Barcelona para escritores de la infantería

Cuando quisimos hacer el check out del Hotel NH Embajada en Madrid descubrí que la agencia mexicana no había cubierto el pago de todos los días de estancia y tuve que desembolsar más de ciento cincuenta  euros que no estaban presupuestados... con el resultado, horas más tarde, de que al hacer el balance de los gastos hechos y los gastos por hacer, había o habría un preocupante déficit. Mirando hacia atrás me percaté de que en Madrid habíamos estado gastando con demasiada despreocupación y que si no controlaba los gastos, tendría que dedicarme a estafar a unos cuantos turistas o hacerla de saltimbanqui o a vender mis libros a grito pelado en La Rambla (lo que no me daría vergüenza: ya lo he hecho y he tenido crasas ganancias).
Volvamos atrás: partimos en taxi rumbo al airport de Madrid, llegamos temprano pero la inexperiencia nos hizo tardarnos demasiado en los trámites, con el resltado que los últimos 500 metros rumbo al avión los hicimos corriendo con las maletas rodando atrás de nosotros... Aunque mi máneger (mi "nana", la que recupera mi pasaporte e impide que me extravíe) insistió en llevarla adelante, procedimiento bastante original pero incómodo. El vuelo de Iberia salía a las 11 40 y nosotros lo abordamos ¡a las 11 40! Yo iba tranquilo porque sabía que el dios de los viajeros protege a los atembaos. Estuve a punto de dejar atrás mis anteojos de lectura, pero una alada azafata me los recupetó.
Llegamos a Barcelona bien, bajamos en la Plaza Cataluña, avanzamos por La Rambla, arribamos a la Calle Boquería y ahí estaba (y sigue estando) el Hotel Condal (Hotel Congal, lo llama mi máneger): por lo menos cinco estrellas abajo del NH de Madrid, pero soportable, con lo básico. Salimos a caminar por el Barrio Gótico y media hora más tarde nos sentíamos más barceloneses que los fanáticos del Barca.
Por la noche decidí afrontar la verdad: hice cuentas de los gastos pasados y las disponiblidades futuras y llegué a la siguiente conclusión: a partir de hoy haremos una buena comida en un buen restaurante, y dos picnics en la habitación del hotel. Sólo entonces entendí la honda sabiduría que encierran las enseñanzas de mi amigo el escritor Raúl Hernández Viveros, que viaja una vez al año a Europa y en sus maletas lleva básicamente pan Bimbo, mayonesa y leche Lala.
El caso, amigos, es que si yo y mi máneger queremos cumplir con el propósito de conquistar España, permaneciendo diez días en Barcelona, regresando a Madrid, haciendo un viaje a Segovia, debemos amarrarnos el cinturón (escribo esto aunque los lectores de MT sufran una desilusión al saber que el cuitado no es (no soy) un potentado ni un privilegiado de la fotruna, sino un modesto (perdón, inmodesto) escritorcillo de provincias, un soldadito de la infantería literaria... eso sí, con aspiracíones napoleónicas. Barcelona: hay más turistas que pobres en el DF, tiene la más  alta densidad de carteristas en Europa (nos advirtieron), tiene una sofisticadísima y abundante y variada oferta sexual, se viven los partidos del Barca con pasión mortal, tiene el centro editorial más importante del  mundo en lengua castellana, hay 20 escritores latinoamericanos por cada escritor catalán, se come de maravilla (observen cuanta erudición barcelonesa he ganado en un día). Mis horarios de sueño están enloquecidos: salgo a caminar a las cuatro de la mañana y a veces me duermo a las cinco de la tarde. Seguiremos informando.

Marco Tulio Aguilera

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