche. A las cuatro de la mañana estaba en pie y a las cinco manejando mi Polo rumbo a Xalapa. Y hoy martes rumbo a Costa Rica acompañado por L, que desde hace varios años va conmigo como una sombra protectora a todas partes. Y va conmigo desde que se enteró que tuve una grotesca aventura en, bueno, sigamos: El año pasado estuvimos en Medellín casi quince días pero no conté bien la experiencia, pues hubo asuntos desagradables en ese viaje que preferí por una vez guardarme. Recibí, eso sí, el afecto de mucha gente y supe que había personas que leían mis libros y que incluso se sabían mis cuentos de memoria. Lo que soy el día de hoy, bueno, malo y más o menos, productivo, feroz, crítico, vanidoso, voluntarioso, admirador de la belleza, lector voraz, estudioso de todo lo existente, aventurero, soberbio, buena gente, honrado, sincero –eso digo yo, habrá que ver qué opina le gente--, todo lo que soy tuvo su semilla en un pueblo-ciudad de Costa Rica que se llama San Isidro de El General: allí tuve todos mis estrenos, incluyendo uno fundamental en el Bar Tico, leí todo Dostoievski, Miller, las Mil y una Noches, Vargas Vila, recibí clases de Vilma Alfaro de Vega y de don Danilo Salas y de Lindor, allí gané mi primera carrera atlética compitiendo ni más ni menos que contra Rafael Ángel Pérez, allí tuve una existencia silvestre perdido como un pastor de Garcilaso en las vegas del río y conocí a mujeres asombrosa e inconcebiblemente hermosas. Allí comencé a escribir y gané m primer concurso con una Biografía de Beethoven: el premio fue escuchar la Novela Sinfonía en el Teatro Nacional de San José (recuerdo que la escuché en el gallinero del Teatro, enfundado en un traje de paño negro grano de pólvora que me regaló el señor Rossi, dueño de la fábrica de fideos en donde trabajé empacando tallarines; recuerdo que mi madre recibió el traje de regalo y le pidió a un sastre que lo redujera para que se ajustara a mi cuerpo de quince flacos años). Y a ese pueblo-ciudad es a donde voy a ir a dar conferencias sobre la novela que escribí hace más de 35 años, una novela en la que yo describía a las lindas putas y al sargento y a las bellas, y al padre Coto y a don Danilo y a la Sietecolores y a la Musoc … Esa novela fue publicada por La Flor en Buenos Aires, tuvo una edición de 25 000 ejemplares en Colombia, le gustó a García Márquez, recibió el Premio Aquileo J. Echeverría, fue declarada novela post moderna y fundadora del post boom, fue criticada, censurada, alabada, acusada de plagio, el título de la obra –Breve historia de todas las cosas-- fue usado por un filósofo norteamericano de apellido Wilbur que según parece ha tenido buen éxito… Y por esa novela es que ahora estoy regresando a San Isidro de El General y a Costa Rica. Me encontraré con muchos buenos y viejos, bastante viejos, amigos… Y tal vez con unos cuantos enemigos que consideran que insulté en la novela a sus nietos, a sus padres… pero bueno: cómo puede uno pasar por la vida sin levantar polvo… Traje Necrópolis, la novela de Santiago Gamboa, para terminar de leerla, pero no ha habido condiciones. Todo el tiempo lo hemos pasado: sentados viajando, comiendo, hablando, dormitando, mirando revistas de estupideces. Espero que en este viaje de conferencias no me cargue con unos kilos de más y que después tenga que sufrir para bajarlos... o simplemente deba aceptar la derrota y cambiar de talla. Ahora escribo en Heredia. Una conferencia formal “Escenas de amor y eros en la obra de García Márquez”. Hice lo que no acostumbro: leer la conferencia. Aunque había olvidado los anteojos traté de descifrar lo que había escrito en Xalapa. Bizqueando salí airoso del asunto. Luego hablé de forma rápida sobre mi presencia en Costa Rica. Mi maestro, mi gran maestro, Faustino Chamorro, hoy profesor emérito de la Universidad de Costa Rica me llevó al hotel varias fotos viejas y dos severos tomos en los que se sintetiza su erudita aportación a la cultura tica. Me regaló una corbata segoviana, una especie de cordón con un emblema de oro, que se ciñe en torno al cuello. Vi mucha emoción en él, gran modestia, aunque es el gran maestro no sólo de San Isidro sino de Costa Rica. Mucho de lo que soy se lo debo a él, a su erudición, buen humor, energía superior, a su espíritu luminoso y generador de luz, a su creatividad y en cierta medida a su sentimiento de superioridad sobre el mundo que lo rodea. Luego cominos arroz con pollo, la comida que los ticos comen en todos los eventos. En Costa Rica se come arroz con pollo o gallo pinto al desayuno, almuerzo, en los matrimonios, bautizos y todos los grandes eventos. ¡Pura vida! Después el viaje bordeando la ciudad de San José por lo de una restricción vehicular, colinas suben y bajan, calles tortuosas, laberínticas, trazadas sobre paisajes de belleza apasionante. Luego hicimos el viaje a San Isidro de El General, mi pueblo y el espacio donde se desarrolla mi primera novela, por la carretera en la que hace casi cuarenta años, cuando era un adolescente flacuchento y fanfarrón trabajé como timekeeper. Gran emoción recorriendo mis viejos territorios. San Isidro de El General ya no es el pueblo de 6000 habitantes que habité hace décadas sino una ciudad de más de cien mil, con malls, una gran autopista que ya tiene 70 muertos por mes, infinidad de deslumbrantes iglesias de sectas extravagantes, varias universidades, muchos edificios nuevos, pero, sigue siendo una ciudad llena de mujeres de belleza que causa espanto a los hombres e infarto a las esposas y con...

Marco Tulio Aguilera

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