Más páginas de Sin máscara frente al espejo (Tercera entrega)

De las 47 páginas que escribí la semana de mi novela en proceso, tomé al azar unas 15. Aquí las ofrezco a mis lectores (conocidos y desconocidos), sabedor de que la pantalla no es buen medio para leer tanto, pero conocedor, de que entre mis 100 o tantos lectores diarios, siempre hay alguno tan tesonero y fiel como para medirse a la empresa de seguir mi ritmo.


Pero antes les dejo el vínculo en el que se anuncia la presentación de mi novela Historia de todas las cosas en el DF el próximo jueves 23 de febrero
http://mistercolombias.blogspot.com/2012/01/el-25-de-febrero-se-presenta-historia.html




Allí se oficiaría no sólo una cena pantagruélica y una bebeta tremenda, sino una de las escenas más memorables y acaso insoportables de mi vida. En un comedor gigantesco con ventanas monumentales que nos ofrecían el paisaje original más espéndido de palmas, árboles en estado diríase prehistórico, y atrás el río, el viejo río en el que hicimos yo y la horda de mis hermanos tantas fechorías y deleites, se llevó a cabo una especie de glorificación extremosa y rimbombante de Mistercolombias, que así he dado en llamarme en mi blog titular. Barrantes tenía una cámara digital recién comprada y comenzó a disparar fotos, lo que haría constantemente durante varias horas. Decía mirando a su contador: ya he tomado 60, me faltan 1117, ¡flash, flash, flash! Fotografió a L en todas las actitudes, me fotografió a mí y poco faltó para que me siguiera hasta el baño con su cámara con capacidad para tomar 1500 fotos. Pidió que lo fotografiaran conmigo entrelazando los antebrazos mientras bebíamos de altas copas como si fuéramos novios. Barrantes tiene 85 y pero una energía de galeote bien alimentado. Su esposa, tan veterana como él, es una mujer dulce, mansa, sumisa. Doña Petrita recordó haber tenido gran amistad con doña Ruth, mi madre. A esta casa venía doña Ruth contigo, un muchacho flaco, de brazos y piernas muy largas. Tendrías doce o trece años y no te quedabas quieto ni un instante, te movías para arriba y abajo, hablabas, cantabas y no había forma de hacer que te quedaras quieto. Mientras tanto el patriarca Barrantes seguía eufórico, me servía ron con coca, whisky, ginebra, guaro, insistía en que L bebiera, pero ella impávida seguía tomando agua natural. El venerable le puso un plato con huevos de codorniz frente a L. Este plato exquisito es solo para mi hija —el patriarca había decidido adoptar a L, con quien había intimado a primera vista y para siempre, decía--, los huevos son sólo para mi hija, insistía de manera casi infantil. L comió solo dos huevos, yo me comí el resto, unos veinte, deliciosos, y engullí carne de cerdo por montones. L ni la probó. Me miraba beber, comer, posar para las fotos y es como si estuviera diciendo yo te dejo, yo te dejo, nada más te miro, viejito. Todos los concurrentes insistían en demostrar la trascendencia de Breve historia de todas las cosas, su fidelidad al pasado, el carácter de documento fundacional de la obra, me hacían preguntas cómo qué se siente ser famoso y yo decía, no se siente nada: yo regreso a Xalapa y allá no soy famoso, nadie me pone atención, soy como todos: trabajo, natación, leer, escribir y a veces salir de viaje y disfrutar de estas atencione. Generalmente mi vida es como la de cualquier oficinista al que su mujer manda a comprar las tortillas. No faltó quien dijera que mi novela es mejor que Cien años de soledad, y todos apoyaron y trataron de demostrarlo. Yo les dije: Mi novela es importante para ustedes porque en ella se ven reflejados y en verdad no importa si es mejor o peor que otra, simplemente es una novela en la que este pueblo mira su pasado. La fiesta se prologó aunque yo estaba al borde del desmayo tras horas y horas de conferencias, entrevistas, traslados, viajes, emociones violentas, encuentros, comenzó