La eternidad en el Cofre de Perote

Esta es una ficción basada en una experiencia personal.

Amaneció el jueves y supe que era indis­pensable salir de la ciudad para conservar la cordura. Estuve dudando entre el mar y la montaña. Me parecía aburri­do y triste volver al refugio de Villarrica, una playa de pescadores, comerciantes y una que otra putita desorientada. Allí todos me conocen y me aceptan. Soy el oficinista que suele nadar en territorio de tiburones y arrecifes, sale a la pesca incluso con mal tiempo y se dedica a leer libros gordos. Soy un hombre solitario. No le tengo que dar cuentas a nadie. Yo mismo lavo los platos, llevo a ropa a la lavandería, cocino cualquier cosa y de vez en cuando invito a chicas de moral irresponsable y pocas exigencias a mi casa. Bueno, decir “mi casa” es incurrir en un exceso de optimismo: rento una especie de cuchitril con una sala sin muebles, una mesa coja, una cocina estrecha y una habitación grande y limpia que tiene una ventana desde la que se ven las montañas. Repito: soy un hombre solitario, pero no llego al extremo de aceptarme como el famoso (o infame) lobo estepario.
Opté por la montaña. En diez minutos preparé todo. Introduje en la mochila suéteres, varios juegos de calcetines de lana, mayonesa, jamón, me calé el machete a la cintura y a última hora me adjunté casi treinta naranjas. Subí en Galileo –nombre que doy a mi Volkswagen de la era paleozoica-- hasta el pueblo de Conejos tras remontar la carretera que lleva de Xalapa a Perote. En Conejos vi que dos o tres personas (tristes, desoladas, como de otro mundo) se asomaban a las ventanas de sus cabañas de madera y me miraban alejarme siguiendo un sendero rumbo a la cima de la montaña. No me dijeron una palabra pero sus gestos eran de lo que podría llamarse indiferente reconvención. En Conejos abandoné el auto y seguí a pie. A lo lejos se veía el Cofre, un macizo de roca de unos ochenta metros de altura, situado en uno de los picos más altos de Veracruz.


          Comencé a seguir un camino de terracería. Me encontré con una caricatura de mexicano: sombrero y burro, la palidez rubicunda de los montañeses pobres, un hombre parco y sigiloso, los ángulos del indígena en sus pómulos y en el trazo oriental de sus ojos.
          --Si sigue por la trocha, patroncito, llegará en diez horas. Lo mejor es cortar camino. Buena suerte le deseo, que buena suerte va a necesitar. Las nubes están preñadas.
     Sentí que aquel "buena suerte" era casi una bendición final, una despedida del mundo de los vivos o por lo menos del mundo de los prudentes.
          Obedecí a ese hijo de Rulfo, a esa especie de fantasma que se perdió en la niebla: seguí la trocha, sin siquiera mirar el cielo.
          Como el camino comenzara a serpentear caprichosamente decidí cortar. La idea era llegar antes de que cayera la noche. Existía el riesgo de perderme, de modo que opté por seguir los postes de la electricidad que llevaban directamente al Cofre. Después de dos horas la cima parecía seguir estando a la misma distancia.  Llegué a un sitio acogedor, después de gatear sobre deleznables arroyos de lajas, tragando polvo y llevando a rastras como un compañero muerto mi mochila. Decidí que allí pasaría la noche. Después me arrepentí. Preferí seguir subiendo. Llegué hasta el Cofre y lo escalé. Desde la cima contemplé un extenso y sobrecogedor panorama en el que parecían estar expuestos los dos horizontes básicos del mundo. Al lado opuesto del que subí había un abismo cegado por la bruma, un lugar que se me antojó inédito, sórdido y púdico. Oculta tras ese velo debía de estar Xalapa, mi ciudad, el lugar donde no tengo esposa ni hijos ni propiedades ni antiguo pastor inglés; el lugar donde he ido abandonando a lo largo de los años mis sueños. Pensé que el progreso de lo que hemos llamado civilización es asunto vano y que sería mejor que oculto bajo la niebla estuviera un valle perdido, un nuevo viejo mundo, con sus dinosaurios arrasando bosques a cada paso y sus mastodontes voladores, con sus hembras rupestres, sus corzas silvestres, sus monstruos a granel, pozos de lava y fuentes de agua clara sin sentido de pecado alguno.
          Había caído la noche casi a la traición. Comenzaba  a incomodarme un sospechoso viento. Un frío de tumba me abría la carne y adensaba mi sangre. Algunos montañistas, aparentemente avezados, pasaron a mi lado y me gritaron antes de desaparecer que bajara lo más pronto posible. No entendí bien sus últimas palabras. Se perdieron en los ecos. Ellos mismos descendieron casi corriendo. Retorné a mi refugio y comencé los preparativos para la noche. Amontoné pasto seco y polvoriento, trozos de madera que corté con el machete o que rompí de pinos secos y chaparros lanzándoles enormes piedras para hacerlos astillas. Conocía las imágenes de montañistas novatos congelados. Pero eso no me preocupaba demasiado, equipado como estaba con mi saco para dormir y mi corpachón de nadador obsesivo (salgo de la oficina y me zambullo en la piscina de AquaX durante 45 minutos: todos los días intento inútilmente romper mis récords: esa es mi gloria… mi única gloria). Leí con linterna un fragmento del Libro de la Guarda, Aventuras de Moll Flanders. Luego  divagué a tientas un rato. Me dediqué a gritar para escuchar los ecos. A eso de las diez de la noche, preparé mi primera fogata. La leña seca ardió furiosamente y formó lengüe­tas heráldicas contra la oscuridad de la alta montaña. Permanecí largo rato mirando el fuego. Hacía bastante tiempo que no me encontraba a solas, junto a la danza de las llamas, abrigado por el aleccionador y eterno fuego. La palabra “eterno” comenzó a sonarme como un gong en el cerebro. Me hizo pensar en mi ex amante B.B. vestida con pieles de bisonte y  con un garrote de matrioshka bajo el brazo. Uno tras otro había ido llevándose los machos de Xalapa a su caverna, donde los masticaba hasta los huesos. Los troncos pronto fueron roídos por las llamas y sentí que ya podía acostarme a dormir sin preocupacio­nes: estaría protegido por piedras enormes, aunque me hallara al borde de un desfiladero, cerca del fin del mundo conocido.
          El cielo se despejó. Salieron cuatro estrellas, que fueron el preludio de la sinfonía con que el Creador se empeñaba en asombrarme. Luego el firmamento se pobló como nunca antes lo había visto, ni siquiera en las noches de la playa de Villarrica. Un centímetro cuadrado de ese cielo, calibré, podría contener cincuenta o sesenta estrellas de diversas magnitudes, y ocultas por su luz, otras diez mil, que opacarían a un millón, y así hasta el infinito. Así es la vida, me dije: cada suceso oculta sin duda otros mil. Cada mujer era la conjetura de otras mujeres, acaso más resplandecientes. El pasado y el presente eran la miseria. De ahí su limitación. Yo no persigo el tiempo perdido sino que intento perderlo, pretendo eliminar lo pasado, superarlo, gracias a la lectura, con la idea de encontrar en el futuro un instante que justifique todo lo anterior, que le dé luz, lo explique y disculpe.


