El José Donso que yo conocí (II)

DEMONIO JOVEN, DEMONIO VIEJO
Pepe es un viejo insoportable, un artistócrata venido a menos, un pesado. Eso me  dijo Gabo en el Samborns Las Lajas cuando le dije que íbamos a compartir unos días en Colombia. No. Pepe es un  hombre risueño, que escucha casi todo con una especie de ironía que se le dibuja en los hoyuelos de las meji­llas y en los ojos.
Desde que llegó a Cali no ha parado ni un momento. Incluso cuando los demás se van a dormir él sigue invitando a abrevar en la noche caleña, y sonríe al decirlo. Me mira y pregunta con aparen­te desorientación: Vos Marco, que tenés garras de macho, decíme qué hay que ver en estas calles pecadoras de Dios. Y yo qué puedo decirle si hace más de cinco años no visito la ciudad y lo encuentro todo cambiado, tan lleno de multitudes, tan sucio y desordenado, el color de la gente ha cambiado, todo Tumaco se instaló en las calles, todo Buenaventura, con sus culebreros y sus vendedores ambulantes y sus negras caderonas (¿Era así antes? No lo sé.)
  Donoso escucha las opiniones con un aire de feliz e irónica comprensión. Parece estar mirando a los mortales desde la altura del que ya lo sabe todo. Es una versión divertida del Gabo. El gobernador del Valle del Cauca habla en voz baja. Parece falto de autoridad, flexible, amable y tímido como una prostituta recién llegada al burdel.
  —El mejor escritor de Colombia se llama José María Vargas Vila —afirma Pepe.
  Pienso que lo dice en alusión indirecta a Gabo, con  quien de alguna forma tiene rivalidad.
  —Conocí a García Márquez comportándose como un funcionario de la KGB --dice Pepe. 
  —Pero ése no es Gabriel García Márquez, sino un Gabriel García Márquez —dice la esposa de  Donoso, una mujer agria y de alguna manera amable, un oxímoron.
  —En Chile, en nuestro barrio, existe plena seguridad, pero porque hay metralletas en todas partes. Fuera de Santiago y Valparaíso, Chile no existe.
  —Los chilenos son argentinos arrinconados —le digo. Pepe me lanza un gancho a las costillas.
  —Hemos tenido más de veinticinco casas— dice la esposa —. Antes que termine de poner las cortinas, Pepe ya está pensando en viajar.
  —¡Viajar, viajar!, palabra del viviente, escribió Saint John Perse —dice Pepe.
  —¡Partir, partir!, palabra del viviente. ¿No fueron ésas sus palabras? —pregunto.
  —Depende de la traducción— replica la esposa.
  Salimos de compras. Pepe quiere una camisa de color vivo, del color de Cali, dice. No la encontró. Yo quise comprar una camisa italiana de seda de 500 dólares.
  —¡Qué! —gritó Joshuana—. Esas camisas no las usa ni mi marido, que tiene más dólares que el Chase Manhattan.
  —Pues yo las uso todos los días —dije, y me la compré, sin recordar que otra vez debía cuatro meses de renta. Al fin y al cabo me habían pagado 5000 dólares sólo por leer 150 novelas y tirar otras tantas a la basura.
  Donoso entra en confianza con una asombrosa facilidad. Quien se abre pronto es porque espera que la otra persona se abra.
  —Fui extremadamente neurótico, pero se debía a que había un conflicto dentro de mí, que no lograba resolver— dice.
  —¿Por qué crear un mundo en el que lo feo sea la norma?
  —Hay una estética de lo feo. Algo es feo según tú lo plantees. Duré ocho años escribiendo El obsceno pájro de la noche. Durante esa época tuve mis más grandes crisis nerviosas.
  —¿Qué relación hay entre la monstruosidad y el autor?
  —Todo escritor debe reconocer la parte monstruosa de su persona.
  —A mí me parece que los escritores son particularmente monstruo­sos, mucho más que las otras personas. Tal vez algunos músicos lleguen a extremos mayores. Por ejemplo, Pagannini, Beethoven, Mozart.
  —Estoy de acuerdo, completamente de acuerdo. Aún más, creo que los seres humanos somos todos monstruosos, pero sólo los escritores somos capaces de reconocerlo y hasta publicarlo. Por eso nos persiguen.