a llover de nuevo furiosamente, a las ocho de la noche me puse de pie y dije ya estoy muy cansado, no aguanto más, y el patriarca dijo no, no, tienen que terminarse todas las botellas,  otro trago y bueno, otro trago, más fotos, me regaló una hermosa edición de las obras completas de Cervantes en un tomo, me dijo que iba a hacer todo lo posible para instalarme en San Isidro, usted, amigo, es un monumento irremplazable, para que regresara y me arraigara aquí y escribiera la segunda parte de la novela, y me retrató con su nieto Sergititito Barrantes: un muchacho rubio de ojos claros, flaco hasta la transparencia, inteligente, que habla con coherencia e información fidedigna, menciona a Nietszche y a Rilke con naturalidad, y me dijo: este muchacho, mi nieto, es tu sucesor, este muchacho es el que va a escribir la segunda parte de la Breve historia de todas las cosas. Terminé la noche mareado, como ayer, con el vientre lleno como un odre de todas las carnes, todos los vinos, todas las frituras, frijoles, arroz con pollo y aproximadamente 40 huevos de codorniz (deliciosos). Pude dormir agitado por pesadillas pantagruéicas aunque o porque estaba agotado. Desde que llegué el martes no he parado ni un segundo, y si puedo escribir es porque me sobra la energía que habitualmente gasto en la natación. Me acuesto a las ocho o nueve de la noche y a las cuatro am ya estoy sin sueño y me encierro en el baño a escribir estas notas apresuradas. Lo hago ahí para no molestar a L, que es quisquillosa y repelona. A las siete de la mañana Mario Rojas, el abogado cuya vocación es la lectura y la vagancia, alto, guapito y con una mujer que lo somete a una marcación presionada (como L a mí), pasará por nosotros para llevarnos a la playa de Dominical. Iremos con José Luis Díaz Naranjo, el secretario académico de la Universidad Autónoma de Costa Rica y responsable de mi venida. El Hotel del Sur, donde nos hospedamos, es eficiente, claro, limpio, y encierra entre sus bardas arborescencias sólo imaginables en épocas prehumanas. Los ecos de mi presencia han ido creciendo, a tal punto que parece que en todo San Isidro no hay otro tema de conversación que el regreso del muchacho que salió hace casi cuarenta años del pueblo, escribió una novela insultando a todo el mundo, se hizo famoso (por lo menos en Pérez Zeledón), le dieron el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, fue comparado con García Márquez, y muchos años después regresó acompañado por una hermosísima y diminuta actriz del cine mexicano, LL. Pura vida, me dije, aguantar las indigestiones estomacales y emocionales, habrá dinero suficiente para pagar los pendientes en Xalapa, hemos sido invitados a desayunar, almorzar y cenar todos los días, estamos engordando a razón de casi medio kilo diario (arroz con pollo al por mayor, gallo pinto, carne de cerdo: el primer nombre que tuvo San Isidro fue Quebrada de los Chanchos, precisamente por la abundancia de puercos salvajes que había en los alrededores), hemos recorrido mucho territorio y visto campiñas deslumbrantes y recuperado la fe en el mundo: ¡pura vida!, todavía hay agua clara, no en el Amazonas sino en Dominical, playa cercana a San Isidro. Una nota marginal: mi novela octava novela se llama  Agua clara en el Alto Amazonas  y supongo que tarde o temprano hablaré sobre ella. Subimos a una breve y escarpada montaña en el 4x4 japonés del licenciado Rojas y entre las breñas selváticas vimos el agua más pura de la Tierra bajando torrentosa y volví a mi infancia cuando la felicidad era luchar contra las corrientes y subir río arriba hasta los sitios en los que hay nutridas poblaciones de monos congos que rugen como leones o como perros y que a la distancia parecen aterradores, en manadas que poblaban los árboles y nublaban el cielo, pero que ya vistos de cerca son amables, inofensivos y simpáticos. Ayer todo fue carretera, playa