          Alterné la contemplación del fuego y la del cielo.
          Calculo que dormí media hora. Soñé algo que luego no pude recordar. Abrí los ojos. El fuego era un corcel galopando contra la noche. Comencé a flotar entre el sueño y la vigilia. En un instante de retorno al territorio montañoso, fui consciente del frío. Era un frío aterrador, que violaba todas las certezas. Aunque estaba abrigado  con mi suéter y mi chaqueta antártica, la de los viejos tiempos bajo la nieve, la de los mejores momentos con mi primer, único y auténtico amor, Claris (primer, único, auténtico y…perdido amor);  aunque me había acostado temprano dentro de la bolsa de dormir, con las botas puestas y la bufanda que la Princesa de Huamantla (otra de mis ex amantes, a quien apodé así por sofisticada e incluso insoportable)  me había tejido años atrás (de lana pura y burda, con grandes huecos, que permitían respirar a través de ellos)…  el frío  parecía llegar al fondo de mis huesos. ¿Conclusión? Los buenos y los malos recuerdos no quitan el frío.
          Cuando la situación se hizo totalmente inaguantable, fui consciente de la gravedad de la situación. Vi que el fuego se había consumido. Sentí ganas de orinar pero me horrorizó la idea de salir de la  bolsa de dormir. Así estuve quizás una hora, cambiando de posición hasta que comencé a sentir que se me dormían los pies, las manos y la punta de la nariz. Miré la luna, una luna llena que derramaba una luz casi diurna. Me levanté a hacer fuego. Quedaban un par de brasas. No bastaron. Busqué cerillos y estuve prendiendo uno tras otro y luego grupos de tres, cuatro, cinco, hasta que los agoté. El viento hacía que la combustión fuera fulminante y fugaz.
          Ya para entonces el poco calor que tenía mi cuerpo se había disipado y no existía forma de recuperarlo. Se escuchaba un sonido semejante al del mar  en la noche: extraño, maternal, inquietante. Era como un viento de sueños inquietantes. Volví a meterme en la bolsa de dormir. Antes quise abrigarme más, pero hallé que toda mi ropa estaba mojada. La luna seguía inmóvil. Conjeturé que serían las dos de la mañana. Me acurruqué buscando recuperar el calor del cuerpo con ejercicios de tensión: endurecía mi torso, mis brazos, mis piernas, mi cuello. Era inútil. Media hora  más tarde, cuando ya estaba pensando levantarme de nuevo, escuché un golpe como el que da el gas cuando se le  coloca una flama cerca: el viento había hecho explotar de nuevo el fuego y la hoguera se levantaba generosa.  Repté cerca de ella  y coloqué mis manos y mis pies  al lado de las llamas. Cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos el fuego se había apoderado de mi bolsa de dormir. Rodé a lado y lado entre la tierra húmeda. Ya sin abrigo y de nuevo aterido, miré la luna como pidiendo compasión. Seguía impávida, en el mismo sitio. El viento y el frío crecían. Pero más terrible que eso era que la luna se obstinara en seguir en el mismo lugar. Pasé horas mirando esa luna inmóvil, ese espejo del tiempo, que se había convertido en la cifra de la inmovilidad. El adormecimiento de las manos y la frente, el hecho de sentir que ya no tenía nariz, que mis pies habían perdido la sensibilidad, me iban dando conciencia de que moría poco a poco. Llegaría el instante en que sólo mi cerebro funcionara. Buena suerte le deseo, que buena suerte va a necesitar”, me había dicho el fantasma.
          Me coloqué la bufanda cubriendo toda mi cara y me acosté boca abajo, como tratando de enterrarme. Intenté imaginar cosas agradables para empujar al tiempo rumbo al amanecer. La sed era terrible. Tenía los labios partidos. Me ardían. Con la escasa movilidad de mi mano izquierda --siempre más hábil que la derecha, gracias a la digitación constante a que me obliga el estudio del violín (otra de mis aficiones de cincuentón decepcionado de la vida)-- tomé una naranja. Me la comí con todo y cáscara. Un raudal de energía habitó mi cuerpo. Comí otra. Diez más.  Comencé a hacer planes. Lo que compraría con el dinero del premio de productividad en la oficina, los próximos libros que pensaba leer, una noche de buen amor con Carmelita, la lavandera de las residencias de la Universidad del Valle (viejos, viejos tiempos). No pensé en Claris. Un día la bella dama decidió que el sexo era asqueroso. Eso bastó para que nuestra relación concluyera. Si he de decir la verdad preferiría vivir con un demonio que con un ángel, le dije. Después hice un viaje y encallé en Xalapa.