  —¿Crees en Dios? --le pregunto.
  —Definitivamente no creo en Dios. Todos estamos destinados a la condenación o a la nada. Lo único que tengo es mi conciencia y mi físico.
  —¿Fue difícil comenzar a escribir?
  —Me costó muchísimo trabajo, pero mucho más comenzar a publicar. Lo hice a costa propia y de una amiga. Nos organizába­mos para vender ejemplares por adelantado.
  —¿Estás satisfecho con tu vida?
  —No. A medida que el tiempo pasa voy llegando a la conclu­sión de que adquirir es lo mismo que perder. ¿Qué he ganado? Tonterías. ¿Qué he perdido? La juventud, la plenitud, todo lo que en mí era vigor está comenzando a desaparecer. Yo siento que en este momento es más importante el escritor que la persona.
  Donoso parecía estarse confesando: "No soy vanidoso. La vanidad quizá fuera importante en la juventud. Ahora no." "Me ha gustado Proust toda la vida. Está a mi cabecera." "Siempre que comienzo una cosa, la termino. Yo soy como Jimmy Carter, que no podía caminar y mascar goma al mismo tiem­po." "¿Filosofía? Nunca la he estudiado. No me importa."
  La vitalidad de Donoso es asombrosa. Llegó, tras casi un día de vuelo, aeropuertos y maletas, a Cali y se fue directamente a la recepción que ofrecía el gobernador del Valle. Luego, a eso de la una de la mañana, ya en el hotel, esperó a que su mujer se durmiera, para hacer su primera escapatoria. La hizo solo. Recorrió la Avenida Colombia y trabó conocimiento con las aves nocturnas. Al día siguiente nos contó de una chiquilla de dentadura luminosa que lo acompañó a lo largo de la vera del río Cali.
  Durante las deliberaciones del Concurso de Novela defendió ardorosa­mente a su candidato. Hubo una discusión acerba, de orgullo, un juego de cartas, de aproximadamente seis horas. El gringo Tittler era el convi­dado de piedra. Finalmente, como no podíamos ponernos de acuerdo, optamos por echar un pulso. El resultado del pulso fue el que decidió la suerte del primero y del segundo lugar.
  Hicimos varias horas nalga en los restaurantes de Cali, comimos y bebimos como cosacos a costa de la plusvalía que producen los licores del Valle, departimos, no sin ironía o envidia, con los burgueses, que pasaron por buenos y cultos y nosotros los dejamos hacer. Como buen hijo de la clase alta santiaguina, Donoso se portó a la altura de las circunstancias. Tittlr se confesó puritano, pero se portó como un lord educado en Princeton en trance de desinhibir­se. Yo comí champiñones en un cenicero, lucí mis biceps y mis botas de vaquero australiano en recepciones elegantes  y sufrí cariñosos regaños de Joshuana, que aparte de ser una musa burgue­sa, está en camino de terminar su doctorado en la Sorbona. Me porté como quien soy. Como un campesino de los Andes. Ni más faltaba.
  Para escapar por segunda vez de las eruditas garras de su mujer —una dama très bien y que con el paso de los días fui encontrando más simpática que un gondolero veneciano—, Donoso tuvo que recurrir a un somnífero. Acompañado por una corte de mucha­chos más alegres que intelectuales, Pepe conoció los sitios de escán­dalo de la ciudad más gozona de Colombia. Según me contaron —yo no pude ir por motivos de salud... — bailó salsa con tal ánimo que agotó a varias damas de la noche. Finalmente tropezó con una chica algo empalag­osa y para colmo de la casualidad, lectora de sus libros, que llegó al exceso de tragarse la corbata de Donoso y proponerle llegar a extremos a los que el sátiro Marsyas no estuvo dispuesto a llegar. Pero la chica insistía. Se puso frenética, y Pepe tuvo que emprender la huída, amparado por sus admiradores. Luego me entraría que las chicas no eran chicas. (Continuará)

Marco Tulio Aguilera

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