y río, chicharrones y arroz con pollo, ¡pura vida! San Isidro sigue siendo un hervidero de historias: repito porque es asunto singular: hay una sociedad de adoradores del Quijote, cuyos integrantes se lo han aprendido de memoria y han vendido sus propiedades, abandonado a sus familias y viajado a España para cotejar lo que dijo Cervantes con los territorios de La Mancha. Historias: Simón Solís, que solamente una vez en su vida se atrevió a aceptar un trabajo, maestro de una escuela primaria: viajó a Dominical con su maleta y ya no se supo nada de él. Dos meses después llegaron a Dominical los supervisores del Ministerio de Educación y encontraron la escuela cerrada. ¿El maestro?, preguntaron. No, aquí no ha llegado ningún maestro: hace dos meses llegó un gringo con una maleta, la dejó en la bodega y se fue a la playa (Simón Solís es un rubio de pelos parados y aspecto simiesco, a quien veríamos en los próximos días: en mi novela asume el nombre de Bogar, juega baloncesto todo el día y evita bañarse, lo que constituye, o  constituía en los viejos tiempos, motivo de orgullo y ostentación). Así ha hecho todos los días, continuó diciendo el relator. No hace más que despedir a los niños cada mañana e irse a la playa. Debo hablar del patriarca antes de que se me olvide. La historia de Sergio Barrantes, que fue el segundo en llegar a San Isidro, se apropió de todo el paisaje, dominó con un ego del tamaño del universo a su mujercita, doña Teresita Mansita, construyó una casa en la que no hay una sola pared sino sólo ventanas y desde su estudio domina un el paisaje de las 54 hectáreas de tierra virgen que posee. Otras historias: la historia de Isauro Solís, que fue el único macho que vulneró el gineceo de doña Lala, llevándose a su casa a una de las cuatro mujeres más hermosas y difíciles del mundo, ¡pura vida! La historia del loco Alexis, que está batiendo el record de falta de baño: ya cumplió los 85 y no conoce el agua. Hace poco le hicieron una gran fiesta en la que ofició el Obispo Barrantes y Barrantes, hermano del terrateniente Sergio Barrantes. La historia de la Puerta Santa: basta que un grandísimo pecador pase por ella para que todos sus pecados queden borrados ipso facto. Ya habiendo rebasado el umbral sagrado, los antiguos pecadores, ya con sus albos espíritus, depositan en una magna alcancía, lo que sea su voluntad. Sergio Barrantes no está preocupado por los grandes o pequeños pecados que pueda haber cometido. Dice, ¡pura vida! No tengo por qué preocuparme. Tengo al Obispo Barrantes y Barrantes y a doce monjitas y al padre Coto y a más de doscientas personas a las que les he pagado para que recen por mí: yo voy a entrar al cielo sin siquiera rozar la puerta, lo juro. Una de las cosas más divertidas en casa de Sergio Barrantes fue el coro de alabanzas que con los vapores del alcohol se levantaron: yo era como un millón de veces mejor escritor que García Márquez, yo era el hombre más sincero del mundo, el más elocuente, el más amado, el más tragón, el más flaco e inquieto en mi infancia (mientras doña Ruth estaba hablando conmigo, decía doña Teresita Mansita, Marco Tulio de niño brincaba, se paraba de manos, hacía muecas, hablaba en un idioma inventado, corría hasta la esquina y regresaba diciendo que se había enfrentado a puñetazos con tres locos muchísimo más grandes que él, no paraba este niño, ay, doña Ruth, una santa, imagínense, tener no uno sino siete pequeños demonios en casa). A L don Sergio le puso un platón con 45 huevos de codorniz al frente. Son todos para esta preciosa mujer, que desde que la vi decidí adoptarla. L se comió dos y el resto se los comió el escritor, poco a poco, bajándolos con guaro mientras seguía escuchando alabanzas desmedidas: El amor y la muerte era una obra sin comparación alguna, El pollo que no quería ser gallo se lo sabían de memoria todos los niños de Pérez. ¡Pura vida! Pérez