          Para engañar al frío seguí convocando mujeres. ¿Quién amará a mi soledoso y triste bálano como Bárbara Blasko­witz?  Maricris lo amó con un poco de esfuerzo, Carmen fue la primera, Juli lo besó con fruición y padeció bajo el poder seminal. Pero ninguna  como Bárbara, que sentía la obligación previa de escarbar en mi  portañuela. Tal era el intrioto de su celebración. Ay, Bárbara Blaskowitz, arrepiéntome pecador, te recuerdo en mis soledades. La  Disneylandia, Iris Moonligth, bañaba a mi bebé con aceite Johnson, luego se instalaba sobre él, que gracias a un  generoso masaje había  crecido. La Disney se lo iba involucrando poco a poco en uno de sus  caprichosos conductos del amor. Y mientras se lo inmiscuía milímetro a  milímetro, me daba instrucciones secas, de sargento, como quien dirige  la operación de instalar un reactor nuclear en el patio.  Se sentaba de espaldas a mi rostro. Yo yacía boca arriba, un  poco ajeno a la operación, mientras ella seguía batallando,  hasta quedar totalmente trinchada con sus nalgas de luchadora sobre mi atribulado juguete. Luego comenzaba a apretar el esforzado músculo, a  subir y bajar, al tiempo que se daba a sí misma una buena ración  de dedo del corazón. Para la Disney no había regocijo si su hotel no  tenía todas las habitaciones ocupadas: retaguardia, vanguardia y si  es posible otras terminales. Pero le era tan difícil llegar, tan  arduo el camino cuesta arriba rumbo al pueblo llamado Orgasmo, que aquello se tornaba en una especie  de carrera de fondo, en una cabalgata que podía durar una hora entera.  Y si la Disney llegaba a su puerto, hacía una fiesta de  celebración. How wonderful, how big, great, my darling --gritaba--, qué  rico, my ass loves  you, big great hope, que guapo,  un verdadero jeme de gaver de negro  bembón, papacititito, merkwurdig, ach was!  En el placer ‑‑como muchos años antes me sucedió con  una maestrita en San Isidro de El General‑‑ Iris recordaba sus tiempos  de azafata en American Airlines. Teniendo en ocasiones gustos similares a Bárbara Blaskowitz, particu­larmente en lo que se refiere a buscar siempre el camino más  expedito sin preámbulos ni contemplaciones, Iris sin embargo exhibía una impiedad mayor, una especie de callo espiritual, un escepticismo a  prueba de ilusiones. Aunque terminaran haciendo lo mismo, Bárbara lo  disfrutaba con enorme castidad, mientras que  Iris, con sus gestos y la bajeza de sus palabras, mostraba  que su alma no era más que un desierto en el que en pocas ocasiones se  encontraba una gota de humanidad. Lo suyo era la derrota total del macho tras una lucha despiadada por alcanzar un placer que se portaba del todo esquivo. La historia, el final conocido de la vida de Iris es aleccio­nante: después de sus andanzas desaforadas y de haber ajusticia­do con su  muchiqui prestigioso a la mitad de la ciudad, súbita­mente desapareció.  Y varios años después regresó con un caballero de edad algo avanzada y de sorprendente condición atlética, con  quien se le vio de la mano. Se supo que se había casado y que decía estar regenerada por completo. Pero poco duró aquella ilusión de andar de la mano y darse besos de enamorados en el Parque Juárez o cerca de las estatuas de Las Virtudes: un día Iris volvió a ser la misma hembra rastacuera, o tal vez otra aún más impía, pues su última  ilusión había feneci­do. Su marido desapareció. Y ahora Iris es el  terror de los jumentos de esta provincia. Nadie se le