El devorador de libros

Un nuevo comentario a Historia de todas las cosas
2 febrero, 2012 |
Pero antes les dejo el vínculo en el que se anuncia la presentación de mi novela Historia de todas las cosas en el DF
http://mistercolombias.blogspot.com/2012/01/el-25-de-febrero-se-presenta-historia.html

Alejandro Badillo

El boom fue un movimiento que colocó a la literatura latinoamericana en el mapa mundial. Si antes existía una total imitación de los modelos artísticos europeos como el realismo o el romanticismo, con el boom Latinoamérica utilizó sus historias para buscar un estilo que la distinguiera de otros. Así nació el realismo mágico con una estética que abrevaba de lo barroco, de lo pródigo y que entretejía historias reales con toques de ficción desbordada. Muchos autores llamaron la atención de editoriales españolas y fueron promocionados hasta lograr premios en todo el mundo. De entre ellos sobresale la figura del escritor colombiano Gabriel García Márquez por la influencia que ejerció en sus coetáneos y en las generaciones venideras de autores. Pronto aparecieron decenas de imitadores y muchos patriarcas del boom, incluido el famoso Gabo, cayeron en la autocomplacencia y en la repetición de una fórmula que los había llevado al estrellato.
En este marco se inscribe Historia de todas las cosas de Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949), novela publicada en 1975 y reeditada por Ediciones de Educación y Cultura y Trama Editorial. Historia de todas las cosas apareció en escena después de los triunfos espectaculares del boom y la publicidad de entonces la ubicó a la par de obras como Cien años de

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Ediciones de Educación y Cultura / Trama Editorial. 1era edición, 2011.
soledad, logrando –como era de esperarse- simpatías y odios. Más allá de polémicas, de filias y fobias, Historia de todas las cosas no es una simple imitación del universo de García Márquez, de sus trucos y malabares metafísicos; la novela, es cierto, parte de la naturaleza exuberante de Latinoamérica, pero busca de forma obsesiva sus propios retos, su lenguaje y genealogía.
Historia de todas las cosas es una larga crónica de un pueblo llamado San Isidro de El General. Al contrario de la mayoría de novelas de largo aliento, sustentadas en una historia principal que sirve como centro a escenas y anécdotas incidentales que refuerzan los papeles protagónicos, la obra de Aguilera Garramuño no apuesta a una línea ininterrumpida que pueda seguirse con facilidad. El lector se enfrenta, página a página, a un feroz entramado de personajes, acciones, historias que terminan y dan paso a otras que se ramifican como las ramas de un árbol. Incluso, la obra se abre en momentos para presentar a Mateo Albán, el autor de la crónica, quien constantemente es retado sobre la verosimilitud de sus aventuras, la pertinencia de sus excesos. Este elemento la separa del realismo mágico ramplón, que disfraza su apuesta convencional con escenas salpicadas de pirotecnia fácil. Otro punto que destaca es la prosa: en Historia de todas las cosas hay muchos protagonistas pero me parece que el principal es el lenguaje que, además de buscar la hipérbole, se vale de una gama muy amplia de herramientas que constantemente retan al lector: arcaísmos, cacofonías, neologismos, entre tantos otros. Detrás del humor de las situaciones, de la primera línea de defensa, hay una paciente labor de orfebre, casi podría decir de miniaturista, que se esfuerza en describir a los personajes, explotarlos desde diferentes ángulos y con un ingenio que siempre da en el blanco
Es difícil hablar de lastres en esta novela cuando estos forman su mayor apuesta. Historia de todas las cosas toma el riesgo –como lo indica su nombre- de la utopía, de lo excesivo, de lo abundante o lo fragmentario que pueden sobrepasar a ciertos lectores. Sin embargo, esta característica evita una lectura complaciente, una mirada que se limite a navegar por páginas sin sorpresas, que siguen un modelo predecible. Con su ambiente de aquelarre, escatológico, sexual y humorístico, Historia de todas las cosas es un buen pretexto para volver a aquellas obras posteriores al boom que han pasado la prueba del tiempo y que merecen la atención de nuevos lectores.

Marco Tulio Aguilera

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