es otro nombre que se le da a San Isidro de El General. El mismo día en que el escritor dio su primera conferencia apareció una minuciosa crónica en internet, escrita por uno de los dos pelones, personajes misteriosos que siguieron al escritor a todas las actividades: se pensó que eran sicarios contratados por personajes ofendidos para matar al escritor, se pensó que eran sus guardaespaldas, luego se supo que eran unos mellizos, ambos escritores de gran talento, uno de ellos homosexual y el otro macho recontramacho, hermanos, amigos y amantes, dijo algún murmurador, pero los dos, enamorados del escritor y dispuestos a registrar cada uno de sus mínimos movimientos para eternizarlos. Se dice que uno de ellos ya está escribiendo la segunda parte de la Breve historia de todas las cosas, aunque Sergio Barrantes lo niegue y afirme que el único sucesor lícito y talentoso es su nieto, Sergititito Barrantes, que se está preparando como un atleta para escribir una novela de 500 páginas. Otra vuelta del perro: los kilos de más. No me identifiqué en el espejo del Casino del Sur. Vi a un hombre con un enorme vientre. Luego entendí: era yo, tras una semana de excesos gastronómicos en San Isidro. Arroz con pollo, gallo pinto, carne de cerdo han entrado indiscriminadamente por mi boca en cantidades torrenciales. ¡Los famosos tacos mexicanos que sólo se pueden encontrar en Costa Rica! Los mismos que vendían hace 45 años a la entrada del Cine Arelys. ¡Pura vida! Los sabores más ferozmente evocadores de mi adolescencia. El penúltimo día antes de salir de regreso estoy pesando 99 kilos 800 gramos, es decir 200 gramos bajo el récord histórico de los cien kilos. He sido feliz tragando, engullendo, asimilando, saboreando y no me he preocupado: cuando llegue a Xalapa me someteré a una dieta rigurosa y redoblaré mi entrenamiento de natación. Simón Solís. El mito de Simón Solís: que nunca trabajó en la vida. Que sólo una vez aceptó un nombramiento de maestro lejos de San Isidro, se presentó la escuela de Dominical, dejó su maleta guardada en la bodega y se fue a la playa. Cuando los supervisores fueron a visitar la escuela los pobladores les dijeron: Aquí no se ha presentado ningún maestro. El único que apareció fue el gringo más feo del mundo que dejó guarda su maleta y se fue a la playa. Eso ha hecho todos los días. Rojas, el abogado de todas las causas perdidas, dijo que Simón Solís, ya de viejo, fue a buscarlo para que le ayudara a tramitar la pensión. Dijo que había trabajado en 37 escuelas del cantón, pero que no tenía documentos probatorios. El abogado de de los pobres, especialista en el Quijote y tremendo lector, le dijo que la única manera de conseguir una pensión era hacer una declaración jurada ante notario de que había trabajado en 37 escuelas durante 40 años, ¿estás dispuesto? Claro que sí, dijo Simón Solís eufórico, pues mentir no le era nada difícil, pues era lo que había hecho toda la vida. Juró solemnemente ante notario Simón Solís y consiguió su pensión, aunque todo San Isidro sabe que no ha movido un dedo en toda su vida. ¿El abogado de los pobres? Es un cincuentón bastante guapo de ojos claros de mirar tranquilo, que en menor grado que Simón practica il dolce fare niente. Lo suyo es leer, lee con una disciplina de galeote, lee horas, semanas, meses, años, y se pasaría la vida leyendo, sin comer ni dormir, si no tuviera a su fiel Marjorie, una bella y frondosa mujer de carácter aparentemente apacible, que sin embargo somete al abogado al imperio omnipotente de sus interminables reproches. El tiempo que Rojas gasta en leer, Marjorie lo gasta en reprochar, actividad en la cual es maestra emérita. Según ella en todas las esquinas, en todos los sitios, en todos los países, hasta en los baños y en su propio bufete esperan al cuitado del licenciado Rojas hembras agazapadas con intenciones inconfesables. Rojas es el único