acerca. Sólo los  recién llegados caen en sus acechanzas, pero pronto salen despavoridos. La contrahechura de sus expectativas los aterroriza. La única fidelidad que le queda a Iris es la de su perra Moonlight. Ya nadie en la ciudad quiere ir a  sus fiestas y asistir a sus resobados shows con los trescientos sombreros comprados en los mil viajes de amor alrededor del mundo. Iris Moonligth algún día tendrá en esta ciudad un monumento como el que merece Bárbara Blaskowitz, Señora Todopoderosa del Amor; como el que la ciudad le debe a Juanote, el hombre que podía cargar solito un piano de cola  y subirlo por las empinadas calles de Xalapa; como el que tiene en su patio el suegro del poeta Pablo Mangas, don Ponciano (que inventó hacer estatuas de todos los rectores, para tener licencia de verse en bronce); como el que ya tiene en la Avenida Xalapa, frente a la Normal, don Maciel, el Hombre Probo, el Maestro de la Vanidad, que fundó un periódico hace cincuenta años y ha defendido justamente mil causas, no por altruismo, sino por necesidad de ver su nombre impreso en su propio periódico. Don Maciel: el Archivo de la Ciudad lleva su nombre, una avenida lo porta, también una colonia y los camiones de la limpieza pública; don Maciel, el mil veces autoensalzado.
          El frío arreciaba y ya ni mis mujeres amadas podían darme calor. El hombre Probo, don Maciel, las había espantado. Comencé a repetir obsesivamen­te nombres absurdos: Pineas Pine, Elías Tutenbaum, Pinchas Zukerman, Calderón Berti, una y otra vez, por horas y horas.  Volví a mirar la luna. Seguía en el mismo sitio. El frío aumentaba. Tuve una idea escalofriante: había llegado para mí la triste y famosa noche eterna. El campesino del burro era el portero del lugar de donde nadie vuelve, don Cancerbero. Por eso la luna estaba inmóvil, por eso yo no sentía el paso del tiempo. Alejé esos pensamientos. Indispensable era buscar otro reloj, el de la luna se había dañado. Las estrellas, casi invisi­bles, no servían. El sol. Necesitaba al sol. Comencé a buscar las señas de “la aurora de rosados dedos” --cuan profunda­mente entendí la metáfora: el sol primero acaricia el cuerpo del durmiente como unos dedos amorosos y le recuerda que la vida es amable, antes de que los rayos de la realidad comiencen a quemar las esperanzas--, pero no aparecía. Se supone que el sol sigue a la luna por la misma ruta y nunca la alcanza, sino en algunos chismes mitológicos. Yo calculaba la trayectoria que había seguido la luna y esperaba ver a su cauda el sol. Pero no. Nunca. El sol apareció caprichoso y sorpresivo por donde menos lo esperaba. Por fin vi la línea que todavía no es luz pero tampoco tinieblas. Esa línea me sostuvo contra el frío  y antes de que amaneciera comencé a escalar de nuevo el Cofre, triunfante, dueño de mí, para recibir el amanecer en la cima del mundo. Así había sido mi vida hasta hoy. A partir de ahora todo sería diferente. Aquel amanecer podré olvidarlo. La noche, jamás. El resto es memoria perdida. Del tiempo pasado sólo queda un sedimento, un sabor en la boca del estómago. Nunca una verdadera experiencia. Nada se aprende. Todo se descubre a su debido tiempo. De las mujeres no se sabe nada. Con cada una se empieza la tarea desde el instante de la creación. Regresé a Xalapa. Desde mi ventana miré el Cofre de Perote. Algo de mí quedó allá y algo me traje. El futuro me dirá qué.



Marco Tulio Aguilera

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