que tiene sentido de la orientación en el famoso grupo de los Adictos al Quijote, del cual es miembro destacado y financista don Sergio Barrantes, pseudo fundador de San Isidro. Y habría que explicar lo de “pseudo”. El caso es que antes de que llegara don Sergio Barrantes al Valle de El General, ya había llegado Ezequiel Bonilla a fundar el primer asentamiento. Pero como Sergio Barrantes el viejo siempre ha querido ser el primero en todo, incluso el único (escribo esto bajo un diluvio mientras Mario, conductor del Toyota Prado de la UNA, avanza por las estrechas vías entre Heredia y Alajuela rumbo a un hotel donde nos alojaremos MT y L esta noche, para partir mañana rumbo a México).Vuelvo a la reunión en casa del seudo fundador. Era imparable la joda de los asistentes a la reunión en casa del seudo fundador don Sergio Barrantes: que si MT era el hombre más sincero del mundo, el mejor escritor del mundo, el más fuerte y simpático y agradable, el que tenía a la mujer más extraordinaria que se pudiera imaginar, el que se lo merecía todo, incluso una estatua en el centro de la ciudad, una casa de la cultura con su nombre, que se lo merecía todo, era tanta la joda, que MT se dijo, en un rapto de inspiración, si hay algo que yo quisiera en este mundo es ser poseedor de un buen pedazo de selva y bosque: dicho y hecho: la comunidad comenzó a maquinar la posibilidad: qué tal si don Sergio Barrantes le donaba a MT, digamos, una de las 54 hectáreas de paraíso que posee a espaldas de su casa, pura vida, así nuestro héroe se vería obligado a venirse a vivir sus últimos años en San Isidro, donde nos iluminaría con su sabiduría y su talento innegable, bueno, don Sergio Barrantes dijo que sí, que claro, que of course  estaba de acuerdo, inmediatamente le cedería su hectárea de paraíso, el inconveniente es que no había notario o abogado a la mano para legalizar el trato. Y MT entre los humos del alcohol comenzó a preguntarse qué haré si de verdad me dona una hectárea de paraíso, humm, tendré que venir a vivir a Pérez, pura vida, sin embargo, habría que cercar el terreno o ponerle una barda, no problem, maje, todos te ayudamos, yo regalo el alambre de púas, yo los postes, yo pago los peones, ¡listo!, ah, pero habría que darle mantenimiento al paraíso, chapear. ¡Momento!  Mejor meter unos cuatro o cinco caballos para que se coman la hierba, el caso es que no tengo dinero para comprar caballo, dijo MT, fácil, respondió Sergio II, veterinario de pelos parados y vientre valiente, prestamos el terreno a los dueños de caballos, a ver, aclaremos esto, lo mejor es una venta, no una donación, pues eso generará muchos impuestos, dijo Eduardo Rojas, recién llegado, el abogado de los pobres, mira MT, le ponemos un precio simbólico, digamos 200 colones, es decir, cuatro dólares, y listo, ni siquiera te cobraré el trámite, basta que me hagas una donación de todos tus libros con firmas autógrafas. Pura vida. El trato quedó hecho y don Sergio Barrantes, seudo fundador de San Isidro y poseedor de 54 hectáreas de paraíso, estuvo de acuerdo. Habría que ver si cuando se le bajaran los humos de la cruda estaría dispuesto a sostener el trato. En San Isidro hay un vigoroso impulso entre los escritores locales. Hasta donde me enteré hay uno al que todos o casi todos detestan. Por pura casualidad es el que tiene más éxito. Según parece siente que se lo merece todo. Dicen que estaba muy enojado porque la UNA había hecho gastos para invitarme a San Isidro. Estuve leyendo unas páginas suyas. Me parecieron muy interesantes. En una entrevista de radio dije que si le caía mal a tanta gente, debía ser buen escritor. Una condición básica del buen escritor es tener muchos enemigos. Si tal aserto fuera un apodicto, yo sería un excelente escritor. Fuimos a visitar a don Danilo Salas en el que podría ser su lecho de muerte. Fue uno de mis maestros preferidos en el Liceo Unesco. Llamaba a sus alumnos "mis estimados moluscos". Lo convertí en uno de los personajes más interesantes de mi Breve historia de todas las cosas. Yacía en un sofá-cama sucio y diminuto, en el que no cabían sus patas sarmentosas. El cuarto apestaba a orines. Estaba encerrado en una casa donde no había nadie. Vino su hijo a abrirnos la puerta. Don Danilo no me reconoció. Me suplicó que no apagara la luz como si temiese que al hacerse la oscuridad desaparecería su vida. Le tendí la mano para despedirme. Respondió: ¿Bailamos ésta? Fue un hombre que siempre hizo su capricho, el primer adúltero público de San Isidro, ocurrente, ingenioso, locuaz. Una de las celebraciones más destacadas de San Isidro siempre ha sido el Desfile del 15 de septiembre. En tales ocasiones el Liceo Unesco, el colegio de monjas, los bomberos, todas las asociaciones exhiben sus costosas bandas de guerra. Las niñas lindas muestran los calzones disfrazadas de bastoneras, todo dentro de los límites de la decencia, pero... en una ocasión un pariente de Marjorie se trajo a escondidas de San Vito de Java a treinta indias y las hizo desfilar con los pechos desnudos... Nada más por joder a los curas, a quienes detestaba porque lo tildaban de hereje. Una de las historias interesantes es la del hijo de Geovanni, el decano de la Universidad Autónoma de Costa Rica. El niño nació con un mal que se llama situs inversus. Tiene el corazón en el lado derecho, no en el izquierdo. El decano hizo la promesa de que si su hijo lograba vivir sano no se cortaría la barba nunca. El niño creció, nunca ha tenido complicaciones, ya tiene 20 años, y la barba del decano le llega al ombligo. Teme que si se la corta a su hijo le pueda pasar algo grave. Toda la familia de Geovanni adora la barba del decano. La predicción que hice en mi novela de que San Isidro de El General sería arrasado cuando la gran piedra del Cerro de la Muerte se desprendiera, no se ha cumplido. La piedra sigue en su lugar y sobre ella se ha colocado un Jesús parecido al que hay en Río de Janeiro. Tampoco se cumplió mi predicción de que cuando el reloj de la catedral se detuviera habría un terremoto que acabaría con San Isidro. El reloj se ha detenido tres veces y no ha pasado nada. Creo que aquí termina la crónica de mi viaje a Costa Rica.
Faltaba decir que según Mario, el conductor que nos llevaba a todas partes en una poderosa camioneta japonesa, el que va a borrar al pueblo del mapa es el río General. Terminó esta vuelta del perro. En cinco días he escrito 44 páginas. Por las noches escucho conferencias sobre el funcionamiento del cerebro. El martes no escribí, el jueves no escribí. En las dos ocasiones no cumplí porque fui a jugar baloncesto. El jueves incurrí el vicio de Tolstoi y eso me dejó liquidado. Le he prometido a mi universidad que en un año le entregaré un libro que será novela, poética, memorias, tratado sobre la novela, confesión, todo. A ver, teoricemos: ¿qué persigue la novela, la novela? En primera medida contar una historia y en última medida encontrarle un sentido, inicialmente a la vida del autor, y ulteriormente a la vida en general. Una cosa tiene sentido no porque ese sentido se aloje en una zona del cerebro sino por las relaciones entre sus partes.  Eso dice el neurólogo Joaquín Fuste. Los recuerdos no están alojados como en un armario de diversos cajones, sino en una serie de redes neuronales.  ¡Eureka! He aquí la justificación de la no estuctura (aparente) de esto que estoy escribiendo. ¡Anacoluto! Palabra clave. En cada escena se abre el infinito. Por ejemplo, las circunstancias en que escribí  la Breve historia.  Cada novela está adherida a una etapa de la vida. Puedo contar por ejemplo que en San Isidro habitamos una casa al lado de donde vivía La Musoc, una famosa prostituta, o que mi novela sa

Marco Tulio Aguilera

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